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10 de abril de 2012

UNA ORQUESTA MONSTRUOSA

Una vez leí el comentario de un director de orquesta. Dijo algo así como que adoraba su empleo porque levantaba los brazos y empezaba la música. Considerando, además, que los directores de orquesta suelen tener una alta expectativa de vida, la verdad es que parece un trabajo estupendo. Estaba a punto de añadirlo a la lista de empleos que me gustaría tener, pero entonces lo pensé mejor y me dije: "¿Por qué no me pongo como directora de orquesta en mi blog, a ver qué tal?" Se lo mencioné a mi prima Paula y ella me sugirió llevar la cosa al siguiente nivel, o sea, ¡poniendo monstruos en lugar de músicos humanos! (Ella sabe que me gustan los monstruos.)

Así fue como decidí convertirme en directora de orquesta para este blog, con monstruos en lugar de músicos y sacudiendo mi gloriosa melena al ritmo de alguna sinfonía. (También me gustaría poder sacudir mis pechos en el carnaval de Rio de Janeiro, pero la verdad es que en cuestiones de busto no tengo mucho para sacudir.)

Conseguir los monstruos fue fácil. Conseguir los instrumentos, también. Combinar ambas cosas... ¡no tanto! Enseguida saltó a la vista que los instrumentos estaban diseñados para el Homo sapiens, y por ende no eran 100% compatibles con las capacidades aéreas, número de manos/tentáculos/pinzas de los monstruos o incluso con sus rangos de audición. Ni siquiera los instrumentos raros que pedí a Les Luthiers casaban a la perfección con buena parte de los monstruos, de modo que perdimos varias horas haciendo pruebas hasta que cada monstruo encontró el instrumento más apropiado para su monstruosa anatomía. Cierto monstruo llegó al extremo de comerse algunos dedos que le sobraban para tocar el oboe. Fue asqueroso y preocupante, pero el monstruo en cuestión me tranquilizó diciendo que ya le crecerían de nuevo, como a las salamandras (ahí pensé que no me vendría mal esa habilidad, considerando mi propensión a los días torpes).

Por supuesto, debido a mi probable ascendencia celta y a mi afición por las gaitas, incorporé varias de ellas a la orquesta. (En serio, adoro las gaitas. Sobre todo en las canciones de Nightwish. Nada como una buena pieza de metal sinfónico con toques de gaita para levantarme el ánimo y darme ganas de saltar por toda la casa.)

Una vez armada la orquesta, levanté los brazos... y todos empezaron a desafinar. Ah, bueno, tampoco esperaba que resultara tan sencillo, de lo contrario cualquiera podría dirigir una orquesta o ser parte de ella. Y yo ni siquiera tenía frente a mí a un grupo homogéneo de músicos humanos, sino algo como esto:


Por cierto, además de la variedad de formas y colores, descubrí que mis monstruos tenían una sexualidad igualmente diversa. Por ejemplo, el monstruo con la gaita no era hembra sino travesti, y el enorme monstruo de los platillos que parece macho era en realidad una hembra. Otros eran bisexuales, hermafroditas o incluso monstruos asexuados con un método de reproducción similar a las bacterias, o sea, la fisión. En fin, lo menciono por simple curiosidad, porque en este blog no se discrimina a nadie por su orientación sexual (tampoco por el color de piel, número de ojos, brazos, piernas, tentáculos, dientes o branquias). A quien no le guste mi política, que no me lea, porque discrimino a la gente según el nivel de cerrazón mental. Y me refiero a pegarles con una cachiporra cuando largan algún comentario especialmente obtuso.

¿En qué estaba? Ah, sí, en que trataba de obtener algo similar a la música por parte de mi orquesta monstruosa. No me estaba saliendo nada bien.

—¡Eh, tú, no te comas la tuba! —exclamé—. ¡Y tú, no te comas al monstruo que tienes al lado! ¡Es de mala educación! —Bajé de mi plataforma para rociar con agua a algunos monstruos marinos que se me estaban deshidratando—. ¡Que no te comas la tuba, demonios! ¡Y tú, la de los platillos, tienes que golpear los platillos uno contra el otro, no contra las cabezas ajenas! Monstruo del violonchelo, el arco va más arriba... ¡pero cuidado con los ojos ajen...! —Tarde. El arco del chelo picó un ojo, y entonces tuve que aplacar la riña subsiguiente en medio de fuertes rugidos y arañazos. Conseguí frenarla justo a tiempo para notar que el monstruo de la tuba aún trataba de comérsela—. ¡Para ya con eso, monstruo testarudo!, ¿sabes cuánto cuesta una tuba? —La verdad, sigo sin tener idea de cuánto cuesta una tuba, pero me pareció que eso lo frenaría. No lo hizo. El monstruo me gruñó, y parecía a punto de intentar comerme a mí hasta que descubrí que podía aplacarlo con peces, como a los delfines.

Mientras tanto, descubrimos la enorme cantidad de instrumentos que no son compatibles con la baba de monstruo, aunque dicha baba sí resultó estupenda para pulir los violines, violas, violonchelos y el piano de cola. Sugerí que más tarde la envasáramos para venderla. Podría servir como cera para autos, o incluso como crema cosmética.

Pero seguíamos sin obtener música. Tuve que regañar a un monstruo por hacer cosas muy pervertidas con su clarinete, y después cambié mi batuta por un palo de escoba, para golpear a los monstruos que desafinaban peor que los demás. Tampoco funcionó. Poco antes de que se me cansara el brazo, el monstruo del tambor me arrebató el palo de escoba, pero no para tocar el tambor, sino para hacer acrobacias con el palo mientras seguía saltando sobre el instrumento (la verdad, se le daba bastante bien, deberían contratarlo en el Cirque du Soleil).

Menos mal que era una orquesta de música clásica. Si hubiera sido un grupo de rock, las cosas podrían haberse puesto realmente feas. Claro que, en lugar de una orquesta sinfónica, lo que teníamos era una orquesta disfónica que aún sonaba como si estuviéramos torturando a un montón de gatos. En algún momento estuve segura de que si Beethoven hubiera dirigido la orquesta en mi lugar, sin estar sordo y con un rifle a mano, no habría quedado ningún monstruo en pie.

Pero no fue Beethoven quien acudió en mi auxilio. Sentí que alguien me golpeaba en el hombro, di media vuelta y vi... ¡a John Williams!

—Veo que está en un aprieto musical, señorita. ¿Le importaría si tomara su lugar un momentito? Tengo algo de experiencia con la música monstruosa...

No conseguí responder. Me había quedado sin palabras al ver a uno de mis ídolos musicales. Le pasé la batuta, sin embargo, y John Williams ocupó mi sitio frente a la orquesta.

A los veinte minutos, mis monstruos estaban tocando a la perfección los temas principales de Parque Jurásico y ET, más el tema de Yoda en Star Wars V. Yo no salía de mi estupefacción, pero antes de que pudiera preguntarle a John Williams cómo había conseguido semejante hazaña, caí en cuenta de que, a su manera, John Williams también es un monstruo :-D

Si alguna vez decido crear una orquesta con personajes animados, empezaré por llamar a John Powell. Ya veo que estas cosas hay que dejarlas a los profesionales :-P

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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