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16 de mayo de 2011

DÉCIMA SEMANA DEL GHM

La décima semana del Gran Hermano con monstruos fue bastante tranquila: no hubo monstruos invasores, trampas mortales ni catástrofes de ninguna clase, por lo que la mayor preocupación fue decidir a quién le tocaría marcharse del castillo. En ese momento había tres participantes con un solo voto a favor: Bernarda, Rodolfo y Medusa. Se nos ocurrió entonces decidir la eliminación por medio de una competencia, y para ello nuestro querido conde Drácula tuvo una idea interesante: de alguna manera consiguió una pareja de duendes transilvanos, chico y chica, y el objetivo de la competencia sería encontrarlos; quien se quedara sin duende se iría del castillo.


Antes de eso, sin embargo, tuvimos que equiparar un poco las cosas, ya que Bernarda, por ser una científica mutante caracol, estaba en desventaja debido a su lentitud. La solución fue simple: de las mazmorras del castillo conseguimos unas cadenas con bolas, que atamos a las patas de Rodolfo y la cola de Medusa. Listo. Ya estaban todos igualados a la misma velocidad.

A través de las cámaras seguimos la búsqueda por parte de cada participante.

Como era de esperarse, Rodolfo contaba con una habilidad adicional: su olfato de hombre-lobo, por lo que fue el primero en encontrar un duende. Claro que antes tuvo que sortear algunos obstáculos: los fantasmas japoneses se dedicaron a distraerlo con sus cámaras fotográficas, sir Gandolfo lo seguía de cerca por si llegaba a decir la frase maldita, y algunas telarañas de Aracne que aún quedaban por ahí le dificultaron el tránsito por los pasillos. (Antes de que lo pregunten, es de mala suerte limpiar las telarañas en los castillos embrujados. Nos ahorra mucho dinero en empleadas domésticas, de paso.)

Después de eso, la competencia era entre Medusa y Bernarda. Debo decir que las dos se acercaron mucho a atrapar a la chica duende que aún seguía escondida, pero entonces ella se metió bajo una cama y encontró al monstruo, lo cual le provocó un susto tan grande que salió corriendo. Medusa y Bernarda la persiguieron hasta el foso del castillo. Ahí la pobre duende estuvo a punto de ser devorada por los cocodrilos, pero Medusa la rescató a tiempo mientras Bernarda cubría de baba a las feroces bestias. Medusa quiso repetir la búsqueda debido al inconveniente, pero Bernarda ya había aceptado la derrota y decidió ser ella quien se marchara del castillo; además, confesó que ya estaba extrañando a Bublob, su marido.

Nos despedimos de Bernarda, entonces, y Medusa posó para la foto con su chica duende trofeo:


(Creo que a la chica duende no le hizo mucha gracia todo este asunto. Al parecer sólo se ofreció para el juego porque su novio duende pensó que sería divertido, pero seguro que no había tomado en cuenta al monstruo bajo la cama ni a los cocodrilos hambrientos.)

Ahora sólo quedan cinco participantes en el GHM: Atatrix y Drácula, con cuatro votos cada uno; el monstruo de la cama, con dos votos cada uno, y Rodolfo y Medusa con un voto cada uno. Si ustedes no han votado aún, ¡están a tiempo de influir sobre el resultado del concurso!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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