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11 de noviembre de 2016

EL SEXTO CUMPLEAÑOS DE MI DRAGÓN

Esto de celebrar los cumpleaños de mi dragón se ha vuelto más complicado que celebrar los cumpleaños de mi mamá, sobre todo porque a mi mamá en realidad NO le gusta celebrar sus cumpleaños, mientras que a mi Donaldito le gusta celebrar todo a lo grande. Quizás tenga algo que ver con el tamaño :-P (mejor no me meto con la cuestión de la edad, dado que en general es un tema espinoso para las mujeres).

En fin, como este año tuve que meter en la ecuación a mi unicornio Cuernito (y ya tengo la impresión de que a él también le gustan las fiestotas), decidí preguntarle en caso de que tuviera una idea para el cumpleaños de Donald. Y necesitábamos una buena, la verdad, porque mi dragón quedó algo deprimido de tener el nombre en común con ese chiflado que pronto gobernará a los gringos.

Casi al instante mi unicornio corrió al jardín, creó mágicamente un cono de tierra de cincuenta centímetros de altura y luego lo tocó con su cuerno. Entonces la tierra tembló un poquito y... ¡de la punta del cono de tierra brotó un chorro de algo rojo, caliente y humeante! ¡ERA LAVA! Bueno, no, al final resultó no ser lava sino salsa de tomate hirviendo. Sin embargo, fue una especie de catástrofe natural para un nido de hormigas que había justo al lado, el cual se convirtió en una hermosa y trágica Pompeya mirmecológica (mirmecología = ciencia que estudia a las hormigas; que no se diga que este blog no tiene un mínimo de valor cultural además de los disparates).

¿En qué estaba? Ah, sí, en que Cuernito creó un volcán miniatura.

—¿Qué estás insinuando, mi queridísimo y suavecito unicornio? —pregunté—. ¿Que le regalemos un volcán a Donald? Me da que va a resultar un poco complicado. Digo, es que la mayoría de los volcanes pertenecen a algún país. ¿O conoces algún volcán en una isla desierta y sin reclamar?

Cuernito movió la cabeza de un lado a otro, agitando al mismo tiempo su plumosa melena (la cual es como una hermosa cascada de pelo que se mueve en cámara lenta como las cabelleras femeninas en las propagandas de champú). Después de eso volvió a tocar el minivolcán con su cuerno, y entonces aparecieron a su alrededor un montón de farolitos, mesas diminutas con comida y unos cuantos insectos bailarines.

Ahí entendí el mensaje de Cuernito: simplemente estaba sugiriendo que hiciéramos la fiesta junto a un volcán. Eso sería bastante menos complicado... ¡pero no fácil! ¿Hacer una fiesta junto a un volcán activo? ¿Quiénes se atreverían a asistir considerando el riesgo de morir calcinados, asfixiados y/o sepultados por una repentina nube piroclástica? De acuerdo, habíamos hecho eso en Mordor, pero con orcos y una araña gigante como invitados, no con frágiles humanos.

Entonces recordé algo y golpeé mi frente con la palma de mi mano.

—Ay, pero qué tonta, ¿cómo no me vino eso antes a la cabeza? —dije en voz alta—. ¡Ni que fuera una gringa deficiente en conocimientos de geografía! ¡Podemos hacer la fiesta en HAWÁI, cerca del volcán Kilauea! ¿Y qué mejor lugar para celebrar algo que en Hawái, con palmeras, playas, cerdo asado y guapos nativos sin camisa? —Vale, en realidad paso de las palmeras y las playas, pero definitivamente me gustan el cerdo asado y los hombres guapos bronceados y sin camisa (en orden variable dependiendo de la cantidad de horas transcurridas desde mi última comida).

Cuernito y yo fuimos entonces al aeropuerto a buscar a Donald, quien estaba cumpliendo muy eficientemente con su tarea de devorar a cualquier paloma que hubiera en los alrededores. (Antes de que me pregunten si una dieta compuesta en un 95% por palomas es suficiente para un dragón del tamaño de mi Donaldito, sepan que en mi ciudad hay muchas palomas y que además tenemos una especie cuyas pechugas equivalen a las de un pollo de buen tamaño. O sea, para mi dragón las palomas vendrían a ser como el krill para las ballenas.)

—¡Feliz cumpleaños, Donaldito! —dije yo, y Cuernito fue a restregarse contra mi dragón como un gato—. ¿Listo para celebrar tu cumpleaños en un sitio bien bonito?

¡Pues claro que estaba listo! Mi dragón fue a avisar de que se tomaría el resto del día libre (obviamente, nadie se atrevió a contradecirlo; es la ventaja de tener más dientes y garras que tus jefes), y luego él, Cuernito y yo volamos a Hawái.

Lo bueno de tener un dragón tan simpático como mi Donaldito es que no hace falta planearle las fiestas en ninguna parte. O sea, apenas llegué a Hawái y dije a todo el mundo que era el cumpleaños de mi dragón, y que él pagaría cualquier gasto que hiciera falta, los presentes fueron enseguida a buscar los altavoces, la comida y los adornos para la celebración. ¡Yuju! A la media hora ya estaba en progreso el fiestón tropical, con faldas vegetales, collares de flores y todo eso.

Supongo que ahora se estarán preguntando por la cuestión del volcán. Pues yo comenzaba a preguntármelo también, pero entonces Cuernito fue a buscar a Donald y se marcharon juntos al Kilauea. Yo los acompañé, claro... pero en helicóptero, dado que, a diferencia de mis dos criaturas mitológicas, no soy a prueba de lava volcánica :-P

Lo que presencié allá en el volcán fue simplemente asombroso. ¿Han visto la película Fantasía 2000? ¿Más específicamente, el segmento del pájaro de fuego? Bueno, pues apenas Donald y Cuernito llegaron al volcán, mi unicornio se aproximó a un estanque de lava y lo tocó con su cuerno. De la lava salieron entonces unas criaturas del tamaño de cisnes, ¡pero no eran cisnes sino pequeños dragones hechos de humo y fuego! ¡Imagínense la sorpresa que nos llevamos Donald y yo! (Por no hablar del piloto del helicóptero, quien hizo una mala maniobra a causa de la sorpresa y tuvo que esforzarse para recuperar el dominio del aparato. En cuanto a mí, todo ese bamboleo estuvo a punto de hacerme vomitar el cerdo asado que había comido minutos antes. Mientras tanto, mi vida entera pasó ante mis ojos, lo cual me hizo ver que necesita un 20% más de nerds, un 100% menos de gente necia, un 250% más de libros interesantes y un mínimo de cincuenta minions. La cantidad de chocolate puede quedarse como está.)

Una vez recuperado de la sorpresa, mi dragón quedó loco de la vida y se puso a jugar con sus extraños y fogosos parientes. Me hizo recordar a una pata con sus patitos, salvo que todos eran dragones y estaban chapoteando en lava en lugar de agua.


¿No les produce ternura la escena? Yo me derretí al verla. En sentido figurado, claro, porque aún seguía en el helicóptero. Me habría derretido de verdad si me hubiera unido al grupo, lo cual no me apetecía en absoluto. (Más de una vez he soñado que caigo en lava volcánica, y aunque en sueños uno no sufre la agonía de quemarse vivo, aun así me resulta muy estresante.)

Como sea, mi dragón pasó horas allí en el volcán, y poco a poco la noche dejó paso al día. Los dragoncitos de fuego se fueron a dormir... pero antes le dibujaron algo a Donald: ¡un mapa! Más específicamente, un mapamundi con crucecitas aquí y allá, todo en rojo sobre negro (lava incandescente fluyendo por surcos que los dragoncitos tallaron con sus garras en la lava solidificada a un lado del volcán). Mmmm, ¿qué significarían todas esas crucecitas?, nos preguntamos Donald y yo, pero los dragoncitos ya se habían sumergido de nuevo en el volcán y no se dignaron a dar más explicaciones.

Oh, bueno, da igual. Resolver misterios es divertido, de modo que, una vez que volvimos a casa después de la fiestota, Donald y yo decidimos hacer tiempo de vez en cuando para visitar los sitios marcados con las crucecitas. (Le saqué una buena foto al mapa desde el helicóptero... o mejor dicho, saqué cincuenta fotos hasta que conseguí una más o menos nítida. La verdad, creo que ese piloto no era muy bueno, o quizás había bebido un poco antes de subir al aparato.)

Entre la fiesta tropical, los dragoncitos de fuego y el misterio del mapa, creo que mi Donaldito pasó otro cumpleaños estupendo :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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