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27 de noviembre de 2014

ADIÓS, MININO

Éste es el día en el que tuve que despedirme de mi gato :-( Cuando el ecografista te dice que tiene los riñones como pasas de uva, y el análisis de orina te dice que la densidad es 1.010, eso significa una sentencia de muerte.

Fue una evolución muy rápida, una vez que los riñones se dieron por vencidos. Mi pobre Minino ya venía dando señales de vejez durante el último año, pero de pronto se puso malito y no tardaría en ponerse peor. Muchos dueños de mascotas se aferran a ellas hasta el último momento, cuando el sufrimiento del animal es tan grande que resulta más fácil dejarlo ir. O sea, más fácil para el humano, pero no para la mascota. Yo decidí que iba a ahorrarle todo ese dolor a mi gato, aunque eso significara despedirme de él un poco antes. Cuando los riñones se paran por completo, el animal muere intoxicado por la acumulación de urea en la sangre, y eso causa unos síntomas nerviosos bastante horribles. Preferí sacrificar a Minino mientras aún fuera él mismo, sin dejarlo experimentar el deterioro final.

La eutanasia fue rápida. Y lo mejor, indolora. Antes de eso me despedí de él cepillándolo un buen rato, porque él adoraba que lo cepillaran. Ya tenía cara de "no me siento bien", sin embargo.

Esa tarde lloré tanto que ya corría el riesgo de resbalarme en los charcos del piso. Ahora me consuela el hecho de que 16 años y medio superan la expectativa promedio de vida de un gato doméstico, y que durante ese tiempo el bicho vivió como un rey, gozando incluso de mejor salud que yo (sólo se enfermó una vez, hace muchos años; fueron unos días de fiebre alta que terminaron sin dar pistas de la causa).

Y 16 años y medio son una relación muy larga con un animal (un 44% de mi vida hasta la fecha; sí, saqué la cuenta con mi calculadora). De hecho, tuve una relación más larga y provechosa con mi gato que con muchas personas, incluyendo varios parientes. Encima, hay humanos que no llegan a vivir 16 años y medio.

Eso no quita el agujero negro de tristeza, por supuesto. Es como si a mi corazón le hubieran cortado un pedazo con forma de silueta felina, onda calabaza de Halloween. Menos mal que tengo fotos para recordarlo...




La última es del año pasado. Minino acababa de descubrir que era cómodo dormir entre mis pantuflas en las noches de invierno, mientras yo cenaba.

Había muchas cosas que me gustaban de mi gato:

a) Era inteligente, y siempre encontraba alguna forma nueva de hacerme reír.
b) Era sumamente limpio. Iba al fondo de mi casa a dormir la siesta del mediodía, pero luego entraba y se lavaba concienzudamente todo el polvo en su pelaje.
c) No siempre me hacía caso. Tenía suficiente personalidad como para desobedecerme con toda la pega :-D
d) Me despertaba a las 5 de la madrugada con sus chillidos... no, esperen, eso no me gustaba, pero fue una mala costumbre que no le duró mucho.
e) Durante sus primeros años fue muy atlético y aventurero. Subía a las azoteas y saltaba desde el techo al fondo de mi casa rebotando en la pared. Nunca vino lastimado.
f) Me acompañaba a menudo, ya fuera en mi dormitorio, el comedor o incluso el baño.

Ya lo extraño. Le pedí prestado su tigre a mi dragón para abrazar una cosa peluda y felina, pero no es lo mismo :-/ Por cierto: mi dragón está preocupado ahora por SU expectativa de vida. Lo tranquilicé diciéndole que, si nos apegamos al folclore general, probablemente viva más que yo. Entonces el dragón me preguntó si quiero que haga algún arreglo especial para mi propia muerte. Acordamos un funeral vikingo en el que él encenderá la llama (no tengo antepasados vikingos, pero supongo que puedo apelar a mi ascendencia celta y colarme por ahí).

Adiós, Minino. Te voy a querer siempre.

Gracias. Pero no interrumpas mi siesta eterna. Aunque quizás me levante en algún momento a beber leche celestial. Y más vale que haya tal cosa, o morderé los tobillos del Ser Supremo.

G. E.

2 comentarios:

  1. Cuando publicaste la entrada, no me atreví a leerla porque la verdad es que me dan mucha penita los animales (más que algunas personas) y estoy muy susceptible ultimamente.
    Has dejado aquí plasmado un bonito recuerdo en su memoria. Sólo me cabe decir que lo siento mucho y que tomaste una decisión dura, pero acertada.
    Un beso y mil abrazos desde Almería (Andalucía, Spain jijiji)!!!

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    Respuestas
    1. Gracias, Luismi. Todavía lo extraño mucho, pero al menos tengo el consuelo de que murió de viejo. Besos para ti también.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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