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31 de octubre de 2015

NOCHE DE BRUJAS... ¡CON GREMLINS!

Después de una fantástica Oktoberfest con minions, pensé que iba a ser difícil superar semejante nivel de grandiosidad despelotada. Mucho menos superar el nivel de horrorosa locura de la última temporada de American Horror Story. ¡Pero vaya que iba a hacer todo lo posible para lograrlo! ¡Aunque tuviera que usar una motosierra sobre ciertas personas que no me agradan!

Empecé por vestirme como Lady Gaga en American Horror Story. Ya antes me había vestido como Lady Gaga, pero la mujer ha cambiado su estilo de chifladamente extravagante a maravillosamente elegante con un toque macabro, por lo que valía la pena repetir la experiencia.

Mi dragón, por otro lado, se pintó de un color más oscuro a fin de parecerse a Drogon, el dragón negro de Juego de tronos (era eso o pintarse de rojo para parecerse a Smaug, pero al final decidió que Drogon le gusta más, ya que Smaug habla demasiado y resulta un poco latoso).

"Bueno, ¿y ahora qué?", me pregunté entonces. Teníamos los disfraces, mucha música macabra de Nox Arcana y galletas de vainilla con forma de calavera... pero nos faltaba algo.

Entonces tocaron a la puerta. Creí que habían regresado los minions, o tal vez los elfos navideños hartos de la Navidad, pero eran... eran... ¡docenas de gremlins furiosos!

¡La que se armó! Sí, los gremlins tienen tres dedos en cada mano igual que los minions, pero a diferencia de los minions, cuya especialidad es crear un caos divertido, los gremlins son especialistas en brutalidad, humor negro, caos potencialmente homicida y destrucción de la propiedad pública y privada. Puestos en ello, probablemente se llevarían bien con los marcianos de la peli de Tim Burton. O tal vez no. Pensándolo bien, se matarían entre ellos porque son demasiado parecidos.

En fin, la cuestión es que no me resultó fácil lidiar con ellos. Durante media hora, más o menos, estuve corriendo de un lado a otro en un intento desenfrenado de quitarme a los gremlins de encima. Más o menos como esto:

¡¡¡Uaaaaa!!! ¡¡Auxiliooooo!!

Y menos mal que no estaba lloviendo, porque ya teníamos suficientes gremlins como para no aburrirnos por un buen rato. Los bichos invadieron media ciudad, les robaron los dulces a casi todos los niños y volvieron locos a los policías (los cuales, para empezar, ni siquiera andan bien equipados para lidiar con los delincuentes comunes que pululan por nuestras calles todos los días).

Los gremlins, sin embargo, olvidaron un pequeño gran detalle: mi dragón. Tal vez pensaron que no les echaría fuego encima para no causar incendios, pero mi Donaldito sigue siendo voluminoso y fuerte, y con patas grandes. Empezó a aplastar gremlins como hago yo con las cucarachas, y muy pronto todo se llenó de gremlins muertos y charcos de sangre verde.


—Bien hecho, Donaldito —dije yo—. Pero ahora te toca limpiar. ¡Madre mía, qué asco!

Mi pobre vestido rojo quedó hecho trizas. Una pena, aunque por suerte seguía sin desentonar en cuanto a la festividad. Por no hablar de los rasguños en la cara y los brazos (menos mal que tengo al día la antitetánica, aunque mandé varios cerebros de gremlins a un laboratorio para asegurarme de que no tuvieran rabia, porque no me he dado esa vacuna en particular).

En fin, más allá de los charcos de sangre de gremlin, los puntos de sutura y las desinfecciones con iodo, en realidad fue un Halloween bastante divertido :-)

G. E.

2 comentarios:



Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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