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27 de febrero de 2011

DIBUJANDO EN CLASE

Cuando uno estudia una carrera (en mi caso, veterinaria), siempre hay alguna parte de la misma que resulta mortalmente tediosa. Encima, no falta el estudiante medio lento que interrumpa la dinámica de la clase haciendo alguna preguntonta (= pregunta tonta). Algunas preguntontas me daban ganas de knockear al estudiante en cuestión con algún objeto contundente, ya fuera un libro de tapa dura o una herradura de caballo. También existía la opción de estrangularlo con mi estetoscopio. Pero bueno, como nada de eso estaba permitido, yo tenía que armarme de paciencia y esperar a que el profesor continuara.

Sin embargo, otras veces era el profesor quien enlentecía la clase, hablando de cosas que no tenían ninguna relación con el tema del día o repitiendo el mismo concepto cuatro o cinco veces de distinta manera (probablemente en un loable esfuerzo para evitar las preguntontas).

Tampoco faltaba el profesor incompetente a quien nadie, ni siquiera yo (una cerebrito natural), podía entender. La solución a eso, no obstante, era más simple: salirse de la clase a tomar el sol. Créanme que en esos casos tomar el sol resultaba mucho más productivo.

En fin, la cuestión es que pasé momentos muy aburridos, y supongo que debía de verme más o menos así:


¿No les produce compasión mi cara de completo fastidio? ¿Ah, no? Bueno, de acuerdo, estar aburrida no es tan malo como ahogarse en una fosa séptica, lo admito. Pero ALGO tenía que hacer yo para disipar el tedio. Y ese algo, en mi caso, era dibujar.

Lo que más dibujaba eran monigotes ahorcados que reflejaban mi estado de ánimo al borde del colapso por aburrimiento. Pero mi vena artística estaba, incluso entonces, un poquito más desarrollada que eso, de modo que a veces me ponía a dibujar en serio. Y así salieron las siguientes ilustraciones:




En realidad no me gustan mucho los ovinos (prefiero las cabras), pero de algún lado salió el carnero. Tal vez de mi signo zodiacal (sí, lo admito, soy de Aries; ¿algún problema con eso?).




Harry Potter tiene la culpa de que haya dibujado esa lechuza :-D En cuanto al hada, bueno, me tienen harta las hadas que parecen modelos anoréxicas. Además, ¿por qué habría de ser delgada un hada, si cualquier alimento es ENORME en comparación? Así que ¡hala!, pues me salió un hada gordita.


Eh... bien, como feminista he de admitir que los leones no me caen del todo bien. Ellos descansan mientras las leonas cazan, y luego son los primeros en comer. ¡No se vale! Pero no pude resistir la tentación de dibujar esa melena :-P

Diría que al final tanto aburrimiento no fue en vano. Pero hice una fiesta cuando terminaron los cursos, porque ya estaba más o menos así:


G. E.

2 comentarios:

  1. Me encanta el unicornio, la hadita gorda es entrañable, pero con la jirafa me he tenido que reír. ¡Tienes mano para el dibujo! ¡Y yo que pensaba que las artes plásticas las empleabas sólo para idear fractales! ya veo que me equivocaba :)

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  2. ¡Gracias por los elogios! Me alegra saber que de algo sirvieron tantas horas de aburrimiento en la facultad :-P

    G.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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