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30 de abril de 2017

COSAS QUE HARÍA SI FUERA VAMPIRO

Seamos realistas: ser un humano mortal tiene tropecientas desventajas. Uno tiene que comer para mantener el cuerpo funcionando, se sufren enfermedades de todo tipo (como mínimo esos molestos resfriados), y por último llegan la decrepitud de la vejez y la muerte.

Es por todo eso que he pensado, muy, muy seriamente, ¡que me encantaría ser vampira!

Obviamente, no una vampira ñoña y resplandeciente al estilo Crepúsculo. Tampoco una vampira horrorosa y apestosa al estilo Nosferatu o Drácula. Y la verdad es que Blade no me cae demasiado bien, así que... ¡eligiría a Lestat como modelo vampiresco! (si no saben de quién estoy hablando, ¡vayan a leer ya mismito los primeros cuatro libros de las crónicas vampirescas de Anne Rice, o como mínimo miren la película Entrevista con el vampiro!).

No me molestaría para nada renunciar a la luz del sol. Mi piel es muy sensible a la radiación UV, y a mis ojitos tampoco les sientan bien los días muy brillantes. Encima, paso de ir a la playa, y siendo escritora, la noche es mi parte favorita del día porque es cuando me vienen las mejores ideas. Ventaja adicional: ¡ya no tendría que preocuparme por la dichosa vitamina D!

Mis problemas de insomnio se resolverían en un pis pas, y la verdad es que me resultaría muy elegante y cómodo dormir en un ataúd :-D ¡Y no tendría que hacer la cama al levantarme!

Más cosas por las que ya no tendría que preocuparme: las enfermedades, eso de procurar una dieta balanceada (me bastaría con la sangre), cocinar, mear y vaciar las tripas, ¡y la estúpida menstruación! (chupar sangre está bien; perder sangre por la vagina todos los meses es un puto engorro).

A diferencia de Lestat, no crearía una niña vampira sino un gato vampiro, para que nunca se me muriera. Por no hablar de que ¡tendría un gato vampiro! ¡UN GATO VAMPIRO! En serio, ¿NO LES PARECE FABULOSA LA IDEA DE TENER UN GATO VAMPIRO? (Eso sí, me aseguraría de que mi gato vampiro no creara ratas vampiro por accidente. Eso podría generar una plaga de proporciones épicas.)

Siendo vampira, iría a las funciones nocturnas del cine y el teatro, y no me preocuparía por los atracos al volver a casa después de la medianoche.

"¿Y qué hay de las fuentes de alimentación?", se preguntarán. Fácil: al igual que Lestat, ayudaría a la humanidad chupeteándome a todos los políticos corruptos, narcotraficantes, terroristas, delincuentes y cazadores furtivos que pudiera pillar a lo largo y ancho del mundo. Sería una especie de superheroína vampiro similar al Motociclista Fantasma o al Castigador (como Batman no, porque no creo en esa chorrada de no liquidar a la gente que sin duda merece ser liquidada).

Ven, minino. Vamos a exanguinar a esos malditos de Boko Haram. Y luego iremos a por Nicolás Maduro. ¡Muajajajaja!

De paso, robaría el dinero de los políticos corruptos y los narcotraficantes, en parte para hacerme rica y en parte para donarlo a todas las organizaciones de beneficencia. Y mientras estuviera persiguiendo a los cazadores furtivos, aprovecharía para filmar documentales sobre la vida salvaje (nunca están de más).

Pienso que tampoco sería mala idea convertir en vampiros a todos aquellos que no deberían morir jamás, como los científicos bondadosos o los grandes artistas (si me lo permitieran, claro). A Jane Goodall no porque es muy buena pero vegetariana, por lo que seguramente no le apetecería chupar sangre. A Johnny Depp, John Stamos y Keanu Reeves tampoco los pondría en mi lista porque es muy posible que YA sean vampiros, dado que no parecen envejecer :-D

A los vampiros como Lestat les crece el cabello a las pocas horas de habérselo cortado, de modo que cada tanto donaría el mío a las enfermas de cáncer. También podría cortarlo para cualquier otro uso que se le ocurriera a la gente; crear alfombras y tapices, por ejemplo.

Como no envejecería, podría presenciar todos los adelantos del futuro... o asistir al estrepitoso fracaso de la humanidad (con posible extinción debida a las cucarratas). También podría leer todos los libros que quisiera sin preocuparme por la falta de tiempo. También continuaría perfeccionando mis habilidades para la escritura y el dibujo, y supongo que, después de doscientos años de práctica o algo así, me convertiría por fin en una artista megafabulosa.

Con todo ese tiempo por delante, viajaría a cualquier lugar del mundo, incluso los insalubres y peligrosos. Me colaría a los museos después de la hora de cierre, y pasaría otras noches en la cima de los edificios, como si fuera una gárgola de la catedral de Notre Dame o Batichica. Usaría una capa negra por fuera y roja por dentro para que se agitara en el viento, simplemente porque luciría genial :-D

¡Oh, y también sería la sensación en las fiestas de Halloween, con mis elegantes ropas vampirescas, mis tremendos colmillos y mi mortal palidez! Uh, esperen, en realidad ya soy bastante pálida. Como puse arriba, no me sienta bien asolearme :-D

¿Verdad que son puras ventajas? No se me ocurre ninguna desvent... Uh. ¡Diablos, ME HABÍA OLVIDADO DEL CHOCOLATE! ¡Siendo vampira, tendría que prescindir de él por toda la eternidad!

Creo que mejor me quedo como estoy :-P

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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