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28 de mayo de 2011

DECIMOPRIMERA SEMANA DEL GHM

¡Falta menos para la gran final del Gran Hermano con monstruos! Poco a poco se empieza a sentir el peso de la competencia entre los monstruos participantes: se gruñen por los pasillos y posan frente a las cámaras para ganarse el afecto (y los votos) del público.

Tomando en cuenta los votos, esta semana hubo que expulsar a uno de los dos participantes empatados al fondo de la lista: Medusa y Rodolfo, el hombre-lobo mexicano (ambos con un voto). Como la semana pasada fue Drácula quien propuso una competencia de eliminación, le pedimos a Atatrix que sugiriera un nuevo reto, y nuestra querida extraterrestre no se hizo esperar. Desde Marte había traído un huevo, y luego de incubarlo en agua caliente del foso salió ¡¡un gigantesco monstruo marciano!! (que devoró a casi todos los peces del foso y un par de cocodrilos, pobrecitos).

Dejamos al monstruo suelto por el castillo para que Medusa y Rodolfo lo combatieran. Quien lo liquidara podría permanecer en la competencia, mientras que el otro tendría que marcharse.

¡Y allá fueron los dos participantes detrás del monstruo marciano! La gigantesca bestia con tentáculos, en un frenesí de rabia alienígena, comenzó a destrozar los tapices y los muebles del castillo (lo cual no le hizo mucha gracia al monstruo bajo la cama, quien estaba durmiendo una apacible siesta). Rodolfo y Medusa lo atacaron, el primero con dientes y garras y la segunda con sus flechas, ya que es una excelente arquera. El monstruo marciano contraatacó ferozmente, por supuesto, y de pronto los tres combatientes estaban enzarzados como si fuera una competencia de lucha libre.

¡¡GRRRRAAAAGRRRRBLBLBLBLBLBL!!

Al principio pareció que Medusa sería la ganadora, porque además de sus flechas tenía el veneno de las serpientes en su cabeza, pero Rodolfo, quien ya venía entusiasmado desde la invasión de los monstruos de películas de terror, destrozó a la bestia marciana a fuerza de dentelladas. Después se la comió. Y más tarde tuvimos que darle medicina para la indigestión, porque el monstruo alienígena era muy, muy grande incluso para su estómago. (Se ve que los hombres-lobo son como los perros domésticos: no saben moderar su apetito.) Atatrix sugirió entonces que Rodolfo fuera de visita a Marte alguna vez, ya que esos monstruos con tentáculos son una especie de plaga en su planeta.

Hicimos una breve fiesta de despedida para Medusa, y luego ella se fue volando en su hijo Pegaso.

Ahora quedan sólo cuatro participantes: Atatrix y Drácula, ambos empatados con cinco votos, el monstruo bajo la cama (con cuatro votos) y Rodolfo (con un voto). ¡La encuesta sigue abierta por si aún no han votado por su participante favorito!

G. E.

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2 comentarios:

  1. que hai de nuebo en tu bloc¿

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  2. Estoy trabajando en las siguientes entradas :-) Por cierto, ahora está habilitada la suscripción por e-mail (en la columna de la izquierda, arriba del todo). Así es más fácil estar al tanto de lo que pasa por aquí :-P ¡Saludos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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