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3 de junio de 2012

REGALOS QUE NI FU NI FA, OTROS QUE ¡UAU!

A menudo es difícil buscar el regalo apropiado para una persona, ya sea porque uno no la conoce demasiado bien, o porque no sabe lo que tiene/necesita, o porque sus gustos son demasiado caros, o porque no sabemos su talla de ropa, o porque nosotros andamos escasos de dinero, etc. etc.

He vivido lo suficiente como para tener una amplia experiencia en cuestiones de regalos, y ahora puedo determinar cuáles me han venido bien, cuáles han sido neutros y cuáles no me han gustado nada de nada.

Para empezar, y considerando que soy ecologista y anticonsumista, paso de cualquier chuchería barata que no sirva para nada y cuya fabricación haya generado contaminación. Una amiga de mi madre tenía la mala costumbre de hacerme este tipo de regalos, y al final le dije a mi madre que por favor no le recordara a esa mujer cuándo era mi cumpleaños, para que no me regalara nada más. Sí, apreciaba la intención, pero no tenía ganas de recibir otra chuchería que sólo serviría para a) juntar polvo, b) ocupar espacio o c) regalar a una tercera persona a quien probablemente tampoco le serviría para nada.

Ya mismito voy a establecer esta regla en cuestión de regalos: porfis, no me den nada que sólo sirva para juntar polvo y telarañas. Excepciones: esa hermosa y enorme figura de porcelana Lladró con dos cisnes en vuelo, o un cráneo de dinosaurio (para mi sala de estar).

También paso de todos los regalos que no generen una reacción emocional, aunque sean útiles. Me refiero a dinero, calcetines o sábanas (excepción: unas sábanas con dragones que vi en Pinterest y que me parecieron fenomenales). Es que las cosas sin valor emocional puedo comprarlas yo misma, gracias. Ah, y una nota para los padres: NUNCA manden a sus hijos al cumpleaños de algún amiguito con regalos de esta clase. Los hacen quedar horrible. (Lección aprendida de cuando mi madre me hacía regalar ¡¡bragas!! a mis amiguitas. Seriously?)

A estas alturas también paso de que me regalen libros, por tres razones: 1) soy muy selectiva con lo que leo, prefiero elegir yo misma mis lecturas, 2) los libros en papel entran en la categoría de objetos que juntan polvo y telarañas y 3) ya no quiero más libros en papel desde que tengo un Kindle. Últimamente no se está publicando nada que considere que valga la pena leer más de una vez, de modo que me he volcado a los libros electrónicos (que además pagan mejor a sus autores y no alimentan a las distribuidoras mafiosas).

También soy selectiva con la música, pero si alguien me regalara uno de los muchos CDs que tengo pendientes en mi Wish List de Amazon, eso sí lo apreciaría :-)

Otros regalos que he valorado (y utilizado) mucho: prendedores, llaveros y camisetas con diseños raros. ¿Por qué? Porque los puedo usar según mi estado de ánimo y no ocupan mucho espacio en los cajones. Saqué una foto de mis prendedores favoritos:


Bueno, el gato a la izquierda lo compré yo, en realidad, pero ojalá me lo hubiesen regalado. Está fenomenal :-D Los otros dos fueron regalos de amigas. ¿Por qué no hablo de joyas? No es que no me gusten, pero... en mi ciudad no las puedo usar. Demasiados atracos :-(

Otros regalos que aprovecharía: los pósters. Son intercambiables y fáciles de guardar, al igual que los prendedores. Éste es mi póster favorito (me vino de regalo con un libro):


Supongo que resulta bastante obvio por qué me gusta tanto :-D En fin, si alguien más quisiera regalarme un póster, que vaya a DeviantArt y busque por ahí. Hay muchas imágenes en este estilo, y de paso alimentaríamos a algún artista (a ellos nunca les sobra el dinero; en eso se parecen a los escritores).

Ya he dicho que los bolígrafos siempre me vienen bien. Libretas de notas no necesito porque, como ecologista y anticonsumista que soy, aprovecho cualquier papel con un lado en blanco que llegue a mi casa por debajo de la puerta :-P

Algunos otros regalos que me encantarían:

1) Un reloj de cuco negro del que saliera un cuervo gritando "¡nunca más!" al mejor estilo de Poe.

2) Que me invitaran a volar en ala delta o globo aerostático.

3) Que me invitaran a ver patinaje artístico, una carrera de Fórmula 1 o monster trucks, una pelea de robots, una muy buena película de horror (incluso en mi cumpleaños) o una película de superhéroes en la que al menos un hombre lindo y musculoso tuviera una escena sin camisa :-P

4) ¡Que me invitaran a un concierto de Epica!

5) Una guía pormenorizada de lepidópteros (= mariposas) o aves del Uruguay (así podría identificar a las aves de rapiña que veo en mis caminatas por la ciudad).

6) ¡Minions o pitufos!

7) Una planta carnívora que devorase ladrones de limones o a los vecinos molestos.

8) ¡Una mochila cohete! (En realidad quisiera el traje de Iron Man, pero eso ya sería demasiado.)

Y por último, en caso de duda, pueden optar por este regalo sencillo pero infalible: ¡¡¡CHOCOLATEEEEEEE!!!

¡El mejor regalo del mundo!

Espero que esto les sirva para inspirarse/orientarse la próxima vez que necesiten regalar algo a alguien (aunque no sea yo). Y ahora siéntanse libres de compartir, en los comentarios, cualquier experiencia buena/mala/rara en cuestiones de regalos :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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