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6 de octubre de 2010

EL CASO DE LAS MOSCAS NECRÓVORAS

Éste fue uno de los misterios más apasionantes repugnantes que he tenido que resolver durante el curso de mi (ficticia) carrera detectivesca.

Todo empezó con una mosca. Una de esas moscas de color azul metálico, enormes engendros peludos, zumbantes, asquerosos y portadores de microbios. Saben a cuáles me refiero, ¿verdad?


Apareció en el baño, zumba que te zumba. Así como a los bichos en la bañera, detesto que haya moscas volando en mi baño. Y también en cualquier otra parte de la casa. No son tan malas como algunos de mis parientes, pero por ahí le andan, así que fui a buscar el matamoscas (lástima que no haya un equivalente del matamoscas para los parientes).

Después de una larga y agotadora ágil y breve persecución en la que demostré mis habilidades acrobáticas, ¡paf!, la mosca cayó aplastada con sus tripas afuera (puaj).

Pensé que ahí se había terminado el asunto... pero entonces apareció otra mosca. Y otra más. También las pasé violentamente a mejor vida... ¡y luego fueron sustituidas por otras! ¡Cada vez eran más! ¡LAS MOSCAS ESTABAN INVADIENDO MI CASA! ¡¡AAAAHHHH!!

Era obvio a estas alturas que había como una especie de misterio a lo CSI detrás de la invasión díptera, así que me puse a investigar.


Apelando a mi extenso conocimiento entomológico (= base de datos irrelevantes sobre bichos) que adquirí por la fuerza en la Facultad de Veterinaria (así como unos nombres de parásitos tan pintorescos y difíciles de pronunciar como Macracanthorhynchus hirudinaceus), tomé con unas pinzas un cadáver de mosca y llegué a la conclusión de que se trataba de una mosca cadavérica. No, no es una redundancia: era una mosca devoradora de cadáveres. Es que las moscas no tienen un paladar precisamente refinado: algunas comen excremento, otras basura, y otras carne en estado de descomposición. Si es verdad que somos lo que comemos, ahora se entiende por qué las moscas son tan desagradables. (Nota mental: evitar el excremento, la basura y la carne en descomposición como parte de mi dieta.)

En fin, la identificación de la mosca me llevó a una segunda conclusión: ¡tenía que haber un cadáver en las proximidades!

—¿Has asesinado a alguien últimamente? ¿A nuestro vecino loco, tal vez? —le pregunté a mi madre.

—¿De qué estás hablando? —replicó ella.

—Vamos, madre, confiesa: ¿dónde escondiste el cuerpo? No me molesta que lo hayas asesinado, pero el cadáver está atrayendo moscas. Por lo menos podrías haberlo tirado lejos de aquí.

—Tiene que ser otro cadáver. Todavía estoy buscando la manera de matar a ese viejo chiflado sin que me descubran.

(Aquí mi madre soltó una risa maquiavélica mientras pasaba las páginas de su nuevo libro: Cómo asesinar a los vecinos molestos. Luego se detuvo para afilar un cuchillo de carnicero.)

Bien, era obvio que por ahí no iba la cosa, de modo que seguí el rastro de las moscas. De pronto recordé que en el baño hay un agujero que da a la azotea. Fui entonces a buscar la escalera y subí al techo.

¡Eureka! Ahí estaba el cadáver: una paloma semiputrefacta.


Una minuciosa necropsia me permitió determinar que la paloma había muerto de algún acontecimiento letal en algún momento del presente siglo (desafío a cualquiera a demostrar lo contrario). Y como ya no podía hacer nada por la pobre paloma, la metí en una bolsa y la tiré a la basura. Después puse una rejilla en el agujero y maté al resto de las moscas que pululaban por mi casa. Así terminó la invasión de las moscas necróvoras.

Caso cerrado. Gil Grissom estaría orgulloso de mí :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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