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1 de enero de 2017

HOLA, 2017

Después de mi aventura cósmica de fin de año, tuve que enfrentar la dura tarea de dar la cara a un 2017 cargado de incertidumbre. Hay muchas cosas por las cuales preocuparse: el terrorismo, la presidencia de Trump, el calentamiento global, la gente tonta que se sigue reproduciendo, los sistemas educativos que no mejoran, etc. etc.

Quiero que el 2017 sea adorable como Sofía Vergara. ¿Han visto esa propaganda de champú donde ella dice "tu pelo puede tenerlo TODO"? Bueno, pues sería genial que dijera "tu año puede tenerlo TODO", así, con ese tonito sensual que sólo promete cosas buenas. Ahora mismo, me preocupa mirar al 2017 y que se me aparezca la cara del payaso de It. O la de Trump. O peor: la de Trump disfrazado del payaso de It. Brrrrrrrrrrrrr.

En fin, como no puedo controlar la situación internacional o la de mi propio y decadente país, aquí va mi lista de cosas en las que sí puedo trabajar a fin de mejorarlas:

1) Las paredes de mi casa que fueron arruinadas por una tubería de los vecinos.
2) Las ventas de mis libros, que se fueron al carajo por la falla de Kindle Unlimited en Amazon.
3) El tráfico de este blog, que ha venido creciendo bien pero que necesita crecer aún más como para que compense el esfuerzo invertido.

Cosas que sí van bien en mi vida:

1) La salud (mi última gripe fue en 2007, y desde entonces no he pillado más que algún resfriado esporádico).
2) Mis relaciones sociales.
3) Sigo teniendo un techo sobre mi cabeza y comida todos los días.

Sin embargo, necesito unas vacaciones. ¿Recuerdan lo que pasó durante el sexto cumpleaños de mi dragón? O sea, ¿la cuestión del mapa que dibujaron los dragoncitos de fuego? Pues bien, apenas mi Donaldito volvió a casa tras finalizar su jornada de trabajo en el aeropuerto, hice mi maleta, le mostré el mapa y le dije:

—¿Qué tal si nos vamos de paseo? Tenemos un montón de crucecitas que investigar.

Obviamente, a mi dragón le encantó la idea. Subí a su lomo, los dos nos despedimos de Cuernito, y levantamos vuelo con destino a... ¡Inglaterra!


Estén pendientes porque esto se va a poner emocionante.

G. E.

Artículo relacionado: EL DRAGÓN BRITÁNICO Y LOS LEPRECHAUNS.

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2 comentarios:

  1. JA JA JA JA... morí con esta frase
    "la gente tonta que se sigue reproduciendo"

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    Respuestas
    1. Es que son un peligro, colega. ¿No has visto la película Idiocracia? :-D

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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