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22 de junio de 2013

CARTA ABIERTA DEL PLANETA TIERRA

Queridos humanos que viven en mí:


Les escribo esta carta porque he notado ciertos conflictos en nuestra breve relación de 200.000 años. Al principio íbamos bien: ustedes cazaban y recolectaban, luego empezaron con las prácticas de agricultura orgánica, y todos felices.

Desde hace unos 300 años, sin embargo, las cosas han empezado a deteriorarse, y pienso que ya es hora de ponernos serios al respecto por el bien de todos.

Entiendo que fuera necesaria la revolución industrial. Ustedes tienen una capacidad intelectual que amerita mejores condiciones de vida, para poder desarrollar todo su potencial. También era importante que mejoraran la atención médica, para disminuir la mortalidad infantil.

Peeeeeero...

De verdad, gente, ¿7.000 millones de habitantes y aumentando? No estaría mal si no fuera porque a) mi superficie terrestre sigue siendo limitada y b) hay otras especies en el planeta que también requieren espacio, y muchas de ellas se están extinguiendo. No sé si lo saben, además, pero ustedes ya están consumiendo recursos a mayor velocidad de la que los puedo reponer.

Nota: no estoy insinuando que se maten entre ustedes. ¡Las guerras son crueles y antiecológicas! Pero bueno... ejem... ¿qué tal revertir un poquito ese crecimiento demográfico, y al mismo tiempo buscar prácticas de vida sustentables? ¿Sí? (Y no es que me preocupe tanto por mi propio estado de salud. He sobrevivido a varias glaciaciones y al meteorito que extinguió a los dinosaurios. Aun así, no me hace gracia estar todo sucio y lleno de habitantes que no respetan mis ecosistemas.)

Recuerden que tengo muchas cosas bellas para ofrecer: praderas, bosques, selvas, montañas, incluso los desiertos; mares azules con delfines, fantásticos tiburones y ballenas de todas clases.


(Por cierto, queridos japoneses: dejen de comerse a las ballenas. Ya no quedan muchas y ustedes pueden comer otras cosas. Y para los chinos: esa práctica de cortar las aletas de los tiburones es espantosa. Abandónenla.)

Y sí, entiendo que el plástico es cómodo y todo eso, ¡pero ustedes ya han creado suficiente plástico como para envolverme en él 6 veces! Y el plástico no se degrada. Ya hay todo un continente de basura plástica en el océano... (De verdad, qué asco. Por no hablar de los basurales en los continentes. Y si encima exponen a los niños a esa basura tóxica... mal hecho, mal hecho. Deberían cuidar mejor de sus crías, como hacen las gatas o los pingüinos emperadores.)

En fin, es todo por ahora. Espero que reconsideren para que en el futuro podamos llevarnos un poquito mejor. Al fin y al cabo, ¡ustedes viven en mí, y hay que cuidar el lugar donde uno vive!

¡Abrazo de grupo!


Atentamente,

El planeta Tierra (por cortesía de Gissel Escudero)

4 comentarios:

  1. Ay Tierra perdónanos :( Somos una plaga

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    1. El planeta no quiere disculpas, el planeta quiere ¡que dejemos de contaminar! :-P Gracias por el comentario :-)

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  2. Respuestas
    1. El planeta agradece, aunque esto ya surge por puro sentido común... :-P ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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