El bailarín le robó un beso. Ella estaba determinada a odiarlo. Las circunstancias no cooperaron. (Haz clic en la imagen para bajarte el relato gratuito, en formatos EPUB y MOBI, junto con el fondo de pantalla.)

25 de diciembre de 2015

FELIZMENTE CONGELADOS

Me chincha la Navidad. Y ya he dejado bien claro que odio el calor. Encima, en el hemisferio sur me toca sufrir las dos cosas al mismo tiempo. REQUETEGRUNF.

En fin, este año decidí escaparme de todo. ¡Al estilo de la princesa Elsa, con poderes criogénicos y castillo de hielo! (Porque todo es posible en este blog.)

Como no hay montañas en Uruguay, mi Donaldito y yo buscamos la sierra más cercana y de inmediato la llené de nieve. Luego creé un hermoso castillo todo lleno de torres, balcones y escaleras (me gustan las escaleras, subirlas es un estupendo ejercicio aeróbico). Finalmente me puse un vestuario más apropiado para la ocasión. NO, NADA DE VESTIDOS LARGOS CON CAPAS QUE ARRASTRAN Y ZAPATOS DE TACÓN. En serio, ¡qué poco práctico! (y más para mí, que soy propensa a los días torpes; usar tacones en un piso de hielo parece una estupenda manera de sufrir graves resbalones y caídas). En lugar de eso escogí un lindo vestidito de patinadora y me puse unos patines igualmente bonitos :-) Ya sólo me faltaba la canción...

¡Libre soy, libre soy!
Quedó el verano atrás.
¡Libre soy, libre soy!
¡No más sudor verás!

(Es que también odio sudar, es desagradable.)

Entonces empezaron a pasar cosas todavía más raras. Mi dragón y yo estábamos muy contentos en nuestro nuevo entorno, él creando esculturas de nieve para luego derretirlas con su aliento a 200 grados, yo patinando y ejecutando triples de un lado a otro (es mi blog, puedo dar saltos triples si quiero). Y entonces apareció el primer pingüino. Un pingüino chiquito con cara de "hola, ¿me puedo quedar por aquí?" que se recostó en la nieve como si acabara de llegar de un largo viaje. A ese pingüino le siguieron otros aún más grandes, y de pronto tenía a mi alrededor como quinientos pingüinos juguetones al estilo de esa película con pingüinos de Jim Carrey. (¿Cómo que no la han visto? ¡¡Véanla de inmediato, es una historia ADORABLE!!)

Después llegaron los osos polares, todavía más cansados. Y hambrientos. Mi dragón les trajo vacas para que no se comieran a los pobres pingüinos (no es que las vacas nos den menos pena que los pingüinos, pero los pingüinos son especies en peligro).

La cosa empezó a cobrar sentido cuando arribaron los primeros yetis.

—Ya veo —dije yo—. Es por el calentamiento global, ¿verdad?

Los yetis asintieron.

—Y supongo que esos molestos turistas que van a esquiar y a escalar tampoco ayudan, ¿cierto?

Los yetis volvieron a asentir.

—Oh, de acuerdo, pueden quedarse —dije—. Pero no se coman a los pingüinos, ¿eh? Sí pueden jugar con los osos y mi dragón.

Los yetis largaron exclamaciones de felicidad y se fueron a retozar en la nieve. Mientras tanto, mandé a Donald a buscar fresas, chispas de chocolate, huevos, leche y azúcar para hacer helado, y de paso le ordené que trajera algo de pescado para los pingüinos.

A eso de las nueve de la noche aparecieron algunos gigantes de hielo de Jotunheim, pero eso ya era demasiado. Les dije que volvieran a su planeta y que hablaran con su líder o al menos con Loki. No voy a hacerme cargo de las consecuencias de los calentamientos globales interplanetarios.

Y así pasé la Nochebuena y la Navidad: lejos del frenético ambiente navideño-consumista en mi ciudad, poniendo música invernal de Nox Arcana y jugando a las carreras en el hielo con los pingüinos (algunos de ellos me ganaron; son rápidos deslizándose sobre la panza). ¡Y el frío ahuyentó a las cucarachas y los mosquitos! ¡Yupi!


Creo que me quedaré así hasta marzo :-)

G. E.

PD: Los elfos navideños del año pasado volvieron a mi ciudad, pero cuando supieron de mis poderes criogénicos, prefirieron quedarse en la costa y pasar sus vacaciones tomando el sol en la playa y haciendo esculturas de arena. Les recomendé que usaran mucho protector solar.

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