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3 de julio de 2011

¡EL GANADOR DEL GHM!

Después de muchas aventuras pintorescas dentro del castillo, ¡por fin tenemos al ganador del Gran Hermano con monstruos! ¡Aplaudan, por favor... AL CONDE DRÁCULA!

Fue una competencia reñida, desde luego, con tantos incidentes, accidentes y monstruos no invitados. Por un momento pareció que Drácula y el monstruo bajo la cama quedarían empatados, pero finalmente Drácula sacó dos votos de ventaja y obtuvo así la victoria.

"¿Y cuál era el premio?", se preguntarán. Pues les recuerdo que se trata del castillo del GHM. Lo sé, aquí me dirán que seguramente Drácula ya tenía su castillo en Transilvania, pero con estas crisis financieras y las devaluaciones de propiedades, un castillo extra no le vendrá mal :-D

Sin embargo, algo ocurrió antes de poder entregarle al conde el título de propiedad del castillo. ¿Se acuerdan de que había una criatura carnívora viviendo en el sótano? Estábamos en la duda de si era el monstruo momificado, pero resultó que no. ¡Y justo el día de la entrega del premio la bestia carnívora salió de su escondite con el propósito de devorar a todos los presentes! Era una cosa espantosa, de cuatro metros de alto, con espinas, cuernos, garras, dientes y un apetito colosal.

¡¡¡GGGRRRRRRAAAAAAUUURRRRRR!!!

El monstruo carnívoro devoró lo primero que encontró a su paso: al agente de bienes raíces que iba a darle el título de propiedad a Drácula. Se lo tragó entero y luego escupió sus ropas, incluyendo los calcetines y los zapatos.

Los presentes nos miramos con caras de espanto. Luego yo le dije a Drácula: "Tu castillo, tu problema." Después de eso salimos corriendo, dejando al conde a cargo de su... eh... monstruosa plaga doméstica.

Huimos a través del puente levadizo para ponernos a salvo (se nos unieron algunos cocodrilos, y el monstruo bajo la cama trajo su cama a cuestas). Dentro del castillo se oyeron rugidos, gritos y el ruido de cosas rompiéndose. Empezamos a temer lo peor... y luego hubo silencio. No sabíamos si entrar al castillo a ver qué había pasado, pero entonces apareció el conde Drácula: magullado, tambaleándose y... muy, muy gordo.


—Le he chupado la sangre al monstruo —anunció Drácula, todavía con sus colmillos ensangrentados—. ¿Alguien podría darme un vaso de Hepamida? Creo que estoy sufriendo una tremenda indigestión...

Y vaya que sí, pobre Drácula. Había bebido tanta sangre que parecía John Goodman. Le proporcionamos un digestivo y arrojamos el cadáver reseco del monstruo carnívoro al foso, por si los cocodrilos tenían ganas de masticar algo (además, no queríamos que el monstruo volviera a la vida convertido en vampiro). Después hicimos un minuto de silencio por el pobre agente de bienes raíces.

En fin, una vez superado el problema, felicitamos de nuevo a Drácula por su aplastante triunfo. ¡Ahora sólo falta la fiesta de celebración! Estén pendientes del último episodio del GHM...

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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