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5 de noviembre de 2010

EL HUEVO MISTERIOSO

En la madrugada del 1 de noviembre, cuando volví de mi alocada fiesta de Noche de Brujas, encontré que alguien había dejado un enorme huevo en mi puerta.


"¡Qué bien!", pensé. "¡Un huevo de Pascua!" Luego me di cuenta de que todavía falta mucho para la Pascua, y me llevé una desilusión. ¡Me encantan los huevos de chocolate!

Este huevo no parecía de chocolate, porque estaba tibio, se movía un poco y, al pegar la oreja a la cáscara, pude escuchar unos ruiditos. ¡El huevo estaba vivo! Es decir, su contenido. El único huevo vivo que conozco es Humpty Dumpty, un irritante personaje literario.

Miré a ambos lados de la calle. El propietario del huevo no estaba por ninguna parte, así que tomé la caja y la entré a mi casa. Entonces se me ocurrió que, puesto que lo había rescatado de la intemperie, ahora tenía el deber de incubar el huevo. Como chica aplicada que soy, puse trasero a la obra de inmediato.


Mi madre pasó junto a mí y dijo:

—¡Qué lindo, hijita! ¡Pareces El pensador de Rodin! Eh... no estarás ensayando para posar desnuda en una clase de arte, ¿verdad?

—No, madre, tranquila —respondí—. Sólo estoy incubando un huevo gigante que alguien dejó en la puerta.

—Ah, bueno, menos mal —dijo mi madre, y siguió su camino como si el hecho de que yo estuviera incubando un huevo gigante no tuviera nada de raro. Es que mi madre es un poco excéntrica.

Después de largas horas de sacrificada tarea incubatoria... de acuerdo, lo admito, fueron veinte aburridos minutos en los que descubrí que no tengo vocación de mamá pájaro. Como sea, después de esos veinte aburridos minutos resolví delegar la tarea a un ser más compatible con largos períodos de sedentarismo. O sea, mi gato.


Al principio se mostró algo desconfiado, pero mi gato tiene la increíble capacidad de dormir la siesta en todos los lugares y posiciones imaginables (dormiría sobre mi cara si yo se lo permitiera), de modo que a los pocos minutos se hizo una bola sobre el huevo y empezó a dormir.

Listo. Ya tenía quien se encargara de incubar el misterioso huevo.

Ayer por la tarde, el huevo dio señales de actividad. Dentro del mismo se escuchó un sonido como de pedorreo, y entonces...


Esta historia continuará...

G. E.

PD: Apuesto a que las palabras "posar desnuda" atraerán a unos cuantos babosos a través de Google. Pero no se ilusionen porque éste NO ES ESA CLASE DE BLOG. Sorry! Si alguien va a aparecer sin ropas, será un hombre, y para mi propia satisfacción. ¡Viva la revolución feminista!

2 comentarios:

  1. Éste misterioso huevito se las trae! En casita tengo a mi inseparable Princesa Gatuna "Kimba", no creo que pueda darle la posta de incubar el huevito, acaba de ser madre y está atareadísima con la lactancia, aún son un chiquitines, ni siguiera abren los ojos.
    Bello y divertido. Dibujas muy bien... volveré prontito.
    Besitos.
    Cambio y fuera!!!

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    Respuestas
    1. ¡Felicita a tu gata de mi parte! :-) A mi gato lo pude poner sobre el huevo porque es soltero y además está castrado hace rato. O sea, no tiene obligaciones paternales ni planes de tenerlas :-D Si quieres leer el resto de la historia, pincha en la etiqueta "mi dragón".

      ¡Gracias por comentar y por el cumplido sobre mis dibujos! Besotes :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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