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25 de diciembre de 2010

¡FELIZ NAVIDAD!

Es cosa rara cómo se pasa la Nochebuena aquí en Uruguay. No es como dice la canción esa, "noche de paz... noche de amor...", porque aquí se recibe al niño Jesús a medianoche ¡¡con una tremenda explosión de fuegos artificiales!! En serio, que no me parece la manera más sensata de celebrar la llegada de un recién nacido; vaya lío que se armaría si los padres hicieran algo así en las salas de maternidad.

Bueno, si acaso podríamos decir que los uruguayos somos unos herejes, y por eso, en lugar de festejar la versión cristianizada de la Navidad, más bien preferimos la celebración pagana original. Las orgías de comida, desde luego, no faltan, y luego las mujeres se quejan de que ya no caben en sus trajes de baño.

Una tercera interpretación podría ser que la Navidad en Uruguay es una simple celebración del consumismo. Lo cual no está mal tampoco, si uno lo piensa detenidamente: en estos tiempos que corren, hay que celebrar que uno tenga dinero para gastar.

Como sea, no es fácil celebrar la Navidad en pleno verano. Por estos días en Europa la gente tiene que marchar al trabajo atravesando montones de nieve de dos metros de altura, y supongo que no les hará gracia la idea de cantar "Navidad, Navidad, blanca Navidad", pero aquí estamos con temperaturas de 30 grados, una sequía bien molesta y platos típicos de las fiestas que no sientan bien con el calor. ¿Pavo asado, turrones, pan dulce y bebidas alcohólicas? Uf. Me inclino más bien por una ensalada y dos frutas. Y agua. Mucha agua fría. La beberé despatarrada en el suelo y con el ventilador soplándome en la cara (igual que mi pobre gato, quien no puede deshacerse de su espeso abrigo de pieles; quizás debería afeitarlo y hacerlo pasar por un gato esfinge).

En fin. Este año pasé la Nochebuena espantando mosquitos y poniendo CDs de música navideña, ya que es la única época en que no desentonan (los CDs de música navideña, no los mosquitos; y no es que los mosquitos desentonen en verano, pero ojalá se fueran a la m...). Igual sigue siendo raro escuchar canciones sobre la nieve cuando hace un calor infernal. Oh, bueno, si me concentro un poco puedo imaginarme en la nieve, algo así como una especie de autohipnosis. "No me estoy cocinando. No me estoy cocinando. Hay nieve en los pinos y dentro de un rato me iré a patinar a un lago congelado. Llevaré un almohadoncito para no reventarme el trasero cada vez que me caiga. Ommmmmmm..." (Maldición, no funciona. Todavía tengo calor.)

Después de ver el hermoso despliegue de fuegos artificiales (= miles y miles de pesos uruguayos quemándose en el cielo), me senté a terminar unas tareas. Total, nadie puede dormir con tanto jaleo.

Entonces escuché ruidos en el fondo de mi casa. ¡Alguien estaba tratando de entrar!

Tomé una de las pesas que utilizo para hacer ejercicio. En realidad no es una pesa sino una enorme piedra de cuarzo, pero yo la uso como pesa. Da igual. Me deslicé hasta el fondo de la casa, y cuando vi una silueta moverse por el pasillo, ¡bam!, le tiré la piedra. Se oyó un grito y el intruso cayó al suelo. Encendí la luz.


Ay, no. ¡Ay, no! ¡AY, NO! ¡Acababa de dejar knock out a Papá Noel! ¡Al viejito más querido de todo el mundo desde que murió Juan Pablo II! (seamos realistas: el nuevo Papa no es precisamente popular). ¿Qué iba a hacer? ¿Llamar al 911? ¿Esconder el cuerpo? ¿Ponerme yo el traje de Papá Noel y repartir sus regalos? ¡Qué dilema!

Papá Noel soltó un quejido y se sentó, frotándose la cabeza.

—¿Qué pasó?

—¡Ay, disculpe, Papá Noel! ¡Lo confundí con un ladrón! ¡Es que en este país tenemos una plaga de bandidos!

Le pasé unos cubitos de hielo al pobre Papá Noel para que se los pusiera en el chichón de la cabeza.

—Gracias —me dijo—. ¿Tan mal está la cosa?

—Oh, sí, muy mal —contesté—. Si yo ya no esperaba que usted viniera por este país. Encima, con esta sequía seguro que sus pobres renos no tienen mucho para comer. ¿Les gustará la comida para gato?

—Mejor unas verduras, m'hijita.

Me fui a la azotea y les di unas zanahorias a los renos. Mañana tendré que limpiar el excremento. (Maldición. Bueno, quizás pueda venderlo como fertilizante, igual que el excremento de mi dragón.)

Volví con Papá Noel. Ya se veía un poco mejor, pero tenía el rostro pálido y sudaba.

—Oiga —le dije—, mejor quítese el abrigo, que estamos a 30 grados. No querrá que le baje la tensión arterial... A ver, espérese aquí que ya le traigo una limonada fría. Con este calor hay que cuidar de no deshidratarse.

Papá Noel se sacó el abrigo y empezó a abanicarse con una revista que estaba en la mesa de la cocina. Le di la limonada.

—Debería bajar un poco de peso —aconsejé—. La obesidad no es buena para la salud, ¿sabe? Así no llegará a viejo.

Papá Noel parpadeó y me miró como si yo fuera idiota. Luego señaló su barba blanca. Me sonrojé.

—Bueno —continué—. Y... ¿qué lo trae por aquí?

—¿Cómo que qué me trae por aquí? ¡Vengo a traer regalos!

—Ah, pero... ¿a esta casa? Mire que no nos hemos portado muy bien... Hemos deseado que a los políticos les caiga un rayo en la cabeza, le dije a la vieja miserable de al lado que es una vieja miserable, mi dragón se comió los pantalones del cartero, mi gato araña la alfombra y mi madre compra películas pirateadas. Además...

—Oh, m'hijita, no se preocupe por nada de eso. Como va el mundo, he tenido que cambiar mis estándares de bondad para ajustarlos a los tiempos actuales. Así que todos en esta casa están en mi lista de gente buena.

Di unos saltitos de felicidad. Papá Noel fue a buscar su bolsa de regalos, que repartió mientras nos deseaba una feliz Navidad. A mi gato le dio un ratón de juguete. A mi dragón Donald le dio un manual de vuelo (el pobre todavía no despega del suelo, pero es cuestión de tiempo), a mi madre le regaló un libro bien grueso, y a mí me entregó... un paquete de bolígrafos. Lo miré enarcando una ceja.

—Gracias, pero... eh... esperaba un contrato editorial —dije, tratando de que no sonara a reproche. Papá Noel se encogió de hombros.

—No hago milagros —me respondió—. Sigue escribiendo. Y felicidades por lo del concurso de cuentos sobre zombis.

Tuve que conformarme con eso. Antes de que Papá Noel se fuera, sacamos algunas fotos. El único que no aparece en ellas es mi gato, a quien los fuegos artificiales asustaron tanto que probablemente no salga de debajo de la cama hasta después de Año Nuevo. Pobrecito.


¡Feliz Navidad! o<]:-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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