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17 de marzo de 2011

QUINTA SEMANA DEL GHM

¿Recuerdan lo que pasó en la tercera semana del Gran Hermano con monstruos? Me refiero a la pelea entre sir Gandolfo y el monstruo bajo la cama, y también a la búsqueda de la posible momia oculta por parte de Atatrix. Sir Gandolfo se había mantenido fuera de vista todo este tiempo, y nuestra querida participante marciana no había encontrado más que unas pocas vendas polvorientas.

Sin embargo, ¡esta semana se desvelaron ambos misterios!

La vida en el castillo había estado muy tranquila desde el cumpleaños de Bublob, tanto así que empezaba a temer que no pudiera contarles nada interesante. De hecho, todos los monstruos comenzaban a verse algo aburridos, lo cual es normal, porque los monstruos están hechos para hacer monstruosidades, no para tirarse en el sofá a ver televisión o hacer carreras de natación contra los cocodrilos del foso.

Entonces, en plena noche, dos habitantes del castillo se alzaron en combate contra todos los demás ocupantes. ¡Eran sir Gandolfo y la momia! En el momento que aparecieron corriendo por el pasillo descubrimos que esta última, en realidad, ¡era un monstruo momificado! Y bastante feúcho, además.


Ninguno de los dos habló (la momia sólo gruñía y rugía), pero aparentemente pensaban tomar el castillo y desalojar a los demás ocupantes, incluyendo las cámaras con patas. Sin embargo, ambos olvidaron un hecho crucial: esos ocupantes también son monstruos, y por lo tanto se entabló una feroz batalla. Sir Gandolfo y la momia se vieron entonces en una severa inferioridad numérica.


Ya ven, hasta el gólem y Paquito el loro se sumaron a la batalla, a pesar de que ambos son pacifistas. Teniendo un enemigo en común, incluso Atatrix y 0010110 unieron fuerzas, olvidando sus desacuerdos.


Mientras 0010110 trataba de aplastarle el casco a la armadura, Atatrix hizo una excelente demostración de artes marciales marcianas (algo así como el taekwondo pero con patadas a tres piernas, que sin duda resultan mucho más efectivas que las patadas a dos piernas).

La única que se mantuvo al margen fue Medusa, ya que no podía arriesgarse a convertir al monstruo en piedra sin afectar a los demás participantes. Aunque, pensándolo bien, habríamos podido poner las estatuas en las almenas del castillo, algo así como las gárgolas de Nuestra Señora de París.

¿Resultado de la batalla? El monstruo momificado fue vencido y devuelto a las pirámides egipcias de donde provino. Al parecer custodiaba, en tiempos remotos, los sarcófagos de los faraones. Pero bueno, ahora tiene un nuevo trabajo: es guía de turistas, aunque tiene la mala tendencia de comerse a los dromedarios.

En cuanto a sir Gandolfo, lo encerramos en el calabozo por mala conducta. De verdad, que no tenía por qué portarse así de mal. Y encima cortó en pedazos a Frankie Jr., quien, después de haber perdido anteriormente una pierna en la trampa mortal del castillo, decidió que ya tenía bastante. Una vez que el doctor Roderic Frankenheimer cosió todas sus partes en su sitio, Frankie se despidió del castillo, ahorrándonos el trabajo de la expulsión. Allá se fue el pobre. Aunque primero caminó varias horas en círculos, porque la cabeza le había quedado torcida hacia un lado (ya la arreglamos).

Ahora tenemos una duda: ¿el monstruo momificado era la criatura carnívora del sótano, o hablamos de seres diferentes? Mmm, será otro misterio a resolver...

¡Hasta la próxima!

G. E.

Siguiente entrada: SEXTA SEMANA DEL GHM.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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