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24 de octubre de 2010

EL CONEJO MATACUERVOS

Tuve mi primer videojuego a los 9 años. Por ese entonces las computadoras personales aún eran un lujo (y me refiero a algo así como un Porsche para los tiempos actuales), de modo que ese primer videojuego fue bastante modesto: una de esas maquinitas electrónicas con pantalla LCD y unos pocos botones destinados a realizar movimientos repetitivos a velocidades cada vez más altas. Hete aquí un esquema de la pantalla:


(La pantalla LCD, por supuesto, era gris, pero decidí pintarla con colores bien majos para que quedara mejor.)

El protagonista era un conejo granjero (A), y su finalidad era proteger un cultivo de maíz (B) del ataque de unos cuervos ladrones (C). Para eso, como pueden ver, el conejo contaba con la eficaz herramienta de... un palo. Pero claro, supongo que no se podía esperar que un conejo tuviera algo más avanzado, como una escopeta o un lanzacohetes. Los conejos, con la notable excepción de Bugs Bunny, no son muy inteligentes, aunque éste era lo bastante listo como para usar un mono de trabajo y plantar su propio maíz. Ah, y también era capaz de atacar a unos cuervos, aun cuando en la naturaleza la relación alimenticia conejos-cuervos probablemente sea al revés. Sería, pues, un Einstein entre los conejos, excepto por el dichoso palo. De acuerdo, perdonémosle el palo. (Sigo pensando que un lanzacohetes habría sido más efectivo, además de genial.)

En fin. El juego tenía cinco niveles de velocidad con tres etapas cada uno. En la primera etapa de cada nivel, el conejo espantaba a tres cuervos diferentes (de izquierda a derecha). En la segunda etapa aparecía un cuervo adicional en el extremo derecho de la pantalla, y en la tercera etapa aparecía el hijito del conejo (D). Supongo que el conejo era padre soltero y por eso el hijito tenía una especie de trastorno suicida debido al abandono materno, puesto que salía de la casita y en tres saltos se arrojaba al lago. También cabe la posibilidad de que simplemente fuera un conejito malcriado deseoso de llamar la atención. Como sea, papá conejo tenía que ir al rescate y empujar al conejito de vuelta a su casita (no una madriguera, sino una casita; como dije arriba, el señor conejo era más listo que el promedio de su especie).

No recomiendo este tipo de jueguitos a los obsesivo-compulsivos (= gente como yo). Al principio el videojuego me resultó entretenido, pero luego me entró como una especie de compulsión por jugarlo, ya fuera por el subidón de adrenalina y/o las ganas de superar cada nivel de velocidad (en el quinto nivel, los cuervos llovían sobre el cultivo de maíz y mis dedos echaban humo). Encima, el jueguito se me grabó en la cabeza como esas canciones machaconas que no puedes dejar de cantar, ¡tanto así que hasta soñaba con él!


En mi sueño, sin embargo, no estaba jugando con la maquinita, sino que yo misma era parte del juego, y no me iba demasiado bien...


Decidí dejar de lado la maquinita para preservar mi cordura.

Peeero... como dije arriba, soy obsesivo-compulsiva (no tanto como Monk, pero sí a niveles irritantes), de modo que, años después, decidí derrotar a la maquinita y superar la tercera etapa del quinto nivel.

¿Que si lo conseguí? ¡Claro que lo conseguí! (Ahora sólo me falta ese ¡¡#&@#%@*#&%#@!! cubo de Rubik; es sólo una cuestión de tiempo, lo juro...) Superé la tercera etapa del último nivel, aunque el botoncito que accionaba el palo ya estaba fallando de tanto apretarlo. ¿Y qué pasó entonces? Pues nada, el juego volvió al cuarto nivel para que yo pudiera seguir jugando ad infinitum. A esas alturas ya era como tocar de memoria una pieza en el piano, y mis dedos superentrenados se movían con tanta rapidez que ni yo los veía (me extraña que no se me hayan desprendido de las manos, volando en todas direcciones como cohetes de Año Nuevo). Seguí jugando y jugando. El corazón me latía tan fuerte en el pecho que podía escucharlo, y estaba a punto de colapsar.

Al llegar a la puntuación máxima permitida por la máquina, algo así como 9999990, paré de jugar. Y ésa fue la última vez que encendí la dichosa maquinita, por mi propio bien. La guardé en un cajón y me olvidé de que existía.

Peeero... bueno, tarde o temprano volvemos a encontrar las cosas que habíamos guardado por ahí, y ésta no fue la excepción. Sin embargo, no iba a caer de nuevo en la misma obsesión, así que, en lugar de encender la maquinita, decidí vengarme de ella por tantas horas de tortura retirarla del servicio de una manera digna y honorable.


Es que no soy nada rencorosa... :-D

G. E.

2 comentarios:

  1. Hahahhaaaaaaaaaa!Una entrada genial. Me he reído una barbaridad. No de tí, sino de las situaciones y de cómo las cuentas. Vencerás al Rubik, ya verás. Esos comentarios tachados entre paréntesis son la caña jejje. Obsesivo compulsivo me volví con SuperMarioLand de Game Boy.

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    1. Me alegra haberte divertido :-) Interesantes tus obsesiones videojuéguicas. Actualmente yo estoy con los Angry Birds (ya escribiré algo sobre eso). Y no, no he podido con el maldito cubo Rubik. Tal vez deba pegarle con el martillo también... (grrrrr...).

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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