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6 de enero de 2016

¡EL MEJOR REGALO DE REYES!

A decir verdad, 2015 no fue un gran año para mí. De acuerdo, no me pasó nada extraordinariamente espantoso, como que cayera un avión sobre mi casa, me dispararan en un asalto o me comiera la pierna un tiburón que hubiera llegado por error al Río de la Plata. Sin embargo, tampoco pasó nada extraordinariamente bueno. Las ventas de mis libros todavía no compensan, ni de lejos, el tiempo de trabajo invertido, mi casa sigue necesitando reparaciones, me volví un año más vieja, las noticias internacionales fueron un desastre, y cierto personaje de Juego de tronos terminó como terminó en el último episodio de la última temporada. Encima, asumió de nuevo el gobierno el partido que menos me gusta, lo cual más o menos promete otros cinco años de mugre, delincuencia, populismo, déficits varios, pobreza y una pésima educación pública.

Puf. Requetepuf. Supongo que he de dar las gracias por mi buena salud, que no es poco. Ah, y por no ser una refugiada siria, que tampoco es poco.

En fin, llegó el Día de Reyes y tampoco esperaba mucho de él, dado que no soy religiosa y encima estoy demasiado vieja como para que los Reyes Magos me regalaran algo, si acaso existieran. Sin embargo... sin embargo, había olvidado que mi hijo adoptivo es un dragón, quien además me adora. Apenas terminé de desayunar (todavía en mi castillo de hielo, rodeada por algunos pingüinos juguetones), se me apareció cargando una caja con agujeros.


Lo de los agujeros ya era una pista. La verdad, pensé que Donald me había conseguido otro gato, dado que el mío murió hace más de un año. Pero no era un gato. Abrí la caja y vi pelaje del mismo color que el envoltorio. Apenas toqué al animalito, ¡éste adoptó el diseño de mi vestido! Era... era... ¡un unicornio camaleónico!


¿¿¿Verdad que es una cosita totalmente adorable??? ¡¡¡Y su cuerno tiene el poder de convertir piedras en bombones de chocolate con menta!!! Lo llamaré Cuernito :-)

Se nota que Donald leyó mi lista de deseos para este año. Le di un fuerte abrazo y un beso en el morro, y luego él y yo nos fuimos a jugar a las escondidas en la nieve con Cuernito. No fue fácil hallar a Cuernito, claro, por eso del mimetismo. (La verdad, no entiendo cómo Rapunzel podía ganarle siempre a Pascal en ese juego. En serio, es más complicado que buscar a Wally.)

Mis expectativas de felicidad para este año acaban de mejorar un 75%, como mínimo :-D

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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