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5 de junio de 2017

SI DEPENDIERA DE MÍ...

Si dependiera de mí, el mundo estaría muchísimo mejor. Pero ésa es una afirmación demasiado general, de modo que voy a explayarme un poquito más sobre el tema. Ya me dirán si están de acuerdo o no con mi visión de las cosas, ¡y siéntanse libres de añadir, en los comentarios, lo que crean que debería sumar a mi lista!

SI DEPENDIERA DE MÍ...

Las personas malas se convertirían en animales en peligro de extinción justo antes de perjudicar a otras personas, y así resolveríamos dos problemas al mismo tiempo. Si acaso surgiera algún aspirante a dictador o terrorista, el mismo sufriría combustión espontánea (en cuyo fueguito podríamos asar salchichas o malvaviscos, de paso).

Las cosas serían mucho más fáciles para las personas buenas. Por ejemplo, los impuestos serían inversamente proporcionales a la bondad. La salud y la expectativa de vida serían DIRECTAMENTE proporcionales a la bondad. La belleza también sería directamente proporcional a la bondad (así seríamos todos muy guapos por hacer cosas buenas, no por pasar tiempo en los salones de belleza, dado que esto último es una tremenda pérdida de tiempo).

Las mascotas muy queridas seguirían viviendo según la expectativa de vida de sus dueños, para que nunca tuviéramos que echarlas de menos (esto va para ti, mi querido gato ahora difunto).

Como los dos puntos anteriores podrían agravar la sobrepoblación, los seres humanos nos volveríamos tan fértiles... como los pandas :-D

Y una vez que dejáramos de reproducirnos a lo tonto, también respetaríamos más la vida silvestre. Las ciudades tendrían edificios ecológicos con cultivos hidropónicos, paneles solares y todo eso; y si quedara algún muro vacío por alguna parte, de inmediato tendría que venir un pintor a cubrirlo con bonitos murales. Mientras tanto, recogeríamos toda la basura plástica desperdigada por ahí para convertirla en obras de arte.

La sexualidad de cada uno no sería tema de controversia. ¿Eres hetero? Bien. ¿Eres homosexual? Bien. ¿Eres transgénero? Bien. Y etcétera, etcétera. Pero no se dejaría de usar la bandera arco iris porque tiene colores muy chulos :-)

Las bicisendas serían tan cómodas y seguras que la mayor parte del tiempo nos desplazaríamos de esa manera (lo cual también resolvería los problemas de sedentarismo y obesidad).

Habría burbujas personales climatizadas, invisibles e intangibles, para que cada uno anduviera por ahí envuelto en la temperatura y humedad preferidas (eso evitaría muchos encrespamientos de cabellera, en mi caso). Eso nos permitiría ahorrar un montón en prendas de invierno, puestos en ello.

La educación sería excelente para todo el mundo. ¡Y ya no haríamos perder el tiempo a los adolescentes haciéndoles calcular ecuaciones a mano! (En serio, a muy poca gente le sirve eso en la vida adulta, lo he comprobado.)

Sería mucho, mucho más fácil vivir de las artes, y mucho, mucho más difícil vivir de actividades dañinas para otras personas o la naturaleza.

Las personas tendríamos que cuidar nuestros modales más o menos como los protagonistas de Downton Abbey. (No sería obligatorio el acento inglés. Las palabrotas estarían permitidas, pero sólo cuando la ocasión realmente lo ameritara.)

Y hablando de modales, la caca de los perros en la vía pública les rebotaría a la cara a los dueños de dichos canes. Ñejeje. De paso, las rejas tendrían el poder de filtrar y silenciar los ladridos de esos perros que ladran a lo tonto tooooooodo el maldito día :-P

Por todos lados habría árboles cuyos frutos serían bombones muy saludables, y éstos podrían cubrir las necesidades nutricionales en caso de emergencia.

James Horner y Terry Pratchett volverían a la vida para seguir trabajando. OK, también sería interesante resucitar a otros artistas, pero ahora mismo quiero a esos dos porque se fueron antes de tiempo. ¡Los extraño muchooooo!

Los libros espantosamente mal escritos gritarían a sus autores hasta que por fin los arreglaran, algo así como las cartas vociferadoras de Hogwarts.

Y hablando de las cartas vociferadoras, definitivamente existirían si dependiera de mí. Posibles usos: mandarlas a los políticos tarúpidos, a los vecinos molestos o a los hijos que nunca te visitan :-D

Las faltas de ortografía de cualquier persona se corregirían solas automáticamente. (No, no estoy hablando de los correctores automáticos de los teléfonos móviles, que sólo saben hacer desastres.)

Estaría prohibido repetir las canciones machaconas más de una vez por semana en la radio.

También estaría prohibido cancelar las series de TV dejándolas colgadas. ¡Episodio final de dos horas para atar cabos, como mínimo!

Y ya que estamos con el tema, tampoco habría más secuelas, precuelas ni etc. a menos que realmente valieran la pena. ¡Que buscar historias originales no duele, leñe! :-D

Habría caballos voladores. Y alfombras voladoras. ¡Y patinetas voladoras! (tal como lo predijo la película Back to the Future II).

Los paquetes se mandarían por teletransporte, dado que ahora mismo es una pesadilla enviar cualquier cosa por correo :-P

Los niñitos y niñitas tendrían ponis, y esto aplicaría en forma retroactiva ¡para que yo también pudiera tener un poni de niña!

Ninguna droga crearía adicción o daño a la salud. Lo mismo para la comida chatarra. No, esperen, puestos en ello, las ensaladas comenzarían a saber a pasteles, tocino, pizza y etc. :-D Y alguien inventaría unos garbanzos que se cocinaran en cinco minutos y que además no largaran esa espuma molesta que desborda las ollas.

Sería posible olvidarse de las cosas que a uno le han gustado mucho... para así poder disfrutarlas de nuevo como si fuera la primera vez.

Los besos de amor verdadero funcionarían. También el karma.

Existirían los finales felices como en las películas de Disney. Aunque quizás no tan cursis.

Las personas con gusto por lo macabro tendríamos una ciudad hecha a nuestra medida, y Joseph Vargo viviría en ella también (para que así yo pudiera acosarlo a diario y preguntarle cuándo va a salir su próximo álbum de Nox Arcana).

Facebook y Twitter dejarían de imponer actualizaciones que no aportan nada útil.

Los lectores amarían mis libros tanto como los minions aman a Gru, y este blog tendría tantos seguidores que necesitaría un servidor propio para no bloquear a Blogger (más de lo que ya se les bloquea a otros blogueros, por las quejas que he escuchado). Si eso me volviera millonaria, tanto mejor, pero me bastaría con ganar un sueldo decente :-D

Un mundo ideal...

Vendré a añadir más cosas a medida que se me vayan ocurriendo :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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