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10 de febrero de 2012

CULTO AL SOL

Hoy me voy a poner en onda pagana. O sea, las personas muy religiosas deberían abstenerse de leer esta entrada, a menos que se hayan desilusionado de sus respectivas religiones y busquen una alternativa más interesante :-)

Empezaré diciendo que soy una de esas personas que se han desilusionado de las religiones. Independientemente de lo que yo piense sobre la existencia de una "inteligencia superior", la mayoría de las religiones tienen ciertas cosas en común que no me gustan nada de nada: desprecio al que piensa distinto, menosprecio a las mujeres y cierto afán de enriquecimiento de sus líderes. Por no hablar de que a menudo intentan lavarles el cerebro a sus feligreses. Podría, si acaso, hacerme budista, pero no tengo vocación de vegetariana.

Por todo esto, y considerando que al parecer tenemos una región en nuestro cerebro que nos predispone a las creencias religiosas, he decidido crear un culto al Sol. Sí, como los incas, pero desde un punto de vista más científico y racional.

Para empezar, el Sol nos ilumina a TODOS, sin discriminar entre hombres, mujeres, niños, características raciales o discapacidades. Mantiene el planeta vivo mediante la fotosíntesis y el calor, nos permite sintetizar vitamina D para fortalecer el esqueleto, y nos hace ahorrar un montón en iluminación artificial :-P Por todo esto, el Sol ya me cae mucho mejor que casi todos los líderes religiosos a lo largo de la historia de la humanidad.

Otra ventaja: el Sol JAMÁS se enriquece a costa nuestra. No pide dinero ni construye iglesias o mezquitas tapizadas de oro mientras la gente se muere de hambre.

Encima, el Sol puede ser masculino por su nombre o femenino si lo consideramos una estrella (los hobbits consideran femenino al Sol, por cierto; cosas que sabemos los frikis). O sea, ¡el Sol es bisexual! Debido a eso, tampoco discrimina a las personas por su orientación sexual. Sin duda está a favor del matrimonio gay, o por lo menos no está en contra.

Por último, es fácil creer en el Sol porque lo podemos VER, a diferencia de las demás deidades que nunca se manifiestan ante el ser humano.

Una vez establecidas las ventajas del Sol como objeto de culto, el culto en sí sería más o menos de esta manera:

a) Para quienes ya tengan una religión, pueden seguir en ella. El Sol admite la pluralidad religiosa.

b) Se permiten todas las vestimentas, aunque, en lo personal, cada vez que vaya a adorar al Sol me vestiré de dorado, para que combine. El Sol no se enfadará si uno usa bloqueador solar, por entender que algunos tenemos la piel delicada.

c) La plegaria al sol sería más o menos así:

Oh, buen Sol que nos iluminas día a día
(salvo en los polos, donde te ocultas por varios meses;
pero no te lo echamos en cara, que es por el eje de la Tierra):
mantén vivas a nuestras plantitas,
recarga nuestros paneles solares,
permítenos broncearnos saludablemente
y no nos causes cáncer de piel.
Gracias por los colores del espectro visible,
las mañanas luminosas y los atardeceres dorados.
Gracias también por la fotosíntesis
y la atracción gravitacional
(puesto que, sin esta última,
nuestro planeta se iría volando a cualquier parte).
No te pido que chamusques a mis enemigos
ni que deslumbres a mis adversarios en una partida de tenis
(aunque no estaría mal si lo hicieras;
gracias por adelantado).
Eres lo máximo, incluso por encima del chocolate.
¡Besos! :-)

d) El Sol no requiere sacrificios de ninguna clase, pero... ya que estamos, quizás no sería mala idea sacrificar políticos tarúpidos en su altar. Como mínimo, no perjudicaría a nadie (bueno, salvo a los políticos tarúpidos, pero lo tendrían bien merecido).

Listo, ya están las pautas para el culto al Sol. ¡Me voy al jardín a adorarlo un poco antes del almuerzo!


G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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