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11 de noviembre de 2014

EL CUARTO CUMPLEAÑOS DE MI DRAGÓN

¡Válgame, cómo pasa el tiempo! Primero mi dragón es un simple (pero enorme) huevo que alguien deja en mi puerta, y de pronto está cumpliendo cuatro años. (Me siento vieja. O tal vez no, porque no puede sentirse del todo vieja una persona que tiene un dragón.)

Este año me estrujé de nuevo los sesos pensando en qué podía regalarle. Es que un dragón de cuatro años no es como un niño de cuatro años, empezando porque mi Donaldito ya es un adulto joven, biológicamente hablando, y los regalos convencionales para humanos simplemente no van con su monumental y dragonesca persona.

Finalmente decidí llevarlo a uno de los mejores sitios del mundo: ¡Disney World! :-D O mejor dicho, él nos llevó volando hasta ahí porque es mucho más cómodo y barato que ir en avión, y luego yo me dediqué a pasearlo por los diferentes parques dado que ya había estado ahí. Dos veces. Sí, envídienme :-PPPP


Y lo pasamos genial. Digo, ya es bastante genial ir a Disney World, pero la diversión se multiplica aproximadamente por 10 cuando vas con un dragón. Al principio los turistas pensaron que él era una nueva atracción de los parques, tal vez el personaje de alguna película animada en progreso, y le sacaron tropecientas fotos (sobre todo los japoneses). Cuando al fin entendieron que Donald también estaba de visita, nos acompañaron a todas partes y entramos juntos a las diferentes atracciones de los parques. Hicimos como cien amigos nuevos de diversas nacionalidades :-D Algunos animadores de Disney también anduvieron detrás de nosotros dibujando a mi dragón, así que no se sorprendan si en algún momento crean un personaje sospechosamente parecido a él (en tal caso, más vale que nos paguen las regalías correspondientes).

La enorme estatura de Donald representó un ligero problema. Digo, era evidente que no iba a caber en los cochecitos de algunas atracciones, pero en otros lugares no querían dejarlo entrar de buenas a primeras. Tuve que hacerles notar dos cosas: que ellos sólo fijan una estatura MÍNIMA de 1,20 m, y que en los Estados Unidos hay gente tan, pero tan GOOOOORDA que no tenía sentido que discriminaran a mi dragón (quien no está gordo en absoluto, además).

En fin, una vez solucionado el inconveniente, nos metimos en todos los lugares posibles, incluyendo la mansión embrujada, el paseo de los piratas del Caribe y los simuladores de vuelo. Vimos todos los desfiles (nos colamos en algunos de ellos y nadie nos dijo nada, aunque bueno, mi dragón tiene garras y dientes y seguro que eso detuvo a los guardias en cada parque) y nos sacamos fotografías con la mayoría de los personajes de las películas de Disney. De hecho, los perseguimos a lo loco por todos lados. "¡Ahí está Cenicienta!", "¡ahí está el Capitán Garfio!" (adoro al Capitán Garfio), "¡ahí está Donald!" (me refiero al PATO). Luego encontramos a Mickey y...


Eh... bueno... ji ji... he de aclarar que mi dragón y yo DETESTAMOS al ratón Mickey. Es súper ñoño. Él y Winnie Pooh (este último se salvó de que le chamuscáramos el trasero simplemente porque no lo encontramos por ningún lado). Mickey salió corriendo y lo perdimos de vista. Luego detectamos una nube de gaviotas y cuervos revoloteando por ahí, pero quizás estuvieran devorando el cadáver de alguien más, o robando patatas fritas a los turistas. En todo caso, la compañía Disney no ha largado ningún comunicado oficial anunciando la muerte del personaje, pero por si acaso me alegra que no hayamos dejado evidencia física de la chamuscada. Es que los abogados de Disney no son ñoños, sino tremendos tiburones...

Regresamos a casa una vez terminado el paseo, y mi dragón me regaló una taza con esa inscripción de LA MEJOR MAMÁ DEL MUNDO. Gracias, Donaldito. Ya lo sabes, mami también te quiere :-) ¡Feliz cumpleaños!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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