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4 de abril de 2012

YO, PITUFA

Hace un tiempo decidí imaginar que era una na'vi como en la película Avatar. Fue divertido :-) Sin embargo, me gusta tanto el color azul que decidí correr otra aventura: ¡la de ser un pitufo! O una pitufa, en mi caso. Puse a marchar mi cerebro, entonces, y ¡listo!, ya era una pitufa a mi propio estilo :-D


Trasladarme a la aldea de los pitufos sólo me tomó medio segundo más de esfuerzo imaginativo. De pronto estaba ahí, caminando entre casitas con forma de setas mientras los pitufos a mi alrededor me miraban estupefactos (seguro no esperaban ver a otra pitufa además de la Pitufina). Fue fácil acostumbrarme a ser tan pequeña, por cierto, ya que en la vida real tampoco soy muy alta que digamos :-P En fin, poco a poco los pitufos se acercaron para recibirme...

—¡Eh!, ¿quién pitufos eres tú? —me preguntó un pitufo (no pude adivinar cuál, ya que son casi todos iguales).

—Pues... digamos que soy la Pitufa Turista, y vengo a conocer vuestra aldea —respondí.

La explicación satisfizo a la mitad de los pitufos, pero los demás se pusieron a discutir al sospechar que podría haberme enviado el brujo Gargamel :-P Por suerte, el bullicio atrajo a Papá Pitufo, quien luego de un par de pruebas científicas y cuestionarios concluyó que yo era perfectamente inofensiva (menos mal que no me ha visto tratando de asesinar a Cupido con mi cachiporra, o podría haber decidido lo contrario).

En fin, una vez despejadas las sospechas, los pitufos se mostraron muy amables y me llevaron a recorrer la aldea y los campos de zarzaparrilla. Por supuesto, los pitufos insistieron en que "pitufara" las hojas de zarzaparrilla, y la verdad es que hice caso por cortesía, porque no tengo mucha vocación de vegetariana. El Pitufo Cocinero debió de notar mi expresión al masticar las hojas, porque me pasó a escondidas un pastelito de frambuesa (que estaba delicioso, por cierto, así que le pedí la receta; naturalmente, tendré que multiplicar las cantidades de los ingredientes).

Después de tropezarme con el Pitufo Perezoso, que estaba durmiendo la siesta en medio del camino (igual que mi gato, qué coincidencia), los pitufos me guiaron de vuelta a la aldea para una fiesta de bienvenida. Es que a los pitufos les encanta hacer fiestas, como sabemos todos los que hemos leído las historietas :-D Me pasaron las letras de varias canciones para que las aprendiera, pero la verdad es que no entendí ni la mitad de lo que decían, por eso de tanto "pitufeo". A ver, ¿qué cuernos puede significar "el pitufo de mi patio es violeta y pitufa toda la mañana"? ¿O "vamos a la pitufa que el pitufo ha crecido"? Eso ya era peor que descifrar los tuits de los adolescentes. Como sea, al menos el Pitufo Músico tocaba muy bien todos los instrumentos, y fue divertido bailar en sincronía con los pitufos.

¡¡Entonces apareció el gigante!! Quizás lo hubiera enviado Gargamel, o tal vez lo atrajeron la música y el olor a comida recién horneada. En todo caso, iba a ser una catástrofe que se aproximara más a la aldea, porque tenía pies muy grandes.

—¡Corred al pitufo! —gritaron los pitufos, y aquí no supe si se referían a un refugio, al bosque, o quizás a un depósito de armamento diseñado para estas ocasiones (ya, lo sé, los pitufos son más como hippies viviendo en un kibutz, pero las cosas podrían haber cambiado desde la época en que aparecieron las historietas).

Yo conservé la calma (el Pitufo Fortachón también, pero se mantuvo un paso detrás de mí). Esperé a que el gigante estuviera a tres metros de la aldea... y llamé a mi dragón. De pronto el gigante (que era bulboso, apestoso y peludo) se encontró con la cabeza en llamas, y salió corriendo en otra dirección.

Una vez que regresó la calma, los pitufos vitorearon. Papá Pitufo le entregó a mi dragón una "pitufa" (medalla) de honor y seguimos con la fiesta. No sé a qué hora terminamos de celebrar, pero ya había varios pitufos acompañando al Pitufo Perezoso en su serie interminable de siestas :-D (Bueno, algunos quizás estaban borrachos; Papá Pitufo tiene una destilería en su laboratorio, y ya antes los pitufos la habían vaciado por accidente.)

Mi dragón y yo regresamos a casa muy tarde de la aventura imaginaria. A mi Donaldito, por cierto, le gustó que los pitufos fueran tan azules como él :-)

En cuanto a mí, recomiendo la aldea de los pitufos para cualquiera que necesite unas largas vacaciones. Es que... ¡no usan dinero! Eso sí: quizás convenga editar una especie de diccionario Pitufeo-español / Español-pitufeo...

G. E.

4 comentarios:

  1. Qué pitufifantástica entrada. Intentaré hacer un pitufo de Fimo como me has propuesto? Donde te mando a la pájara Leia?
    Espero que en la próxima pitufi-aventura te topes con Gargamel y le des una lección bien pitufa.

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    1. ¡Gracias! Esperaré para ver a ese pitufo de Fimo. ¡Quiero fotos a granel! Guarda a la pájara Leia por ahora, porque en una de ésas caigo yo de visita por España :-D Además, podrías hacer una especie de museo con todos esos personajes. Mmm, ¿de verdad te gustaría otra aventura pitufa? Anotaré la propuesta, entonces, para no olvidarla. ¡Abrazos!

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  2. Siiii y con más acciòn!! Los muñequitos no son para guardarlos, son para otra cosa que aún no puedo decir, pero que creo que te gustará. A ver qué tal me salen los pitufiflauticos estos. Un beso!
    Si pasas por Almeria, aqui tienes casa, no lo dudes.

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    1. OK, a ver qué haces con todos los muñequitos, pues. Veré que se me ocurre sobre los pitufos, y gracias por la oferta de alojamiento. ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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