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1 de diciembre de 2015

UNA CUESTIÓN DE AUTOESTIMA

Conversación hipotética con un espejo mágico:

—Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?

—Blancanieves.

—Ésa no se vale, es un personaje de ficción.

—Bueno. Charlize Theron, entonces.

—¿Quieres hacerme enojar? Mira que tengo un martillo...

—¿Y tú qué quieres, que te mienta? ¿Has visto a Charlize en la propaganda de J'adore? ¡Parece una maldita diosa de la belleza!

—¡Oh, bueno, de acuerdo! Espejito, espejito, ¿quién es la más BUENA del reino?

—Jane Goodall.

Bue, ni yo pude discutir eso. Jane Goodall es como la madre Teresa de Calcuta, pero para los simios.

—Espejito, espejito, ¿quién tiene la cabellera más hermosa del reino? —Guiño, guiño, mano esponjando cabellera propia.

—Simone Simons, la cantante de Epica.

—¡La madre que te parió, espejo de porquería!

Bien, hablando en serio, hubo una época en la que yo no tenía autoestima. ¿Recuerdan mi entrada sobre la venganza por el acoso escolar? Fueron muchos años de hacerme sentir mal por cualquier cosa, ya fuera mi estatura, mi pelo, mi cutis, mi forma de ser, los aparatos de ortodoncia, la falta de habilidades para los deportes o mi forma de vestir. Blegh.

Encima, y aunque hayas superado el efecto de las burlas en la adolescencia (conste que mucha gente no lo consigue), luego llegas a la vida adulta y un porcentaje grande de empresas te largan propagandas destinadas a que te sigas sintiendo mal, a fin de que compres cosas. Me refiero a productos de belleza, cirugías estéticas, zapatos bonitos pero muy malos para la salud, anabólicos, ropa de marca, relojes, perfumes y un largo etc.

Las propagandas nos han bombardeado con imágenes de cuerpos perfectos o imposiblemente delgados, y así aumentaron los casos de anorexia. También han tratado de hacernos creer que tendremos más amigos por fumar o beber alcohol, usando la soledad como una herramienta de mercadotecnia.

Hoy en día las marcas de cosméticos y de ropa quieren hacernos creer que realmente les importan las "mujeres reales". Dudo mucho de que sea cierto. Más bien creo que saben que hay una epidemia de obesidad, y que eso les jode las ventas, y lo que yo veo es un simple intento por reconquistar a las consumidoras que se sienten fuera del juego a causa de sus medidas. Al mismo tiempo, las fábricas de comestibles que antes nos vendían chatarra cargada de azúcar y grasas trans nos venden ahora chatarra "light" o "0%", haciéndonos creer que adelgaza y es buena para la salud. Bonita forma de engordar a la gente para luego aprovecharse de su necesidad de recuperar la figura...

Y por último, está la gente que simplemente te va a despreciar porque no cumples con ciertos estándares de belleza, o porque pasas de los treinta años, o porque no tienes un auto caro, o por la razón que sea, porque la lista es interminable.

A pesar de tantos factores en contra, yo conseguí recuperar mi autoestima y mandar al carajo este sistema tan tóxico, porque me tenía HARTA. Y también me tiene harta que haga daño a otras personas que no lo merecen.

En serio, ya es hora de que nos pongamos de acuerdo para reconsiderar cuál es el valor intrínseco de cada uno, sin medirnos por estándares imposibles o peor, ¡comerciales! Como cantó en su momento Whitney Houston, "aprender a amarse uno mismo es el amor más grande de todos". (Ay, Whitney, ojalá le hubieras hecho caso a tu propia canción. Amy Winehouse cantó que no le daba la puta gana ir a rehabilitación, y así fue como acabó su vida. Mucho más coherente.)

Al fin y al cabo, ¿qué cualidades apreciamos en nuestros conocidos que más nos gustan? Yo aprecio estas cosas:

1) La bondad.

2) El sentido del humor.

3) Que se preocupen por mí cuando estoy mal.

4) Que compartan mis gustos para que así tengamos de qué hablar.

5) La lealtad.

6) La inteligencia y la cultura.

7) Que les preocupe cuidar al planeta y los animales.

8) Que cuiden de su salud e higiene personal. (Y me dirán que esto es cosa de cada uno, pero lo siento, no me gustan los fumadores ni las personas que no se bañan. Huelen feo. Tampoco siento respeto por las personas que arruinan su salud, porque la salud es algo invaluable.)

Como ven, la belleza física y la riqueza ni siquiera están en mi lista. Las considero irrelevantes a la hora de relacionarme con alguien.

Y la verdad, por lo que he visto hasta ahora, he llegado a la conclusión de que ni la felicidad ni el amor dependen de la belleza, independientemente de lo que nos quieran hacer creer tantas industrias. ¿Que la belleza llama la atención? Sin duda. Pero a la larga... quien te quiera te va a querer, y quien no te quiera, pues no te va a querer sin importar lo que hagas o cómo te veas. La alegría, la bondad, la generosidad, la empatía y el sentido del humor son más efectivos para retener a las personas.

¡Y ya basta de dietas locas por cuestiones estéticas, chicas! Si van a cuidar el peso, que sea por cuestiones de salud, no por lo que impongan las industrias. Más bien concentrémonos en exigir tallas de ropa que cubran la diversidad de formas en las personas normales. A menos que a uno se le desbarajusten los triglicéridos en la sangre, ¡es la ropa la que debe ajustarse a uno, no al revés!

Por último: siempre va a haber personas más lindas, más bondadosas o más acaudaladas que uno. No está mal envidiarlas, o admirarlas, o desear tener la misma suerte (y conste que a menudo no tienen tanta suerte como uno cree; yo he envidiado a mucha gente de la que luego me enteré que estaba enferma, y entonces di las gracias por mi buena salud). Y no es mala idea tomar como modelos a las personas más bondadosas que uno, como Jane Goodall o Jared Leto. Pero que nada de eso nos arruine el amor propio, gente. Si uno consigue ser la mejor versión de uno mismo, por dentro y por fuera, entonces no hay razón para que no nos sintamos bellos por dentro y por fuera, y tendremos todo el derecho de gozar de una autoestima bien merecida.

Yo: Espejito espejito, ¿quién es la más bella del reino?
Espejo: Sigue siendo Charlize, pero no significa que no puedas amarte a ti misma.
Yo: OK, me gusta esa respuesta.

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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