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29 de diciembre de 2010

EL CASTILLO DEL GHM

¡Continuamos preparando el Gran Hermano con monstruos! Tal como lo prometí, hoy toca hablar sobre el castillo donde se llevará a cabo el espectáculo. Recuerdan cómo era el castillo por fuera, ¿verdad?


Debo admitir que esos cocodrilos del foso son muy útiles. Desde que empezamos a trabajar en el castillo, no hemos tenido que pagar ni una sola factura; ¡los cobradores simplemente desaparecen! (Cuando todo esto termine, llevaré un par de cocodrilos a mi casa. No para espantar a los cobradores, sino para comerse a los idiotas que roban la fruta de mis limoneros.) Lo malo del foso es que ahí se incuban unos mosquitos del tamaño de gorriones, y basta con que a uno lo piquen dos o tres veces para necesitar una transfusión. Tendremos que añadir más ajo a nuestra dieta, al menos hasta que empiece el GHM; entonces aprovecharemos para cazar a todos esos mosquitos y servírselos a Drácula a la hora de la merienda, como si fueran palomitas de maíz. A los murciélagos vampiro habrá que tolerarlos. Son parte de la decoración. Eso sí: los hemos vacunado contra la rabia; que no se diga que no respetamos las normas sanitarias. (Tenemos la sospecha de que hay en el castillo una momia errante. Apenas la encontremos, la vacunaremos también contra la rabia y algunas enfermedades producidas por hongos.)

Por dentro el castillo es típicamente medieval, con sus tapices, sus retratos y sus fantasmas que arrastran cadenas. La cuenta de los fantasmas se ha elevado a cinco. Pensamos que serían aristócratas muertos hace varios siglos, quizás por alguna peste, pero investigando un poco más nos dimos cuenta de que en realidad fueron en vida un grupo de turistas japoneses. Parece que los pobres se refugiaron en el castillo una noche de tormenta, y estaban tan atareados sacando fotos que no pudieron evitar un trágico final en manos de... bueno, eso ni ellos lo saben. Seguiremos averiguando. Mientras tanto, hete aquí la foto que pudimos sacar a tres de ellos con nuestras propias cámaras:


Lo bueno de estos fantasmas es que son inofensivos, siempre y cuando no haya cámaras fotográficas a la vista (los japoneses son capaces de flashearlo a uno hasta la muerte).

Como dije antes, el castillo también tiene una maldición fatal: si uno usa la expresión "¡por la espada de sir Gandolfo!" para demostrar asombro, la armadura de sir Gandolfo cobrará vida y perseguirá al desdichado hasta decapitarlo con su tremenda espada de acero inoxidable. Supongo que se preguntarán quién carajo usa una expresión tan arcaica, pero hay algo en el castillo que impulsa a la gente a decirla en lugar de otras expresiones más comunes como "¡me lleva el Diablo!" o "¡la pu** que lo parió!" Resultado: tres de los técnicos del GHM han perdido sus cabezas. Tardamos un buen rato en encontrarlas. Por suerte el pariente del dr. Frankenstein, el dr. Roderic Frankenheimer, se ha ofrecido amablemente para suturar, a mitad de costo, las cabezas desprendidas. ¿No es un encanto?

¡¡Por la espada de sir Gandolfooooo!!

Todavía no hemos podido averiguar qué clase de criatura carnívora es la del sótano. Para mantenerla a raya le hemos estado arrojando carne fresca. Debido al alto costo de la carne de vaca, hemos sustituido dicho alimento por algunas plagas que nadie echará de menos: ratas, palomas, gaviotas, políticos incompetentes, terroristas de toda clase y funcionarios de ADEOM (les explicaría qué es ADEOM, pero es una larga historia; baste decir que nadie en Montevideo extrañará a esos funcionarios).

Pero hablando de vacas, sí hemos conseguido una para el GHM. Se llama Florinda. En realidad no sé para qué queremos una vaca en el GHM, pero supe que incorporaron un animal de esta especie a una versión con personas de Gran Hermano, así que me pareció interesante imitar el experimento. Al fin y al cabo, Uruguay es un país ganadero y tenemos vacas a montones. Es una vaca normal, por cierto. Teníamos vacas mutantes devoradoras de personas, pero conseguimos deshacernos de esa plaga. Bendita sea la demanda actual de commodities.


Hemos acondicionado el castillo para los futuros ocupantes, así que tenemos un par de piscinas para Bublob (el monstruo del pantano) y Bernarda (la científica mitad caracol). Es que esos dos son bastante susceptibles a la deshidratación. Otras comodidades: un gimnasio, una sala multimedia, un salón de baile y unas cuantas mazmorras equipadas con instrumentos de tortura (por si alguien rompe alguna regla del GHM).

Por último, están las numerosas cámaras que han de grabar el espectáculo. La mayoría están escondidas en grietas y detrás de los cuadros, pero también tenemos unas horripilantes cámaras con patas que seguirán a nuestros monstruos a los lugares más insospechados, a fin de no perder detalle.


Y esto es todo por ahora. En la próxima entrega: los últimos participantes para el GHM. ¡Pronto comenzará la diversión!

G. E.

Siguiente entrada: ÚLTIMOS PARTICIPANTES DEL GHM.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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