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7 de octubre de 2015

OKTOBERFEST... ¡CON MINIONS!

Me estuve devanando los sesos durante varios días tratando de decidir qué clase de fiestota haría para la Oktoberfest del 2015. Tenía la cerveza, tenía a mi dragón, los dos teníamos ganas de hacer un desmadre. Pero nos faltaba algo.

¡Y entonces, al igual que los elfos navideños del 2014, una manada de minions tocó a mi puerta! ¡¡ADORO A LOS MINIOOOOONS!! (En serio, ¿hay alguien que no adore a los minions? De acuerdo, quizás exista alguien. La vieja miserable de al lado, probablemente. Más los terroristas islámicos y ciertas personas con tendencias sociópatas. No se fíen de nadie que no adore a los minions, ya que estamos.)

No tardamos ni veinte minutos en lograr el ambiente perfecto, con minions borrachines bailando aquí y allá, ruiditos de pedorreos, carcajadas y muchas, muchas bananas además de la cerveza (no me pregunten de dónde salieron las bananas, aún no lo he averiguado). El piso de mi casa quedó cubierto de espuma, pero no me importó en absoluto.

¡Tengo cerveza! ¡Tengo minions!
¡Yujuuuu! ¡La vida es buenaaaa!

Por supuesto, salimos al vecindario a repartir cerveza y sonidos de pedorreos. Que no se diga que somos egoístas :-D

Las cosas se pusieron un poco raras cuando los minions le preguntaron a mi dragón si podían trabajar para él. Han de tener la impresión de que los dragones, así como los tiranosaurios, son buenos villanos (habrán leído El hobbit, supongo), pero la verdad es que mi dragón no tiene aspiraciones villanescas.

Yo sí las tengo. A menudo pienso que la humanidad es estúpida y merece ser controlada por un ser superior, y entonces quisiera tener los poderes de Loki, más su estupendo casco con cuernos (o el casco con cuernos de Maléfica, que también está bárbaro). Me puse de acuerdo con los minions en cuanto a que, si alguna vez decido llevar a cabo mis hipotéticos planes de dominación mundial, los reclutaré como asistentes. Además de la paga en dinero, también recibirán bananas, piñatas y cacao :-) (Otro asistente a quien reclutaría: la piraña con traje de gorila de Megamente. Me cae de maravilla.) Una vez logrado el trato, seguimos bebiendo cerveza y nos fuimos a molestar a la vieja miserable de al lado.

Considerando todo, fue otra Oktoberfest exitosa :-)

G. E.

2 comentarios:

  1. Yo no amo a los minions. Debo aclarar que no sé qué cosa sean. Pero averiguaré, y luego me expediré. O no.

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    1. ¿No sabes qué son los minions? ¿¿¿Bajo qué roca has vivido el último año??? Saludos y gracias por el comentario :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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