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5 de diciembre de 2010

¡ESTO ES ESPARTA... DIGO, URUGUAY!

Es que a veces uno tiene que tomar medidas extremas para defender a la nación, como el rey Leónidas en la peli 300. Cuando un país grande o una corporación gigantesca se meten con tu pequeño e inocente país, simplemente no te puedes quedar de brazos cruzados.

Les cuento: resulta que la tabacalera Phi*** Mo**** ha decidido demandar a nuestro país por violar ciertos acuerdos comerciales. Básicamente, lo que las autoridades de Salud Pública de Uruguay hicieron fue poner unas enormes advertencias en las cajetillas de cigarrillos. ¡Y todo es absolutamente cierto! Fumar es malo para los pulmones, los dientes, las erecciones y los bebés, entre un largo etcétera. Y con estas advertencias, nuestro gobierno por una vez hizo algo bien, alertando a los fumadores de que su vicio es una soberana estupidez, aunque ellos sigan fumando igual (bah, si lo que en realidad los disuade es que les aumenten el precio y/o les prohíban fumar en todas partes). De hecho, es más de lo que hacen las tabacaleras, quienes no respetan los sagrados derechos del consumidor. ¿O acaso han visto en un paquete de cigarrillos la lista de ingredientes, como se supone que debe aparecer en cualquier producto? Nah, la lista se la guardan bien guardadita porque contiene unos cuantos elementos tóxicos, entre ellos veneno para ratas.

Y la codiciosa tabacalera en cuestión decide demandarnos a nosotros por incumplir condiciones. Cuánta hipocresía.

Así que, en plan de defensora acérrima de mi patria y del sagrado bolsillo de los contribuyentes (porque cualquier demanda que perdiera el Estado la pagaríamos con nuestros impuestos), cambié mi atuendo habitual por un atavío de guerrera espartana.


De guerrera espartana en onda peli 300, por supuesto, porque en realidad los espartanos usaban unas tremendas armaduras. Claro que eso no habría quedado tan bien en la peli, y la verdad es que yo agradezco el enfoque artístico. ¿Qué mujer no quiere apreciar los abdominales de Gerard Butler?

Lamentablemente, en Uruguay no tenemos guerreros espartanos con buenos bíceps y abdominales. La gente es medio sedentaria y los hombres andan con sus barrigas fofas, comiendo asado y bebiendo cerveza mientras miran algún partido de fútbol. (Estúpidos futbohólicos que no tienen los músculos para defender a su país. Tsk, tsk.)

De todas maneras, se me ocurrió que quizás podría encontrar tipos musculosos en algún gimnasio, y ¡eureka!, ahí estaban. Conseguí unos cuantos y los armé para la batalla. Luego tuve que gritarles para que prestaran atención a mis órdenes, porque estuvieron media hora comparando el tamaño de sus lanzas, a ver quién la tenía más grande (¡pfff, hombres!).

¡Y partimos hacia la batalla!


Después de correr varios días de aquí para allá por las praderas uruguayas sin encontrar a ningún abogado de la tabacalera, caí en cuenta de que tal vez había cometido un tremendo minúsculo error estratégico. ¡Ésta es una pelea que se ha de librar en los tribunales, no en las praderas llenas de vacas y ovejas! Qué despiste. Por suerte la cosa tenía arreglo, así que cambiamos un poquito los planes: vamos a acechar los juzgados, y cuando aparezca la jauría de abogados extranjeros los vamos a secuestrar, luego los arrastraremos a las canteras del Parque Rodó, y entonces...


G. E.

EDITADO EL 13/8/16 PARA AÑADIR:

¡Uruguay no perdió la demanda en los tribunales! ¡Yuju! (Y menos mal, porque nuestro gobierno ya nos está sacando un montón de dinero para cubrir déficits varios del período anterior.)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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