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18 de mayo de 2017

¡BASTA DE GORDOFOBIA!

Una vez más, voy a meterme con un tipo de discriminación que no me perjudica en forma directa, pero sobre la cual creo que me toca decir algo porque veo que hacen falta más artículos al respecto.

Sí, el sobrepeso y la obesidad traen problemas de salud. Y sí, hay que tomar medidas generales al respecto porque las estadísticas no dejan de empeorar. Sin embargo, NADA DE ESO JUSTIFICA QUE SE DISCRIMINE O MALTRATE A LAS PERSONAS POR SU PORCENTAJE CORPORAL DE GRASA.

No sé ustedes, pero a mí me enseñaron de chiquita a no burlarme de quien fuera distinto, ya fuera por sobrepeso, gafas, tartamudeo o cualquier otra particularidad. Usar un problema físico para dañar emocionalmente a alguien es, simplemente, una bajeza de primer orden, ya que no es algo que la persona pueda elegir (a diferencia de la maldad o la deshonestidad).

Derribemos ahora el primer mito: LAS PERSONAS CON SOBREPESO NO SUELEN SER CULPABLES DE ELLO. Nadie engorda a propósito (bueno, salvo los luchadores de sumo, pero eso es un caso aparte). Y sí, hay gente que engorda a fuerza de comer en exceso y no mover el trasero del sofá, pero por lo que he visto, la mayoría engorda porque VIVIMOS EN UN ENTORNO ESPANTOSAMENTE OBESOGÉNICO.

Y con lo de "obesogénico" no me refiero solamente al bombardeo constante de propaganda de comida chatarra. La lista es rematadamente larga:

1) Las condiciones de la madre durante la gestación de la persona. No es broma. Al parecer, si la madre comió comida chatarra y/o sufrió estrés durante el embarazo, su hijo tendrá más probabilidades de ser obeso.

2) El método de parto por el que nació la persona. Si nació por cesárea, también tendrá más probabilidades de ser obesa.

3) La alimentación durante la niñez. (Aquí es cuando digo que me dan ganas de vapulear a los padres que compran comida chatarra a sus hijos.)

4) El microbioma intestinal de la persona. O sea, los microbios de las tripas. Algunas combinaciones de bacterias hacen que unas personas sean más propensas a engordar que otras. Esto también está dado por el ambiente, dado que los niños criados en ciudades no tienen las mismas posibilidades de adquirir naturalmente los microbios beneficiosos.

5) Los horarios laborales que no permiten comer tranquilamente, hacer ejercicio ni dormir lo suficiente (todo eso aumenta la propensión a la obesidad).

6) ¡Las malditas tallas de ropa! Y de esto puedo dar fe yo misma, incluso con mi peso normal: hablo de la dificultad para encontrar pantalones cuando tu cuerpo no se ajusta a un estándar. ¡Eh, que algunas mujeres tenemos esas cosas llamadas MÚSCULOS en las piernas! Este punto me lleva al siguiente:

7) Las dietas. ¿Qué pasa cuando no hay tallas de ropa adecuadas para ti, o sí las hay pero la ropa es HORRIBLE? Pues que la persona termina haciendo alguna dieta para poder vestirse bien. ¿Y saben qué? UNA DE LAS MANERAS MÁS EFECTIVAS DE ENGORDAR ES HACER TRES O CUATRO DIETAS. En serio. El metabolismo de uno es el metabolismo de uno. Forzar el cuerpo a pesar menos de lo que corresponde a su naturaleza hace que se trastorne por completo la tasa metabólica; el organismo se pone en "modo ahorrador" y pierde músculo en lugar de grasa. Luego, cuando aparece el efecto rebote (es lo que pasa casi siempre, sobre todo con las dietas rápidas que se hacen para el verano), la persona recupera el peso... pero con más grasa, no con músculo.

8) La depresión, la ansiedad y todos esos desórdenes psicológicos que llevan a la persona a comer. Algunos medicamentos también tienen como efecto secundario la ganancia de peso.

9) La presión social por la delgadez. Es como lo de la ropa. He conocido muchísimas mujeres que se consideraban gordas a pesar de tener una talla perfectamente normal, ya fuera porque no encajaban en el estándar de las modelos de Victoria's Secret o porque tenían una visión distorsionada de su peso. Y ni hablemos ya del bullying. Si una persona no estaba gorda antes de los insultos, terminará engordando por hacer dietas o por la depresión causada por dichos insultos. O sea, un ambiente gordofóbico puede lograr que la gente engorde más y muera antes.

10) La falta de educación en nutrición. Muchas personas simplemente NO SABEN cuán dañina es su dieta (incluso aunque dicha dieta no las esté haciendo engordar). Por no hablar de que, durante muchos años, nos inculcaron una pirámide alimenticia incorrecta, demonizando injustamente las grasas saturadas y dando el visto bueno a carbohidratos refinados y aceites vegetales muy dañinos. Incluso hay MÉDICOS que no saben cómo asesorar en cuestiones nutricionales.

11) Los precios de la comida saludable vs. los precios de la comida chatarra. Vale, HAY maneras de alimentarse saludablemente con poco dinero, pero hace falta saber de nutrición (ver punto anterior), y en algunos supermercados hay más estanterías con comida chatarra que con comida saludable barata.

¿Es posible no engordar a pesar de todos estos factores en contra? Bueno, sí, pero se hace muy, muy difícil. Sobre todo cuando hay más de un factor biológico predisponente. Y ni hablemos ya de las personas que directamente tienen una enfermedad, como hipotiroidismo, problemas articulares que no les permiten hacer ejercicio, o trastornos intestinales que limitan sus opciones dietéticas.

Y una vez que uno ha engordado... bajar de peso es toda una odisea. En un canal de cable dan un programa titulado Entrenadores fuera de línea. Va de entrenadores que engordan a propósito para bajar de peso con la gente a la que tienen que poner en forma. ¿Qué descubrieron estos entrenadores? ¡Que es muy fácil comer bien y hacer ejercicio cuando uno está delgado, pero no cuando uno ha engordado! El cuerpo duele y pide comida aunque no la necesite, justamente porque el sobrepeso es un trastorno físico. O sea, se desbarajustan todos los mecanismos de control del peso: los niveles de las hormonas del hambre y la saciedad, la tasa metabólica y el microbioma intestinal. Por no hablar de la sobrecarga que reciben los huesos, las articulaciones y el sistema cardiorrespiratorio.

Por desgracia, hay muchísimas personas que no saben o no se molestan en saber todas estas cosas, y por lo tanto asumen, de buenas a primeras, que una persona está gorda por tragona y haragana. O sea, arrancan con un prejuicio, y por lo tanto ya se ponen en una especie de pedestal de superioridad desde el cual juzgan a quienes tienen sobrepeso.

Y no hablo de gente particularmente mala. Hablo de personas comunes y corrientes que a veces ni siquiera se dan cuenta de cuánto daño están haciendo con su prejuicio. Aquí van algunos ejemplos de discriminación:

1) Los propios médicos tratan mal a las personas con sobrepeso y no se molestan en diagnosticarlas correctamente. Tiene sentido que un médico le diga a una persona con sobrepeso que necesita adelgazar, pero NO que achaque TODOS sus problemas de salud al sobrepeso. Una apendicitis la puede sufrir cualquiera, por ejemplo. Un médico prejuicioso podría pasar varios síntomas por alto si los achacase automáticamente a la gordura.

2) El trato general a las personas con sobrepeso es peor en todas partes. Leí un artículo sobre una mujer que consiguió volver a un peso normal, y estaba enfadada porque se dio cuenta de cómo cambió la actitud de otras personas hacia ella. De pronto "valía más", por decirlo de alguna manera... ¡a pesar de que seguía siendo la misma persona, sólo que más delgada!

3) Mucha de la discriminación hacia las personas con sobrepeso se hace con el escudo de que "estar gordo no es saludable", pero es mucho mayor la discriminación hacia una persona con sobrepeso que hacia una persona anoréxica o una que fume como chimenea, por ejemplo. O como lo dijo una prima mía que es juez: "En mi trabajo, ser gordo es peor que tener sida" (ella había engordado de niña por culpa de problemas familiares graves). Menuda afirmación, ¿eh?

4) Hay una fuerte discriminación laboral, incluso para trabajos donde la apariencia o el peso son irrelevantes.

5) La ropa para las personas de talla grande parece hecha específicamente para ser lo más espantosa posible. Como dijo una bloguera a la que sigo:

¡Esto no es ropa, es un castigo!

6) La gente presupone, de buenas a primeras, que una persona gorda está sola y no tiene vida sexual. ¿Qué, no se concibe que alguien pueda ver más allá del sobrepeso y amar a la persona por lo que es en su interior? ¿Nadie ha leído El principito?

7) Chistes de muy mal gusto en el cine y la televisión. Sí, hay comediantes que se ríen de sus propios rasgos físicos, pero las personas con sobrepeso suelen ser blanco de bromas degradantes. A ver, EL SOBREPESO Y LA OBESIDAD SON PROBLEMAS DE SALUD, ESOS CHISTES NO TIENEN GRACIA. Por no hablar de que, en las películas animadas, los protagonistas buenos de la historia suelen ser delgados, mientras que las figuras con sobrepeso quedan reservadas para los personajes secundarios, los cómicos o los villanos. A ver, Disney, ¿qué tal una princesa o un príncipe algo rellenitos, para variar? No sé si se dieron cuenta al diseñar los personajes, ¡pero las cabezas de Elsa y Anna son más grandes que sus respectivas cinturas! (Menos mal que tenemos a Shrek y Fiona. Gracias, Dreamworks.)

8) La simpatía obligatoria. Esto se lo oí decir a una mujer con sobrepeso: que no tenía más remedio que mostrarse simpática porque de lo contrario era como una especie de doble insulto para los gordofóbicos ("gorda y encima antipática").

9) Ese saludo de "¡estás más delgada/o!" que largan montones de personas cuando no han visto a alguien en mucho tiempo, como si adelgazar fuera un logro más importante que cualquier otra cosa. ¿Por qué no un "qué feliz te ves", o "qué linda ropa llevas", o "me encanta tu nuevo peinado"? Pues no. Lo primero en que se fijan es el peso, sin conocer siquiera la alimentación o el estado de salud de la persona en cuestión. ¿Y si resulta que dicha persona adelgazó porque, no sé, estuvo enferma de algo grave, como un cáncer? Hay que tener cuidado con esa observación. (Me la han hecho a mí, por cierto, a pesar de que me he mantenido en 50 kilos durante más de quince años. Una vez respondí con un seco "¿y cuándo he estado yo gorda?", porque como máximo habré pesado 5 kilos más, que sigue siendo aceptable para mi estatura.)

10) La hipocresía de algunas personas supuestamente románticas. Alguien hizo una broma sobre eso en Twitter: mucho hablar de la belleza interior por el estreno de La bella y la bestia, pero las mujeres suelen rechazar de plano a los hombres con sobrepeso. Y peor aún cuando es la mujer quien tiene sobrepeso (porque a las mujeres se nos perdona mucho menos no ser físicamente atractivas).

Y claro, están las personas maliciosas. Las que se burlan con toda la pega, usando términos ofensivos que ni voy a mencionar aquí y algunos que ni siquiera se me habrían ocurrido, como lo de "hueles a grasa" o "vientre globuloso" (este último usado por un enfermero; vuelvo al punto 1 sobre el maltrato por parte de los profesionales de la salud).

En fin, ¿a qué quiero llegar con este artículo tan largo? En primer lugar, a generar conciencia del problema. En segundo lugar, a demandar RESPETO hacia las personas con sobrepeso, independientemente del sobrepeso que tengan y de la existencia o no de problemas de salud asociados. Y en tercer lugar, a mandar a la porra a la gente que se burla de las personas con sobrepeso. En serio, ¿no tienen nada mejor que hacer? ¿Ir a controlar su propia salud, por ejemplo? Miren que la delgadez no salva de las enfermedades, ¿eh? Las personas de peso normal TAMBIÉN pueden sufrir síndrome metabólico, hipertensión y arterioesclerosis.

Y por último, tenemos que trabajar en la ACEPTACIÓN y en liquidar esos estándares estéticos ridículos. Las personas venimos en diferentes formas, tamaños y colores. Concentrémonos más en la salud y el bienestar emocional y menos en la apariencia, ¿sí? Eso nos hará bien a TODOS.

Gracias por leerme hasta aquí :-)

G. E.

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2 comentarios:

  1. Magnífica síntesis directa a eliminar el desconocimiento e incomprensión de muchos en ese
    aspecto importante de la vida. 👏

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    Respuestas
    1. ¡Gracias por el comentario! Me alegra que te haya gustado el artículo. ¡Besos! :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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