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24 de enero de 2016

TRÁNSITO LOCO EN MONTEVIDEO

Mucha gente en mi ciudad maneja con el culo. Y digo con el culo porque a menudo me da la impresión de que no están usando el cerebro para nada. Así nos va, claro. Tenemos unas tasas altísimas de accidentes, y se calcula que gastamos más de 1.000 millones de dólares al año por culpa de ellos (para una magra población de tres millones y medio).

Casi no pasa una sola tarde en la que salga a caminar y NO vea una infracción de tránsito, ya sea por parte de automovilistas o de peatones. No me vendría mal tener ojos en la nuca, porque con tanto caos podría acabar atropellada al menor descuido. (Lo de los ojos en la nuca sería horriblemente antiestético y tendría que raparme media cabeza. Ugh. Pensándolo bien, tal vez pueda conseguirme unas simples gafas con espejos retrovisores.)

Lo más común, en mi caso, es que los conductores doblen las esquinas sin avisar. Más de una vez estuve a punto de ser atropellada por esta razón, a pesar de que, encima, los peatones tenemos la preferencia en las esquinas. Peor todavía es cuando doblan sin avisar ¡a mis espaldas! En serio, ¿qué se creen? ¿Que tengo los dichosos ojos en la nuca para verlos venir? ¿O una bola de cristal en el cerebro para adivinar lo que van a hacer? GRRRRRRRRRRRR.

Además de doblar sin avisar, muchísimos conductores van hablando por el móvil, fumando o tomando mate. También aceleran a lo loco cuando el semáforo cambia a amarillo, o cruzan directamente con la roja. He visto AUTOBUSES cruzar semáforos con la roja. Una vez subí a un autobús y el conductor estuvo hablando por su móvil durante varios minutos (el trayecto de cinco o seis paradas). Otra vez tomé un taxi y el taxista estuvo hablando por su móvil durante toooooooooooodo el trayecto (no le dejé propina, por razones obvias).

Los motociclistas son aún peores. Hacen maniobras suicidas, no usan el casco y a menudo van a contramano por las calles ¡e incluso las aceras!

Tenemos pasos de cebra. Nunca los uso. Son sitios donde uno tiene MÁS probabilidades de ser atropellado, porque los conductores no les dan pelota. Y para quienes andan en bicicleta, las bicisendas son los lugares más peligrosos por donde pueden circular.

Entiendo que las ambulancias deban llegar rápido a atender las emergencias, pero algunos conductores de ambulancia se comportan como si la sirena hiciera frenar en seco o levitar a los demás vehículos. Una vez vi a una ambulancia cruzar una luz roja a toda velocidad en una avenida muy transitada. No chocó de milagro, porque podría haber ocurrido que un automovilista no frenara a tiempo (a veces el eco no permite determinar de dónde viene exactamente el sonido de la sirena).

Los peatones no se quedan atrás, ojo. Cruzan con la roja en calles muy transitadas como si fuera lo más razonable del mundo. ¿Y para ganar qué, treinta segundos? Otros cruzan ¡mirando la pantallita del móvil! Zoooooombis.

Al final, resulta muy estresante caminar por mi ciudad. A menudo me siento como un ñu cruzando un río lleno de cocodrilos. ¡Y toda esa gente imprudente termina obligándome A MÍ a cometer infracciones! En serio, es más seguro cruzar con la roja cuando no hay vehículos a la vista que cruzar en una esquina con el semáforo en verde, debido a los conductores que doblan sin avisar. También es más seguro cruzar en medio de una cuadra que en las esquinas, también por los que doblan sin avisar. Y a veces tengo que bajar a la calle porque la gente estaciona en las aceras, bloqueándolas por completo.

Tan acostumbrada estoy a todo este caos que, cuando fui a Suecia, me desconcertaban mucho los conductores prudentes. ¡Frenaban para dejarme pasar! ¡Qué raro! ¡Y qué maravilloso! :-D (Extraño Suecia. Qué país tan bonito y ordenado.)

El colmo es que, cuando un conductor imprudente en mi ciudad frena justo antes de atropellarte, ¡te grita como si fuera tu culpa! ¡¡¡AAAARRRRGGGGHHHH!!!

¿Saben qué voy a hacer uno de estos días? Le pondré patines a mi dragón y saldré a pasear sobre él, y pobre del conductor imprudente que se atreva a decirme algo al respecto. Sí, mi dragón causará problemas de tránsito, pero considerando que el tránsito ¡ya es un lío del carajo! no creo que se note mucho la diferencia :-P


G. E.

2 comentarios:

  1. Eso que te pasó en Suecia me pasó a mí en Colonia. Me acuerdo que pensé "qué notable, ni que fuera Suecia..."
    En cuanto a Montevideo, sí, es algo caótico, pero MUCHO peor es en Buenos Aires (allí la velocidad media del tránsito es el doble) y en Rosario, que no tiene avenidas y los atascos son el pan de cada día. Ni te menciono a Lima o a Caracas...
    (Gerardo)

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    1. No me sorprende que en Buenos Aires sea peor, ¡pero Buenos Aires es mucho más grande que Montevideo! Aquí no hay excusa para que la gente ande tan a lo loco, siendo una ciudad tan pequeña. La tasa de mortalidad anual por accidentes de tránsito cada 100.000 habitantes es MAYOR en Uruguay que en Argentina, de hecho. O sea, estamos mal, mal, mal, aunque no me hacían falta comparaciones para saberlo :-/

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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