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19 de abril de 2012

MI FIESTA DE CUMPLEAÑOS

Voy a contarles un secreto que en realidad no es secreto para la gente que me conoce en persona: en realidad no me entusiasma demasiado celebrar mis propios cumpleaños. Hay varios motivos. En primer lugar, la fecha del nacimiento no es un logro personal. Es decir, yo no tuve nada que ver con mi propio nacimiento excepto que estuve presente :-P Entonces, cuando la gente me dice "¡felicidades!", casi que me dan ganas de responder: "¿Por qué, si yo no hice nada en esa fecha más que atravesar el canal de parto y berrear?" Lo curioso es que cuando anuncio un logro personal de alguna clase, es muy probable que no reciba ni la mitad de esas felicitaciones. ¡Eso me confunde! ¿Es más importante un calendario que un logro personal? (Estúpidos calendarios que opacan mis logros personales.)

En segundo lugar, tampoco me gusta celebrar que soy un año más vieja. Quizás podría haberme entusiasmado mi cumpleaños número 18, ya que legalmente entraba en la edad en la que podría comprar bebidas alcohólicas, conducir y votar. Sin embargo... bueno, la verdad es que no me atrevo a conducir en esta ciudad porque el tránsito es caótico (razón por la que no tengo auto), y francamente nuestros políticos dejan mucho que desear, de modo que nunca voto con entusiasmo. Queda entonces lo de comprar bebidas alcohólicas. Algo es algo. Puedo comprar alcohol para hacer limoncello, aunque tampoco soy una gran bebedora. Ni modo. A la segunda copa me baja la tensión arterial y me desplomo como un saco de arena :-P (es decir, salvo en Año Nuevo, a la hora de hacer la lista de metas y resoluciones, pero ahí ya entramos en el terreno de la ficción). ¿Y qué tiene de bueno cumplir 18 años y acceder a la edad en la que a uno lo juzgan como adulto por asesinar a alguien? Con las ganas que me dan a veces de cargarme a algunas personas... (Maldición. Tendré que ser más discreta y eliminar las evidencias para que no me atrapen.)

En tercer lugar... uf, muy poca gente le acierta con los regalos. No sé si es que las demás personas son poco observadoras o les falta imaginación, pero en general se excusan diciendo "uy, es que eres muy complicada y no sé qué regalarte". ¿EN SERIO? ¡Soy una escritora y una cerebrito! ¡Me conformo con un paquete de bolígrafos Bic, papel en blanco y/o algún libro! (Y vaya que los bolígrafos son baratos.) La única que realmente da en el clavo con los regalos es mi prima Paula. ¡Gracias, prima Paula! :-)

Pero bueno, cuando digo que en realidad paso de celebrar mis cumpleaños, todos me miran como si fuera un bicho raro. Y como la gente ya suele mirarme como a un bicho raro por otras razones (por ejemplo, me gustan las arañas y escribo historias de terror donde la gente muere de formas espantosas), realmente no me conviene dar más motivos para alimentar esos molestos prejuicios. Por lo tanto, ¡este año decidí hacer una fiesta a lo grande e invitar a un montón de criaturas mágicas y/o mitológicas! (Que alguien se atreva ahora a decir que soy un bicho raro. ¡Ja!)


A decir verdad, me divertí bastante. ¿Ven al duendecillo irlandés? Se llama Paddy O'Malley (por supuesto) y trajo un montón de whisky. (Sí, WHISKY. Diga lo que diga la Real Academia Española, me rehúso a escribir "güisqui". Se ve horrible. Esa palabra parece la representación gráfica del escupitajo de una llama.) Todas las criaturas invitadas se emborracharon de lo lindo, incluso los zombis que pedí prestados a algunos amigos que escriben sobre ellos. Claro que a los zombis tuvimos que mandarlos afuera a la hora de cortar el pastel, porque la peste que largaban no estimulaba demasiado el apetito.

En fin, después de comer la torta rompimos una piñata llena de chucherías. O más bien fue mi dragón Donald quien la rompió de un coletazo, luego de derribarnos a todos los demás. No nos enfadamos por esto último, claro, pues no fue culpa de Donald. Está muy grande y en ese momento tenía los ojos vendados.

Valió la pena hacer la fiesta, después de todo :-) ¡Y Paddy O'Malley ha prometido que me enseñará a destilar whisky!

Ah, y casi todos acertaron con los regalos. Ahora tengo bolígrafos suficientes para los próximos cinco años :-P ¡Yipii! (¿Vieron que no soy tan complicada?)

G. E.

PD: Ni piensen que diré cuántos años cumplí :-PPPP

2 comentarios:

  1. jajaja muy divertida esta entrada no la había leído. Mola un montón tu fiesta. A ver si me invitas este año que yo me disfrazo de monstruo del infierno.

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  2. ¡Gracias, Luismi! Estás invitado este año, por supuesto, y cuanto más raro te disfraces, mejor :-D

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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