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19 de agosto de 2010

CRÓNICAS DE HELADERA

Hace muchos años teníamos una heladera súper anticuada, una General Electric con ¡manija! Sí, manija. Una cosa arcaica del tiempo de los dinosaurios. De hecho, lo que se ve en la imagen de abajo es un bebé velocirraptor tratando de abrir la heladera para sacar las patitas de pollo.


Odiaba esa heladera. Todas las demás personas que conocía tenían heladeras modernas, con puertas imantadas y un freezer en lugar de un pequeño congelador. ¡Esas personas sí podían guardar helado en sus heladeras! ¡Qué envidia! Yo no podía hacer eso. Si ponía helado en el congelador de la mía, el frío no era suficiente y el helado comenzaba a aplastarse y derretirse, hasta quedar con un aspecto tan poco atractivo como el de una lechuga dejada a la intemperie una semana. Horrible, horrible.

En fin, llegó el día en que cambiamos la heladera por una de frío seco, con freezer. ¡¡Yipiiii!! Ahora sí podíamos tener helado, y no había que descongelar la heladera a cada rato para eliminar la escarcha. La presencia de la nueva heladera me hizo inmensamente feliz (bueno, no tan feliz como si hubiera ganado un millón de dólares en la lotería; pero digamos que la posibilidad de guardar helado elevó considerablemente mis niveles promedio de felicidad). El único que no estaba contento era mi gato, quien ya no podía abrir la heladera para robar el jamón.


(En realidad mi gato jamás fue capaz de abrir la heladera vieja, pero éste es mi blog y puedo inventar todos los disparates que quiera para hacer más interesante lo que escribo. Técnicamente no son mentiras sino ficción.)

Según el vendedor, no hacía falta descongelar la heladera nueva porque el frío seco no produce escarcha. Eso sí: más valía envolver las cosas para que no se secaran. No era cuestión de que la comida terminara deshidratada como si la hubiéramos dejado al sol en pleno verano; perdería el sabor y se volvería difícil de masticar, y las mandíbulas del Homo sapiens contemporáneo ya no están hechas para eso.

Nuestra luna de miel con la heladera nueva duró cinco años. Cinco hermosos, maravillosos años con helado y papas congeladas en el freezer. Me encantan las papas congeladas (después de cocinarlas, por supuesto; ni que fuera a comérmelas congeladas).

El problema empezó con la leche. Verán, yo siempre tomo la leche fría, incluso en pleno invierno. Por alguna razón, la leche caliente me da ganas de vomitar (¡puaj!). Además, me gusta la leche fría. Con chocolate, por supuesto. Mmm, qué rico :-)

En fin, empecé a notar que, aunque la comida en el freezer seguía congelada, mi leche no estaba lo bastante fría. La heladera ya no tenía un frío pingüinesco, sino que estaba casi a temperatura ambiente. Era pleno invierno, y aunque en mi casa no tenemos calefacción central, desde luego que en invierno no está a la temperatura de una heladera (bueno, casi).

Hablé con el técnico, quien me dijo que por condensación podían haberse tapado las tuberías que llevan el aire frío desde el freezer hasta la heladera. (Anoten eso todos los que tengan heladeras de frío seco, porque NO aparece en el manual.) Solución: apagar la heladera y dejarla abierta un día entero.

Parpadeé. ¿Apagar la heladera? ¿Quedarnos sin heladera un día entero? Ese pensamiento me horrorizó. ¡¡Quedarnos sin heladera un día entero!! ¡¡Qué.. qué... PRIMITIVO!!

Por desgracia, no había alternativa. Y algo debía de estar pudriéndose en el interior de nuestra heladera ya no tan fría, porque salía un olorcillo desagradable. Mi mente empezó a conjurar imágenes terroríficas de bacterias patógenas: Salmonella enteritidis, Escherichia coli, Clostridium perfringens. Brrrr. Sólo de pensar en Clostridium perfringens me dan escalofríos. Intoxicación alimentaria = ¡¡¡DIARREAS INTERMINABLES!!! ¡¡Auxilio!!

Ni modo, teníamos que descongelar la heladera que supuestamente no necesitaba descongelado. Por suerte nuestra vecina, quien es una compradora compulsiva, tiene dos heladeras con freezer en su casa, así que le llevamos toda nuestra comida.

Dejamos la heladera apagada y abierta. Aprovechamos para quitarle los restos de un huevo que había tenido un final trágico un par de años atrás :-D

Al día siguiente encendimos la heladera y ¡tadáááá!, empezó a funcionar correctamente. Por fin se escuchaba el ruidito de circulación del aire. Recuperamos toda la comida de la casa de mi vecina... aunque creo que había menos helado en el recipiente. Mmm, qué sospechoso. En fin, lo tomé como el pago por los servicios de almacenamiento prestados.

El día después de ése fui a preparar mi leche con chocolate y me llevé una sorpresa: nuestra heladera ahora enfriaba tan bien... ¡¡que se había congelado la leche y no salía nada de la bolsa!!


G. E.

6 comentarios:

  1. Me hubiera gustado ver tu heladera antigua. Por cierto, en España llamamos a las heladeras con freezer... frigoríficos combi, y si no producen hielo, son frigoríficos combi no frost. Al principio no entendía bien qué era una heladera, he tenido que buscarlo en el monolito google.

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    1. Cuestiones geográficas, Iván. En Uruguay más bien se llama frigoríficos a los lugares donde se almacenan alimentos a gran escala. Si quieres una alternativa, en Sudamérica se usa también la palabra refrigerador. Espero que te hayan divertido mis crónicas heladas :-D

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  2. JAJAJA me han encantado tus aventuras con el frigorífico. Gran imaginación
    Saludos

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  3. JAJAJAJA,muy bueno,me he reido bastante,me encanta tu blog :D.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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