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4 de mayo de 2012

POR UN BLOG MÁS ECOLÓGICO

Los que han seguido este blog por un tiempo ya saben que tengo una molesta conciencia ecológica :-) Por eso, cuando recibí cierto mensaje por correo electrónico vi la oportunidad de aliviar mi culpabilidad por el hecho de usar una computadora que gasta energía y consume recursos naturales :-P

"¿Y de qué va la cosa?", se preguntarán. Pues, ¡se trata de apadrinar un árbol para que chupe el dióxido de carbono que se libera indirectamente a la atmósfera por la existencia de este blog! (conste que el mío no es el único culpable, ¿eh?). Al poner ese botoncito en la columna de la izquierda y comunicar la dirección de este blog a proTierra, ¡ellos plantarán un árbol! ¿No es estupendo? Todavía no sé si podré bautizar a mi ahijado de madera, pero me encantaría llamarlo... Bárbol. O quizás Ermenegildo, ya que suena como una verdura (pobres los Ermenegildos de este mundo, por cierto; ¿en qué estaban pensando sus padres?).


Lo anterior no significa, desde luego, que pueda renunciar a mi conciencia ecológica o que vaya a abandonar mis esfuerzos por preservar el planeta. Seguiré reduciendo, reutilizando y reciclando, porque sería bonito que la Tierra nos sobreviviera a los humanos. Además, ustedes ya deben de saber que, al igual que la marciana Atatrix del Gran Hermano con monstruos, yo no estoy de acuerdo con la estúpida conquista de Marte, al menos hasta que aprendamos a cuidar responsablemente el planeta que ya tenemos.

Encima, continuaré manteniendo mi jardín como una jungla, aunque los vecinos me digan que parece descuidado. ME DA IGUAL LO QUE PIENSEN. Mi jardín no está descuidado, es una reserva ecológica donde conviven pájaros, mariquitas, lombrices, caracoles, plantas, limoneros (el naranjo no porque se murió, pobrecito), hormigas, arañas y otro montón de bichos pintorescos. Además, con los limones puedo hacer limoncello y las asclepiadáceas me permiten criar mariposas Monarca :-P

Si ustedes también quieren apadrinar un árbol, vayan a la página de proTierra y sigan los pasos indicados ahí. ¡Es GRATIS! (mis libros no, pero ¡son baratos!; compren alguno para entretenerse un rato y de paso alimentar a mi cerebro para que yo pueda seguir escribiendo).

¡Únanse a la campaña de reforestación! Y de paso evitaremos alguna catástrofe climática apocalíptica como las de las películas :-D

G. E.

EDITADO EL 11/11/2016 PARA AÑADIR:

La campaña ya terminó, pero eso no significa que no podamos plantar árboles nosotros mismos para reducir la contaminación. Pásenme algunas semillas, una pala y un terreno libre :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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