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16 de junio de 2013

FRACTALES "RORSCHACH" :-P

Parte de la gracia de los fractales abstractos es ver formas en ellos según el gusto de cada uno, como en la prueba Rorschach. A veces un fractal solamente me causa una impresión general, por la combinación de formas y colores, pero otras veces mi imaginación insiste en ver algo en concreto. Voy a poner una serie de esos fractales. Piensen en qué ven ahí y luego lean debajo lo que YO veo, a ver si coincidimos. ¿Listos? Aquí voy...


Aquí veo una ancianita encorvada, comiéndose un emparedado :-D ¿Por qué un emparedado? No sé, supongo que porque es algo que puede comerse mientras uno va caminando por ahí :-)


Aquí veo un bonito pájaro azul :-)


Bueno, quien no vea aquí una cara sonriente definitivamente necesita gafas, porque no veo de qué otra manera podría interpretarse esta imagen. Es un fractal muy feliz.


En este caso veo un pez, como esos peces coloridos de los arrecifes (la cabeza sobre la esquina superior derecha).


Éste es un fractal sumamente atípico. Me sugiere dos extrañas criaturas, una al lado de la otra y mirando hacia la derecha, con colas plumosas.


Aquí veo una cucaracha. Y como yo odio las cucarachas, veo una cucaracha MUERTA, que es el estado en el que pronto se encontrará cualquier cucaracha que entre a mi casa. (Puaj. Qué bichos más asquerosos.)


Esto es... ¡un feto alienígena! Una criatura que probablemente se volverá malvada y tratará de liderar una misión de conquista de nuestro planeta, antes que alguien (en general Will Smith) la derrote al cabo de una hora y media de película con muchos efectos visuales :-P


Aquí veo un erizo. Cuidado porque pincha :-)


Seré morbosa, pero aquí veo un pobre animalito aplastado en una carretera. Chato y simétrico.


Esto vendría a ser un galeón. Un galeón fantasma, además. Con una tripulación similar a la de la segunda peli de Piratas del Caribe.


Veo veo... un pavo real. Le falta algo de cola, pero plumas de colores tiene de sobra :-)


¡Tortuguitas de mar! Una mamá con sus hijitos, tal vez (aunque en realidad las tortugas no se ocupan de sus crías una vez que dejan los huevos en la playa).


Ya había sometido este fractal a opiniones en otra ocasión. Las respuestas fueron diversas. En mi caso, sigo viendo una enorme cabeza de insecto, de perfil. Puaj puaj puaj :-) Aunque me gusta la combinación de formas y colores, en realidad.


Y esto es... ¡un pavo! Pero no un pavo real, sino de los que se comen en el Día de Acción de Gracias. (Son deliciosos, por cierto.)


Por último, aquí veo... diablos, no sé que veo... Es... es... ¡una alucinación psicodélica causada por LSD! :-D (Es decir, SUPONGO que eso veo. Nunca he tomado LSD. En serio, que no.)

Siéntanse libres ahora de decirme, en la sección de comentarios, qué ven ustedes :-)

G. E.

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FRAGMENTO DE HISTORIAS DEL DESIERTO

El bicho tomó la delantera, subiendo los peldaños de dos en dos. Al llegar arriba, no obstante, se detuvo y giró sobre sí mismo con la boca y los ojos muy abiertos. De pronto se veía algo asustado, como si todo aquel espacio le resultara intimidante después de tantos años atrapado en una celda oscura. Dos lágrimas corrieron por su pelaje gris.

—Todo está bien, amiguito —dijo Caleto con voz suave—. Sí, eres libre. Disfrútalo.

El animal soltó un gritito y corrió a toda velocidad por la arena, alzándose a menudo sobre sus patas traseras para abarcar el aire con las delanteras.

—Ya sé por qué lo encerraron —opinó Urel—: está chiflado.

—No, no está chiflado. Está feliz.

Caleto pensó que el animal se marcharía, dado que sus vueltas eran cada vez más amplias, pero al cabo de un rato volvió junto a él y abrazó su pierna.

—Ya tienes un nuevo ocut —dijo Urel.

—¡No seas malo! Mira: me está dando las gracias a su manera. ¿No te alegra que lo hayamos soltado? Hombre, ¡tal vez esto compense todas nuestras fechorías! Dime si no somos buena gente por rescatar a un bicho desamparado.

—Mmm, no sé, quizás —respondió Urel, pero su hermano pudo ver que, aunque trataba de disimularlo, él también estaba conmovido.

El animal soltó la pierna de Caleto y contempló a ambos ladrones con expresión devota. Se había quedado quieto excepto por el rabo, que agitaba de un lado a otro con demasiada rapidez para distinguirlo.

—Creo que quiere venir con nosotros —dijo Caleto.

—¿Qué? No, no podemos ir por ahí arrastrando otra mascota. Ya nos fue bastante mal con la primera, y... y...

Urel no pudo continuar. La criatura había dado unos pasos hacia él para apoyar una patita en su pie descalzo. No había forma de ignorar tanta dulzura.

—¡Oh, qué genios, de acuerdo! —explotó Urel—. Que venga con nosotros, pero sólo porque es una pobre cosa patética con un collar de oro. ¡Y no se te ocurra ponerle un nombre!

Caleto sonrió, el bicho dio más saltos de alegría, y los tres se alejaron de las ruinas después de llamar a una nueva luz guía.

Quince minutos más tarde, el animal se llamaba Puffo.

2 comentarios:

  1. Una galaxia vista desde una nave espacial viajando a gran velocidad por ella.
    Un pájaro.
    Una tarta con caras sonrientes dibujadas.
    Un hombre tocando un acordeón subido en una moto.
    Un pavo real.
    Una geisha conduciendo un carro tirado por patos.
    Un feto.
    Un ácaro.
    Una alfombra.
    La sección de trompetas de una big band tocando.
    Una bailaora de flamenco.
    Tortugas.
    Un campamento de orugas.
    Abanicos.
    Flores de colores.

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    1. ¡Gracias! Me fascinaron esas interpretaciones. ¡Son muy positivas, además! Besos :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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