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3 de junio de 2011

PREFIERO A LOS GATOS

Antes que nada, debo aclarar algo: me gustan los perros. Nunca he tenido uno pero sí he hecho amistad con unos cuantos, y en la clínica veterinaria donde trabajo los trato estupendamente para que el trauma de la visita les resulte lo más llevadero posible.

Listo. Ahora sí puedo comenzar con el tema de hoy: las razones por las que, a pesar de que me gustan los perros, prefiero a los gatos.

RAZÓN 1: SENSATEZ

A mí que no me digan lo contrario; los gatos son bastante más avispados y sensatos que los perros. Hay comportamientos perrunos que un gato JAMÁS imitaría, por ridículos, nocivos o simplemente agotadores. Un gato no persigue su propia cola, no ingiere cualquier porquería, no va corriendo detrás de los automóviles ni se hace el tonto a propósito. Vamos, hay documentales sobre perros que han comido cosas tan disparatadas como lencería, cajas de cartón, dinero y anzuelos. ¿Qué gato sería tan cabeza hueca como para poner su salud en peligro de esa manera? Encima, una vez vi a un dálmata salir corriendo para ladrarle a un autobús. No terminó muy bien que digamos. No debe de haber un solo caso en todo el mundo de un gato que se haya metido debajo de un autobús a propósito.

Perro: ¡¡Colacolacolacolacolacola!!

RAZÓN 2: AUTOESTIMA

Después de mucho observar a los perros y los gatos, he concluido que en realidad la mayoría de los perros no tienen autoestima. Debido a la mentalidad de jauría, un perro subordinado siempre va a ser lamentablemente servil, mientras que el gato, por más que uno lo mime y trate de darle órdenes, actuará según su propia conveniencia.

¡¡Te quiero, te quiero, te quiero!!
¿¿Quieres ser mi amigo?? ¡Porfis, porfis, porfis!

No me molestes, estoy descansando.
Iré contigo cuando acabe mi siesta.

(Nota: esa adorable perrita era de un vecino; el gato es el mío en su actitud más habitual.)

La falta de autoestima de los perros nos viene bien a los humanos, ya que harán casi cualquier cosa que les pidamos (desde capturar criminales hasta olfatear drogas). Pero vamos, el gato hace bien en no obedecernos. Se ahorra un montón de inconvenientes y gana en dignidad.

RAZÓN 3: ASTUCIA

Nadie discute que los perros sean inteligentes (bueno, salvo el dálmata que acabó bajo el autobús; ése debía de ser rematadamente estúpido). Los gatos, sin embargo, son inteligentes y ASTUTOS. Los perros fueron listos al pegarse a los seres humanos por comida y cariño, ¡pero los gatos fueron considerados DEIDADES en el antiguo Egipto! ¿Qué chucho ha llegado tan alto?

Incluso hoy en día, los gatos se las arreglan para persuadir a los propietarios de que los traten como reyes sin dar a cambio mucho más que su elegante presencia (y seguramente hasta consideran que somos unos privilegiados por complacerlos).

¡Te quiero! ¿Qué deseas que haga por ti?
¿Te traigo el periódico? ¿Las pantuflas? ¿Una cerveza?

Mírame fijamente, humano. Estás en mi poderrrr.
Ahora tráeme un plato de leche y algo de jamón serrano.

RAZÓN 4: SILENCIO

Una ventaja ENORME de los gatos es que sólo hacen ruido cuando es necesario, mientras que hay una enorme cantidad de perros que se ponen a ladrar sin motivo aparente, molestando a todo el vecindario. Los perros, por ejemplo, le ladran a cualquiera que pase junto a la reja de su casa. ¿Y cuál es el punto de eso? La reja ya protege la propiedad y encima les impide espantar a los transeúntes de su supuesto territorio (lo cual tampoco tendría sentido porque la calle es un lugar público). El gato, en cambio, se desparrama tranquilamente y contempla el mundo sin hacer un solo ruido, sabiendo que él está de su lado de la reja, los transeúntes del suyo, y todos contentos. Es cierto que los perros más inteligentes hacen ruido cuando un ladrón está invadiendo la casa, pero de igual manera pueden ladrarle a una polilla gigante y entonces es difícil para el dueño captar la verdadera amenaza. El gato, en cambio, es mucho más sensible: si algo va mal, se le erizarán los pelos del lomo y saldrá corriendo, señal inequívoca de que uno debe imitarlo o llamar a la policía. Es un mecanismo de alarma muy, muy exacto. Y sin producir un escándalo.

RAZÓN 5: AGILIDAD

Aquí los gatos ganan de lejos. El perro es capaz de saltar vallas en las competencias caninas, pero el gato es mucho más preciso en sus movimientos. Si uno mete a un perro grande en la casa, cualquier objeto que esté al alcance de su rabo terminará en el suelo. El gato, en cambio, puede atravesar una mesa llena de estatuillas de porcelana sin derribar ninguna de ellas (a menos que decidiera hacerlo a propósito). Algunos perros son tan torpes y brutos que acaban lastimándose; he atendido casos de perros que se rompieron algún diente, e incluso vi a uno que se hizo una herida de treinta centímetros con la punta afilada de un parachoques, por levantarse demasiado rápido de su siesta. Los gatos son MUCHO menos propensos a los días torpes.

RAZÓN 6: HIGIENE

De nuevo, los gatos ganan de lejos. El gato no huele feo en días húmedos, se lava concienzudamente con su lengua rasposa, es capaz de quitarse sus pulgas y garrapatas, y administra él solito sus horarios para hacer popó en la caja sanitaria. Desde luego, es mucho más conveniente que bañarlo y sacarlo a pasear para que orine, como hay que hacer con los perros. El gato se mantiene limpio y suavecito, y por lo tanto no hay problema en dejar que se siente sobre los pies de uno en invierno como una bolsa de agua caliente.

Encima, los perros tienen algunas manías asquerosas, como comer estiércol de caballo, nadar en agua sucia y revolcarse sobre sustancias apestosas.

Perro: ¡Pescado muerto! ¡Adoro oler a pescado muerto!
Gato: Qué asco. Aléjate de mí, bicho mugriento.

Por todo lo anterior, y porque un escritor que se respete debe tener un gato, me quedo con mi adorado felino :-)

G. E.

Artículo relacionado: LOS PERROS CONTESTAN.

14 comentarios:

  1. Yo tengo una y es así, cumple todas estas características. Por eso yo también prefiero a los gatos...

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  2. Gracias por el comentario, Wisquensin :-) En cuanto a los gatos, son bastante coherentes en su comportamiento. Y adorables. Y fascinantes. Y bellos. ¿He dicho ya que los adoro? :-D

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  3. Mi gato y yo estamos totalmente de acuerdo con este post. Mi gato (se llama Covent) opina que eres muy inteligente, encantadora y divertida. Y cuando me ha dicho que debía enlazar tu blog en el mío, le he respondido que no podía estar más de acuerdo con su sugerencia (los gatos no sugieren, ordenan, pero lo hacen con tanta clase y sutileza que no nos importa que se comporten como dioses; ya sabemos que lo son)

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  4. Tu gato y tú son muy sabios, amiga :-D Gracias por la visita. ¡Pásame el vínculo de tu blog y también lo pondré en el mío! (¿Se harán visitas entre ellos cuando no estemos mirando?)

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  5. Covent ya te sigue. A Covent le gustan los dragones de mama, y le gusta tu dragón Donald. Covent piensa que tus entradas son muy divertidas. Covent vendrá a leerte cuando mama esté trabajando, pues mama nunca apaga el ordenador.
    Covent te deja el enlace al blog de mama:

    http://dedragonesyunicornios.blogspot.com

    Covent te deja una de sus citas favoritas:
    "Los gatos fueron adorados como dioses en el pasado, y no lo han olvidado"

    Covent te manda un runrun cariñoso

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  6. Vale, ya he apuntado el enlace. Besotes cariñosos de mi parte y de Donald, Covent :-)

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  7. Respuestas
    1. ¡Gracias! Aunque algunos propietarios de perros se me echaron encima por esto... :-D

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  8. Disculpa, pero tienes que añadir un detalle: los egipcios adoraban a los gatos Y a los perros. Anubis el dios conocido por, según parecía en un principio, ser "cabeza de chacal". Resulta que no era un chacal, sino el lobo gris egipcio, que viene siendo un perro primigenio (canis lupus no sé qué, un cánido, vaya).

    Así que los chuchos en Egipto eran tan adorados como los gatos. Y hasta más: Anubis es más importante que Bast en el panteón.

    Y eso que yo soy de gato. Soy incapaz de querer a un perro como un perro necesita ser querido para no deprimirse. Creo que los humanos les hemos hechos grandes putadas a los perros, seleccionando a aquellos que de puro leales son tontos. Por eso odio a los creadores de gatos como el Ragdoll o el Ragamuffin. Un gato-perro cariñoso y casero es un tesoro. Un gato-perro seleccionado cuidadosamente durante décadas para ser un imbécil que se queda como un muñeco de trapo si el humano lo coge en brazos, y que no tiene miedo ni a perros ni a coches de modo que no sobrevive sin humanos es una aberración. Me parece fatal que el ser humano esté haciendo ahora a los gatos lo que antes le ha hecho a los perros. Hay que tener muy mala leche. Si te gustan los gatos, adopta un gato, pero comprar un Ragdoll (por bonitos que sean), me parece el equivalente a comprarse un esclavo clonado al que le han amputado la voluntad y hace lo que tú quieras. Es una injusticia como un castillo.

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    1. Antes que nada, gracias por la visita y el comentario :-) Sí, ya sé que en Egipto existía Anubis, pero los gatos estaban de todas maneras por encima de los perros en cuestiones de preferencias, a pesar de que los perros domésticos ya existían en esa época. O al menos eso tengo entendido. (De todas maneras, a menudo exagero ciertos datos en mi blog por cuestiones humorísticas.)

      Yo también estoy en contra de las razas artificiales, ya sea de gatos o de perros, empezando porque la mayoría de las veces estas prácticas terminan causando problemas de salud (ya sea por la endogamia o por generar rasgos recesivos inconvenientes). Quien no sepa respetar la idiosincracia de un animal... que se busque otra cosa. Como un tamagotchi.

      ¡Saludos!

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  9. Totalmente de acuerdo. Amo a todos los animales del mundo, adoro a los perros, son seres maravillosos y buenos, deseo el mejor trato para ellos por su amor incondicional. Pero los gatos son mi perdicion... me vuelven loca nada mas de verlos, los idolatro, los venero. Y particularmente a mi gata Lola la amo con toda mi alma, vivo para ella, es como mi Diosa... yo se, estoy un poco loca jaja. Saludos.

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    1. Muchas gracias por la visita y el comentario :-) Yo también soy loca por los gatos. Incluso tengo varios "amigos" por el barrio, que saludo cuando salgo a caminar. ¡Besos! (para ti y tu gata Lola).

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  10. Hola Gissel, he llegado a tu blog buscando cosas de gatos y me ha encantado cómo has explicado por qué prefieres a los gatos sobre los perros, porque yo pienso lo mismo. Los perros me encantan, son unos animales fantásticos, ayudo a los abandonados siempre que puedo y me gusta mucho jugar con los perros de mis amigos y familiares, pero a la hora de convivir la forma de ser que tienen no es compatible con la mía, que es mucho más gatuna, jajaja, y por eso no me veo teniendo un perro en mi casa pero sí más de un gato.

    Además, que los gatos son animales que siempre me han fascinado en todos los sentidos. Y son adorables :3

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    1. Mil gracias por la visita y el comentario :-) Y sí, algunos tenemos personalidades más compatibles con los gatos, aunque nos gusten también los perros. Y puestos en ello, ¡los gatos dominan YouTube!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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