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18 de octubre de 2010

CRÓNICAS ENSOPADAS

Es una verdad universalmente reconocida que cuando una cosa se descompone en la casa, otras cosas se ponen de acuerdo para descomponerse al mismo tiempo (creo que Murphy también dijo algo al respecto). En mi casa, la racha de desperfectos comenzó con la heladera. Luego se descompuso el reproductor de DVDs. Más tarde mi reloj de pulsera se quedó sin pila, pero en realidad el problema no era la pila, y tuve que desembolsar una buena cantidad de $$$ por la limpieza de los circuitos (aunque me quedé con la duda de si no sería la pila lo que estaba fallando y los de la relojería me tomaron el pelo).

Por último (espero que sea lo último, aunque la aspiradora está actuando de forma rara últimamente), nos quedamos sin presión de agua.

Detesto que no haya presión de agua. No es tan malo como quedarse sin agua por completo (situación exasperante por su primitivismo), pero ¿quién puede disfrutar de una ducha caliente con un chorrito miserable? Desde luego, yo no.


Con mi superabundante cabellera, imagínense el tiempo que me tomaba enjuagarme los restos de champú. Encima, la falta de presión también fastidiaba el funcionamiento del lavarropas. ¡Menudo suplicio de corte tercermundista! Ya empezábamos a sentirnos como si viviéramos en medio de la selva. ¿Tendríamos que comenzar a bañarnos y a lavar nuestra ropa en un arroyo? ¡¡NOOOOO!!

Llamamos a los de OSE (Obras Sanitarias del Estado). Destaparon la tubería y se fueron. La presión del agua mejoró... los primeros cinco minutos. ¡Grrr! Volvimos a llamar a los de OSE, y descubrieron que una colilla de agua se había doblado, impidiendo que pasara el agua. Una vez enderezada la colilla, la presión aumentó un poco, pero al parecer aún había un problema en la tubería principal, así que los de OSE se comprometieron a arreglarla. Casi me desmayo cuando me dijeron que tardarían ¡¡una semana!! 8-O

Por suerte no demoraron una semana, sino que, ¡oh milagro!, vinieron al día siguiente (créanme, es un hecho inusitado en este país). ¡Y hasta trajeron una excavadora para levantar la acera! De pronto me sentí muy importante. No todos los días viene alguien a arreglarme algo con una excavadora; además, tengo una especie de fetichismo con las excavadoras: ¡desde chica he deseado manejar una! (me pregunto qué explicación retorcida le daría Freud a eso).

¡Y por fin volvió la presión del agua! ¡Habemus aqua! Imagínenme saltando por toda la casa, cantando de felicidad. Parecerá exagerado, pero traten de estar sin agua corriente y díganme si no es espantoso. No tan espantoso como otras cosas verdaderamente horribles (por ejemplo, caer en manos de revolucionarios portadores de guillotinas o estar parasitado por un gusano extraterrestre con poderes de control mental), pero sí es algo que sólo les deseo a mis peores enemigos, empezando por la vieja miserable de al lado.

Claro que habría sido mucho pedir que el problema se resolviera tan fácilmente. ¿Recuerdan la colilla doblada? Había quedado algo estropeada, y al mejorar la presión del agua, el plástico se agujereó.

¡¡¡#&@%GRRR@*#LAPU**QUELOP****%#@!!!

Perdón. Se me escapó. Como venía diciendo, la colilla empezó a perder agua, así que tuve que reemplazarla. Y a pesar de que no estaba en un día torpe, no me libré de una buena salpicada en la cara.


Estúpida colilla traicionera. Me vengué de ella dándole de golpes con mi llave inglesa y luego la tiré a la basura. ¡¡¡JAJAJAJAJA!!

Y entonces... entonces... ¡¡¡¡POR FIN pude darme una ducha decente!!!!


G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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