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19 de noviembre de 2016

NO ME SALE LO DE ENCAJAR, PUNTO

Ya he mencionado en otras entradas que soy una cerebrito y que también soy demasiado nerd. Ahora es tiempo de declarar que, quizás debido a lo anterior, también soy introvertida.

Así como las personas en general no entienden a los cerebritos ni a los nerds, tampoco entienden a los introvertidos. Piensan que uno es tímido, antisocial o huraño, o que incluso podría estar sufriendo de algún trastorno mental como la depresión. Sin embargo, ninguna de esas características es obligatoria para un introvertido. Uno puede ser introvertido a secas y gozar de una excelente salud mental.

"Bueno, pero entonces ¿qué cuernos es exactamente un introvertido?", se preguntarán. Y aquí va la respuesta: un introvertido es una persona que, más o menos como los gatos, no necesita de mucho estímulo social. A los introvertidos nos gusta pasar mucho tiempo solos llevando a cabo actividades que no requieren compañía, como leer, escribir, hacer manualidades y etc. Cada tanto salimos a socializar, y podemos no tener ningún problema con eso, pero al cabo de un rato nos cansamos de tanto ruido y queremos estar solos de nuevo.

La sociedad en general favorece a los extrovertidos por encima de los introvertidos, aunque a menudo estos últimos sean más habilidosos por el hecho de que pasan más tiempo realizando actividades que desarrollan el intelecto. Para la sociedad en general, los introvertidos somos algo así como "defectuosos".

Yo he sido introvertida desde que tengo memoria. Al principio también era espantosamente tímida, pero me obligué a superar eso porque tenía que convertirme en una adulta funcional :-D

No tengo ningún problema con lo de ser introvertida... pero sí tengo un problema con el hecho de que todas las demás personas piensan que, debido a que paso tanto tiempo sola, obligatoriamente he de ser infeliz. "¿En serio nunca sales a bailar?", preguntan con cara de horror. "¿Cómo es que no tienes novio a tu edad?" O también: "¿Por qué no te unes a un grupo de [insertar sugerencia de grupo]?" A mi madre le preocupa que yo no tenga amigas en mi ciudad y que en cambio pase tiempo en Facebook hablando con otros nerds y cerebritos de países extranjeros.

Como guinda del pastel, si eres chica y no tienes novio por ser introvertida, ya saldrá más de uno a preguntarte si eres lesbiana. Lo cual me ofende bastante, no por cuestiones de homofobia, sino porque implica que una mujer está "incompleta" sin pareja, y que si no tiene pareja, por "algo" ha de ser. (La verdad, no me molestaría en absoluto ser una lesbiana extrovertida y meterme a algún club a buscar pareja. Y ya que estoy con eso, mi equivalente femenino de Henry Cavill sería Eva Green. ¡Menuda diosa!) ¿Qué, acaso una mujer no puede tener otros intereses aparte de las relaciones románticas? ¡Se pueden hacer muchas más cosas con el cerebro!

La cuestión es que yo traté de ser "normal". Por mucho tiempo. ¡Y no me hacía nada feliz! Mis amigas adolescentes querían hablar de ropa, novios y demás tonterías (¡blegh!). Mis amigas en la universidad hablaban de temas comunes y corrientes (aburriiiiiido). La gente en general no comparte mis intereses. Resultado: cuando me juntaba con personas en la "vida real" me sentía más sola que cuando estaba sola haciendo algo entretenido (o sea, entretenido para mí; probablemente alguna actividad que aburriría a muerte a un 80% de las personas en general). Ni siquiera me sirvió de mucho juntarme con esos pocos individuos más compatibles conmigo a nivel intelectual. Al principio todo iba bien, pero al rato ya tenía ganas de volver a casa y dedicarme a cualquiera de mis proyectos.

Y si a todo lo anterior añado que he tenido muchas malas experiencias con personas decepcionantes, gorronas o traicioneras... en serio, ¿por qué les resulta tan extraño a los demás que hoy en día prefiera dedicarme exclusivamente a mi trabajo, renunciando casi por completo a las actividades sociales?

O sea, ESTOY BIEN COMO ESTOY, GRACIAS. Las bondades de la socialización simplemente no compensan el enorme esfuerzo que me demanda ser parte de un grupo. Y mucho menos voy a hacer el esfuerzo de integrarme considerando la cantidad de veces que la gente me ha fallado de una manera u otra. Es el equivalente de besar sapos para encontrar al dichoso príncipe encantado. Demasiados sapos, muy pocos príncipes. Mejor me voy a pasear en cocodrilo yo solita por el pantano :-D

Eso no quiere decir que no me importe la gente. TENGO amigos. Les hago favores. Si desaparecen por mucho tiempo, les escribo para saber si les ha pasado algo. Pero... no necesito charlar TANTO con ellos. Es por esto que a menudo los introvertidos parecemos indiferentes o insensibles, aunque no lo seamos.

Lo bueno de ser introvertida es que la soledad me pesa menos que a las personas extrovertidas. Un extrovertido se desesperará buscando contacto humano; un introvertido simplemente buscará algo en qué ocupar su mente. Lo segundo es mucho más fácil en esta era de individualismo descontrolado :-P

¿Saben cómo me gusta conectar con las personas? A través de mis libros y este blog. Si cualquier cosa que yo escriba le hace la vida más tolerable a alguien, aunque sea por unas pocas horas, eso me produce mucha más felicidad que la socialización. Me da un sentido de propósito, además, lo cual es crucial para llevar el día a día.

Así que ya saben: si desaparezco por mucho tiempo, o si ando por ahí con aspecto de indiferente, no es porque sea tímida/antisocial/huraña ni porque me esté ocurriendo algo malo. Simplemente estoy pasando tiempo dentro de mi propio mundo de introvertida. Repito: es lo mismo que con los gatos :-) Si necesitan algo de mí, avísenme y ya (salvo aquellos que sólo me hablan para pedirme favores; no crean que no me he dado cuenta, ¿eh?). Lo mismo se vale para invitarme a alguna parte... aunque no esperen que vaya a fiestas ni otras reuniones sociales. O no esperen que vaya y me quede ahí por más de veinte minutos :-P

Listo, ya he socializado bastante por hoy. Ahora me voy a escribir durante una hora. O cinco.

G. E.

PD: Aunque me gusta estar sola, creo que tarde o temprano tendré que conseguirme una compañera de piso. Digo, por si tuviera un accidente doméstico. Es muy feo morirte y que recién encuentren tu cadáver medio putrefacto (y quizás también devorado a medias por tu gato) al cabo de una semana. O cinco.

PPD: Si hay más introvertidos entre mis lectores, siéntanse libres de compartir sus experiencias en la sección de comentarios. O sea, en caso de que justo los haya pescado en medio de un arrebato de socialización :-D

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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