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9 de julio de 2011

EMPLEOS QUE ME GUSTARÍA TENER

Antes que nada, aclaro: me gusta mi trabajo de veterinaria y también me gusta escribir (aunque este segundo trabajo todavía no es rentable... lo cual podrían ayudarme a solucionar comprando alguno de mis libros, por cierto :-P). Sin embargo... bueno, por más que disfrute de mis dos trabajos, hay algunos otros empleos que sin duda me encantarían si estuvieran a mi alcance.

Para empezar, ¡quisiera ser una científica loca! ¿Pueden imaginarme en un laboratorio, haciendo experimentos con el ADN y creando monstruos de todo tipo, como el doctor Frankenstein? ¡Eso estaría súper genial!

¡¡Viveee!! ¡¡VIVEEE!!

Súmenle a eso que adoro las tormentas eléctricas y descuartizar cadáveres (esto último me quedó de las clases de anatomía en la facultad... aunque dejó de ser divertido cuando el cadáver en cuestión empezó a llenarse de larvas de mosca; es una larga y asquerosa historia, tal vez la cuente en otra ocasión).

Otro empleo para el que me postularía sin dudarlo es... ¡cazadora de mitos! ¿No saben de qué estoy hablando? Pongan el programa Mythbusters, si acaso tienen el canal Discovery. En ese programa hay un grupo de nerds que se dedican a probar todos los mitos que circulan por ahí, para averiguar si son posibles o no. ¡Y se divierten un montón en el proceso! ¡¡Y HACEN EXPLOTAR COSAS!! ¿¿A quién no le gustaría un empleo en el que se pueden volar cosas en mil pedazos?? Como adicta al juego Angry Birds, vaya que me tienta lo de generar caos y destrucción... :-P

Mi siguiente opción laboral sería... ¡exterminadora de monstruos! De monstruos malvados, por supuesto, como los que invadieron el castillo del Gran Hermano con monstruos sin permiso. Iría por ahí en onda Van Helsing, con una ballesta automática y litros de agua bendita. ¡Y pobre del monstruo que se topara conmigo!

También me gustaría ser una grandiosa hechicera, como Gandalf o Dumbledore. Pero sin barba, por supuesto, porque no es femenina :-P Así podría ayudar a algún hobbit que anduviera por ahí buscando deshacerse de un anillo poseído, o a algún adolescente con gafas que peleara contra las fuerzas del mal, las cartas vociferadoras o las clases aburridas de Historia de la Magia.

¡¡TÚ... NO... PASARÁS... sin sobornarme con chocolate!!

Y ya que estoy en vena friki, ¡otro empleo grandioso sería capitana del Enterprise, para viajar temerariamente a donde nadie ha llegado antes! No sólo me quitaría las ganas de hacer turismo, también podría conseguirme un planeta propio y llenarlo con todas las especies terrestres que están en peligro de extinción. ¡¡Y no habría políticos estúpidos en ese planeta!! (Antes de que lo pregunten, quien desee mudarse conmigo tendrá que llenar un formulario. No invitaré a cualquiera a mi planeta nuevo; como mínimo tendrá que tener una molesta conciencia ecológica.)

Por último, y como mi empleo favorito, ¡¡quisiera ser una motociclista fantasma!! Me pasearía por ahí con el pelo la cabeza en llamas, no me preocuparía más por los brotes ocasionales de acné, usaría una cadena ardiente como látigo, TENDRÍA UNA MOTO SÚPER FABULOSA ¡¡Y ADEMÁS CONVERTIRÍA EN ESTATUAS A LAS PERSONAS MALAS!! ¿¿¿PUEDE HABER UN MEJOR EMPLEO QUE ÉSE EN TODO EL UNIVERSO???

¡¡ADORO MI TRABAJOOOOOO!!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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