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25 de diciembre de 2014

NAVIDAD... CON VISITAS INESPERADAS

Este año decidí pasar la Nochebuena y la Navidad en mi casa, alejada por completo del ruido y del consumismo insensato. La verdad, lo estaba pasando bien, sentada junto al ventilador, trabajando en mis proyectos y bebiendo un tecito. No hacía mucho calor, además.

A eso de la medianoche, sin embargo, escuché que alguien golpeaba a mi puerta. Y el ruido provenía desde la mitad inferior de dicha puerta. Por la ventanita no se veía nada, así que puse la cadena, eché un vistazo por la rendija y... me topé con ESTO:


—¡Hola! —gritaron todas esas diminutas criaturas, y una de ellas añadió—: ¿Aquí es donde vive la chica esa que tiene un dragón y detesta la Navidad?

—Bueno, sí, soy yo, pero...

—¡Traemos bastones de caramelo!

—¡Adelante! —exclamé, y de pronto había como cien elfitos navideños pululando por mi casa, despatarrándose en cualquier lugar posible como trabajadores agotados que al fin pueden darse un respiro. Algunos fueron a examinar el refrigerador, y entonces me sentí como Bilbo en El hobbit (puestos en ello, no soy mucho más alta que un hobbit, aunque por suerte no tengo pies peludos, lo cual sería antiestético en esta época).

Chupeteando un bastoncito de caramelo, pregunté a los elfos qué los traía exactamente a mi casa. Me respondió el de los bigotes como Cantinflas:

—La Navidad. ESO es lo que nos ha traído hasta aquí. Todo el año trabajamos en ese taller, escuchando interminables villancicos mientras fabricamos juguetes, ¡y la verdad es que ya estamos hartos! Hicimos una protesta y Papá Noel nos dijo que podíamos venir aquí a descansar hasta febrero.

—¿Hasta... febrero? ¿De dónde sacó Papá Noel la peregrina idea de que mi casa es un hot...?

Entonces entendí: esto era una especie de venganza retorcida del viejo regordete, queriendo hacerme pagar por mi falta de espíritu navideño. Pero ¿saben qué? De pronto no me pareció mala cosa. Los elfos tenían pinta de simpáticos, y como a mi casa no vienen visitas interesantes, decidí que bien podría hospedarlos hasta la mencionada fecha. Además, también sería una forma de no pensar en mi difunto gato.

En fin, que decidimos hacer una cena de no-Nochebuena, con pasta espolvoreada con queso parmesano, limoncello, pepinos frescos, melocotones, chocolate y limonada. Pusimos música de rock, un poco de samba y alguna bandas sonoras (cualquier cosa que NO sonara navideña).

A la medianoche empezaron los fuegos artificiales. Sigo sin entender esa costumbre, pero bueno, algunos elfos salieron a mirarlos porque también son aficionados a las auroras boreales.

Y llegó la Navidad. Los elfos, mi dragón y yo nos quedamos hasta tarde charlando sobre cualquier cosa (las focas y los osos polares, los malos hábitos de Papá Noel, la serie Juego de tronos y así por el estilo), y finalmente acomodé a todos los elfos en la habitación para invitados. (Aquí entre nos, y después de oír roncar a los elfos, quizás lo de mandarlos a mi casa no es del todo una venganza sino una estratagema de Papá Noel para disfrutar de un par de meses de silencio. Puedo identificarme con su problema, en mi ciudad también hay un ruido espantoso.)

Por la mañana, la elfina esa que se parece a Reese Witherspoon había salido a volar en mi Donaldito (las demás elfinas se fueron a visitar la Ciudad Vieja). Los elfos varones se ordenaron en una fila para hacer lo mismo, y así han pasado la Navidad entera, planeando por un cielo despejado y veraniego. Algunos ya están diciendo que volar en dragón es mejor que volar en trineo (el cual tomaron "prestado" una vez y no devolvieron en las mejores condiciones...), y que tal vez vengan a mi casa el próximo año. Por mí está bien.

Aunque... la verdad, me preocupa el elfo con el pelo verde y las pupilas dilatadas. Todavía no decido si está drogado, poseído o si simplemente es excéntrico y comió demasiados alimentos azucarados en el taller de Papá Noel. Digo, no se le entiende lo que dice, corre por las paredes, se cuelga de las lámparas y cada tanto se detiene con la mirada en blanco murmurando cosas para sí con su inquietante vocecita. Dejaré a mano el teléfono de algún psiquiatra.

El elfo ancianito es adorable, sin embargo. Me hizo una muñeca y una réplica de mi gato, todo en madera :-)

Mañana llevaré a los elfos a la playa. ¡Y organizaremos un concurso de esculturas de arena! Luego grabaremos vídeos y le restregaremos su "venganza" a Papá Noel por todo YouTube >:-D

Ha sido una estupenda y muy élfica no-Navidad.

G. E.

2 comentarios:

  1. Qué entretenida has estado!
    Te deseo lo mejor para este año que llega y espero ese cuento de terror.
    Saludos para Donald ( A ver si venís en vuelo exprés para Almería alguna vez) ;)

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  2. Lo mismo digo, Luismi :-) Besos y gracias por el comentario. Lo del vuelo está en mis planes, pero no sé si alguna vez podré cumplirlo (ojalá, ojalá, ojalá).

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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