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5 de marzo de 2011

CUARTA SEMANA DEL GHM

El acontecimiento más destacable de esta cuarta semana fue ¡el cumpleaños de Bublob, el monstruo del pantano! Los seis días previos estuvieron dedicados a la preparación de la fiesta sorpresa. Rodolfo, el hombre-lobo mexicano, se encargó del pastel, la piñata y las enchiladas; Atatrix, con sus conocimientos en ingeniería aeroespacial, se ocupó de los fuegos artificiales; a 0010110 le encargamos la música; Aracne confeccionó las telarañas guirnaldas, y dimos suficientes cámaras a nuestros queridos y fantasmales turistas japoneses para que documentaran la fiesta de principio a fin.

Los demás participantes se dedicaron a beber y bailar como locos :-D Es decir, salvo Frankie Jr. y Matilda la zombi, que seguían enfrascados en su confusa partida de ajedrez.

Como sea, Bublob se puso más que contento con la fiesta, sobre todo cuando Bernarda Jones, la científica mutante caracol, se acercó a él para darle su regalo más un tierno (y algo baboso) besito de cumpleaños.


Oh, ¿no es adorable? ¡Parece que ha nacido el amor en el castillo del GHM!

Bublob recibió unos cuantos regalos interesantes: peces y rocas para su pantano, un libro de recetas (101 platillos con algas, cortesía de Martín el gólem), varios CDs con cantos de ballenas y una moto acuática.

Mientras tanto, los cocodrilos del foso se unieron a la fiesta, y el conde Drácula demostró nuevamente sus habilidades para la danza.


Por cierto, sigue sin haber señales de sir Gandolfo. Tratamos de invitarlo a la fiesta utilizando la frase "¡por la espada de sir Gandolfo!", pero nada, no apareció. Esperemos que no esté tramando una venganza por la humillación sufrida en manos del monstruo bajo la cama. Atatrix tampoco halló más rastros de la supuesta momia, de modo que tampoco hubo momias en la fiesta (qué pena, ¿no?).

En fin, la cosa estaba saliendo muy bien, pero acabó en forma abrupta debido a una inesperada invasión de ranas mutantes carnívoras. La primera fuente de carne fresca que encontraron fue la nueva vaca, Mumú (recuerden que a Florinda se la comió Rodolfo), y lamento decir que la pobre no se salvó de ser devorada.


Afortunadamente, Medusa, Martín y el monstruo bajo la cama se encargaron de resolver la situación antes de que otro ser vivo resultara lastimado; Medusa convirtió a varias ranas en piedra, el gólem aplastó otras bajo sus patas de arcilla, y el monstruo bajo la cama se tragó al resto (Rodolfo trató de colaborar pero las ranas debían de ser tóxicas, porque le provocaron vómitos y otras reacciones adversas poco agradables).

Y según las reglas del GHM, esta semana también comenzó la expulsión de participantes. Quien se marchó primero fue... ¡Matilda la zombi! Es decir, lo que quedó de ella. Pobrecita. Una vez que las ranas acabaron con Mumú, se lanzaron sobre Matilda y Frankie. Este último pudo defenderse con una descarga eléctrica, pero la zombi no tuvo tanta suerte, y... bueno, da igual, ya estaba medio putrefacta y empezaba a oler muy, muy mal. Además, esa partida de ajedrez realmente no estaba yendo a ningún lado.

Para terminar, Atatrix les recuerda que aún está abierta la recolección de firmas para evitar la conquista de Marte. Su argumento sigue siendo el mismo: mientras los humanos no nos llevemos bien con nuestro planeta, no tenemos el derecho de invadir planetas ajenos.

¡Feliz cumpleaños, Bublob!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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