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1 de agosto de 2010

MOLESTA CONCIENCIA ECOLÓGICA

Lo sé, lo sé: hay que preocuparse por el ambiente. Pero esto de tener una conciencia ecológica se vuelve a menudo una carga pesada. ¡Es difícil andar por ahí pensando que casi cualquier cosa que haga genera algún grado de contaminación!

Yo trato de ser lo más ecológica posible. Por ejemplo, ya he cambiado las lamparitas incandescentes por las de bajo consumo.


También tengo plantas que capturan dióxido de carbono y liberan oxígeno, como el helecho en mi cocina.


Bueno, y ni hablemos de mi jardín. Mi jardín es una jungla. Lo bueno de ser una chica ecológica es que eso me da una buena excusa para no cortar el pasto ni podar los cítricos, y cada vez que alguien se ofrece a hacerlo por mí, pongo el grito en el cielo y digo: "¡De ninguna manera! ¡Mi jardín es una mini-reserva para cientos de especies!" (Supongo que los bichos cuentan, ¿verdad? Es decir, no es que estén en peligro de extinción, pero son parte del ecosistema y de la cadena alimenticia.)

Sin embargo... ¡yo me siento igualmente culpable! Si me doy una ducha caliente, ¡estoy gastando energía y contribuyendo al calentamiento global! ¡Por no hablar del gasto en agua potable! ¡Y la contaminación que genera el champú necesario para lavar mi cabellera! ¿Tendré que cortarme el pelo a cepillo para contaminar menos? ¡¡Noooooo, me vería horrible!! ¿Por qué la belleza no es ecológica?

Trato de no gastar papel innecesariamente, de usarlo por ambos lados y de reciclarlo cuando lo tiro, ¡pero entonces pienso que para que yo tuviera papel tuvo que morirse un árbol! ¡Un árbol que producía oxígeno! ¡Oh, tragedia!

¿Y la ropa? ¿Debo usar zapatillas de cuero porque duran más? ¡Pero las vacas que producen cuero expelen toneladas de metano a lo largo de su vida, y el metano es peor que el dióxido de carbono! Podría comprarme zapatillas sintéticas, pero como duran menos, ¡entonces estaría generando más basura! ¡Socorro!

Luego voy a la tienda y miro las camisetas. ¿Tejido sintético o algodón? ¡Si no es algodón orgánico, entonces se consumieron cientos de metros cúbicos de agua para fabricar una sola camiseta! ¡Pero los tejidos sintéticos son derivados del petróleo, que es una materia prima no renovable!

¿Algodón? ¿Poliéster? ¿Lino? ¿Lana?

¡Y ni hablemos de los aparatos eléctricos! Para empezar, ¡están todos hechos en China! Y ya sabemos lo que pasa en China: los fabricantes no controlan las emisiones de contaminantes. Encima, una vez que el aparato en cuestión ya no sirve y tengo que tirarlo, seguramente terminará en un basural, contaminando las capas freáticas con metales tóxicos.

Ah, y también tengo un gato. Según un estudio, ¡tener una mascota contamina más que un automóvil! ¡Pero yo amo a mi maldito gato! ¿Puedo compensarlo con el hecho de que no tengo automóvil? ¿Puedo? Please?

¿Comienzan a entender mi dilema? Si me pongo a pensar en el costo ambiental de todo lo que hago, por más que trate de llevarme bien con el ambiente, siempre llego a la misma conclusión:

¡¡¡SOY MALA PARA EL PLANETA!!!

G. E.

2 comentarios:

  1. Muy, muy bueno el post, Gissel. Efectivamente, en nuestra sociedad todas las alternativas son contaminantes. La clave está, creo yo, en la renovabilidad y en la austeridad. Consumir menos, y disfrutar más de lo que consumimos. Pero aquí nadie está dispuesto a bajar su nivel de vida (aunque algunos, por la crisis, lo están empezando a hacer).

    Gracias por el buen rato de lectura.

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    1. Gracias, Antonio :-) Es un tema que me preocupa mucho, y a veces me hace enojar el descuido de la sociedad en general. Por no hablar del hecho de que los gobernantes tampoco hacen mucho para educar a la población :-/

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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