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23 de marzo de 2011

EL RUGIDO DE MI DRAGÓN

Cuando adopté a mi dragoncito Donald, no esperé que su crianza fuera a resultar tan interesante. Estos últimos días, él y yo nos hemos enfrentado a un nuevo reto: conseguir que articulara su primer rugido.

No sé si lo recordarán, pero hasta ahora Donald sólo era capaz de graznar como un pato (de ahí su nombre). Lo cual está bien para los patos (cada bicho con su sonido), pero francamente no le pega mucho a un dragón que ya pesa 150 kg.


Mírenlo al pobre, tratando de emitir un rugido respetable y obteniendo en cambio un triste graznido de pato. Era como cuando uno está estreñido, y por desgracia esto no podía arreglarse con más fibra en la dieta.

Me vi obligada a tomar medidas drásticas. Lo que pensé fue, ¿qué me hace rugir a mí? Las estupideces de los políticos, para empezar. Pero eso no iba a funcionar con mi dragón, ya que él no tiene interés alguno en la política (hace bien; la política es una fuente eterna de disgustos). Luego pensé que mi dragón es un ciudadano responsable y que obedece las normas básicas de convivencia en la sociedad: trabaja en el aeropuerto, paga impuestos y seguridad social, ayuda a las ancianitas a cruzar la calle (nada como un dragón enorme para bloquear el tráfico), proporciona excrementos que pueden usarse como fertilizante, y no pone música rock a altas horas de la madrugada. Todo un ejemplo de buena conducta, ¿verdad?

Si hay algo que me saca de quicio es la gente que no respeta los espacios públicos. Personas que vandalizan monumentos, rompen árboles o arrojan basura al piso. Decidí entonces llevar a mi dragón a un parque aquí en Montevideo, y no tuvimos que esperar mucho para ver al primer infractor.


Yo gruñí al ver esto, y noté que Donald apretó los labios y frunció el entrecejo. El idiota en cuestión siguió caminando como si nada, dejando atrás el papel que había tirado. Segundos después, mi dragón saltó de su escondite tras los arbustos y...


Digamos que este imbécil señor, una vez recuperado del susto, no tardó ni medio segundo en recoger el papel del suelo y tirarlo a la papelera más cercana. Luego se marchó corriendo, y ojalá lo piense dos veces antes de volver a comportarse como un cerdo desconsiderado.

Mi dragón y yo celebramos bailando por todo el parque. Él continuó rugiendo a los infractores, y al final del día el parque estaba más limpio que en los últimos veinte años.

Me siento muy orgullosa de mi rugiente y cívicamente responsable dragón :-)

G. E.

2 comentarios:



Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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