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11 de diciembre de 2010

GRAN HERMANO... ¡CON MONSTRUOS!

Antes que nada, ¡celebremos! Es que ¡uno de mis cuentos va a aparecer en una antología de relatos sobre zombis! ¡Yupiiii! Les iré contando más a medida que avance la cosa. Pero ¡vaya con las vueltas del destino! Parece que todos esos sueños sobre zombis que he tenido últimamente presagiaban buenas noticias :-D ¡No hay que subestimar el poder de los monstruos!

Aquí estoy de nuevo, bailando en mi fiesta zombi con una pata de pollo en la mano:


Y puestos en ello, también reviviré mi gloria como la Reina de los Zombis:


En este momento no seré una zombi feliz, pero pueden apostar a que soy una persona muy feliz en general :-)

En fin, por todo lo anterior, he decidido iniciar un nuevo proyecto para este blog. ¡Una versión de Gran Hermano con monstruos! (Si todo apunta a que tengo un talento especial con respecto a los monstruos, más me vale explotarlo.) GHM, para abreviar. Mi dragoncito Donald y yo nos encargaremos de llevarlo a cabo.

Por cierto, mi dragoncito Donald también está feliz. Le di una copita de licor de limón para celebrar mi victoria literaria, y se puso un poco borrachín. Nota: no es del todo conveniente emborrachar a un dragón. El alcohol es inflamable. Por suerte pude apagar las cortinas y no hubo que llamar a los bomberos.

Volviendo al GHM, Donald y yo comenzamos buscando el lugar apropiado para instalar a los monstruos participantes. Buscamos y buscamos, y luego de visitar varios lugares con tradición monstruosa, entre ellos Transilvania, Japón y Maine, encontramos este hermoso castillo embrujado:


Fue buena idea llevar a Donald conmigo para la preparación. Conté por lo menos tres fantasmas diferentes y una maldición fatal, varios cocodrilos en el foso de la entrada, y creo que en el sótano hay una criatura carnívora de tamaño respetable (aún no la he visto, pero sí se escuchan sus gruñidos y el sonido que hace al arrastrarse por las piedras). Por suerte mi dragoncito me salvó a tiempo de varias calamidades, aunque dos de los electricistas que instalaron las cámaras para el GHM desaparecieron sin dejar rastros. Oh, bueno. Así no tendré que pagarles.

Finalmente puse un anuncio en Facebook reclutando monstruos de diversas clases para el GHM (asumí que los monstruos, a estas alturas del siglo XXI, deben de haberse modernizado, como esas niñas japonesas fantasma que se graban en las cintas de vídeo para luego amargarle la vida a todo el mundo). Y así aparecieron varios aspirantes. Hete aquí los que quedaron seleccionados hasta ahora:

EL CONDE DRÁCULA — Debo decir que es todo un honor poder contar con semejante celebridad. A pesar de los rumores sobre su fallecimiento en manos del doctor Abraham van Helsing, Drácula está vivito y coleando y muy dispuesto a ser el ganador del GHM. ¡Un aplauso, por favor!


Por cierto, se presentaron otros vampiros. Uno de ellos no tenía colmillos, brillaba al sol y no hacía más que quejarse de que no era bueno para una chica llamada Bella. Lo arrojamos al foso de los cocodrilos. Otro de los vampiros era, curiosamente, un cobrador de impuestos. Me parece que entendió mal el significado de "chupasangre". También lo arrojamos al foso de los cocodrilos.

RODOLFO EL HOMBRE-LOBO — La historia de Rodolfo es muy conmovedora. Rodolfo era un trabajador mexicano que estaba residiendo ilegalmente en Alaska, EUA. Allí fue mordido por otro hombre-lobo, y de pronto el pobre Rodolfo tuvo más complicaciones de las que podía manejar: ausencia de papeles, licantropía y las matanzas aéreas de lobos (esto último por culpa de Sarah Palin; si será antiecológica, la muy podrida).

En fin, Rodolfo atravesó una larga distancia de bosque en bosque para llegar hasta el castillo. No fue fácil, por supuesto, porque ya no quedan muchos bosques donde esconderse. De todas maneras, como Rodolfo es mexicano tiene una actitud muy positiva, y hasta se trajo un loro de la Amazonia. El loro se llama Paquito y tiene vocación de mariachi.


Se presentaron otros hombres-lobo para la selección. Uno de ellos era muy guapo, y como no llevaba camisa se le veían sus bien formados abdominales. Iba con una niña vampiro muy extraña llamada Renesmee (¿habían escuchado un nombre más ridículo?). Tiré a la niña al foso de los cocodrilos e invité al hombre-lobo a una parrillada. Lo pasamos fenomenal.

EL MONSTRUO FRANKIE JUNIOR — Un familiar del famoso doctor Víctor Frankenstein ha seguido su línea de investigación, y nos proporcionó a Frankie Junior. Es un monstruo más moderno que el del antiguo dr. Frankenstein: tiene baterías de litio que se cargan con paneles solares o un simple enchufe (desde luego, supera en practicidad a las tormentas eléctricas). Su cerebro obtenido de un cadáver no tiene la funcionalidad completa de un cerebro vivo, pero Frankie Jr. es capaz igualmente de hacer tareas simples, como subir/bajar escaleras, limpiar las alfombras con una aspiradora o enfrentar multitudes enfurecidas y prejuiciosas. Tiene un vocabulario de veinte palabras, así que no es precisamente parlanchín.


MATILDA LA ZOMBI — La historia de Matilda es extraña, pero no tan conmovedora como la de Rodolfo. Matilda era una funcionaria pública que atendía a las personas con su monótona voz y apática actitud. En algún momento, y por razones aún sin determinar, se convirtió en zombi, pero como estando viva ya actuaba como zombi, nadie se dio cuenta de la diferencia hasta que Matilda se comió el cerebro de un pobre señor que estaba ahí para un trámite. En fin, Matilda tampoco habla mucho. Todavía es capaz de hacer trámites burocráticos, lo cual confirma que para ciertos trabajos no es necesario un cerebro. (Mmmm, ¿significará eso que existen políticos zombis y no nos hemos dado cuenta? Habrá que investigar esa cuestión, podría ser de vital importancia.)


Seguiré adelante con la selección de participantes para el GHM. Los mantendré informados.

G. E.

Siguiente entrada: ¡MÁS PARTICIPANTES PARA EL GHM!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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