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18 de enero de 2017

EL DRAGÓN BRITÁNICO Y LOS LEPRECHAUNS

Siguiendo el mapa que los dragoncitos de fuego le dibujaron a mi dragón en la fiesta por su sexto cumpleaños, llegamos a Inglaterra y buscamos el sitio indicado por la primera crucecita. Esperábamos encontrar señales de algún otro dragón, pero apenas pusimos un pie en la tierra, nos encontramos cara a cara con un montón de duendecillos irlandeses furiosos.

Miré a mi Donaldito.

—Eh... ¿aterrizamos en el lugar correcto? Creo que miré bien el mapa, pero atravesamos tantas nubes por el camino...

Mi dragón se encogió de hombros. Los duendes, por otro lado, se acercaron más... esgrimiendo unas pequeñas dagas de aspecto muy, muy afilado y gruñendo en un inglés con acento irlandés tan cerrado que no entendí ni cinco palabras.

—Eh... ¡hola, chicos! —dije en mi inglés con acento americano de tanto ver películas gringas subtituladas—. ¿Alguno de ustedes sería tan amable de decirme dónde estamos?

Los duendes se miraron entre sí, algo confundidos.

—Ustedes no son de por aquí —me dijo el más pelirrojo de ellos (en serio, tenía un pelo tan rojo y brillante como luz de semáforo).

—Nop. Venimos de Uruguay.

—¿Uruguay? Algunos de nuestros primos han viajado a Uruguay alguna vez.

—A mi fiesta de Halloween de 2014, como mínimo, donde todos lo pasaron muy bien a pesar de que había cerveza en lugar de whisky. —Los duendes bajaron sus dagas y yo suspiré de alivio. Sí, mi dragón es a prueba de dagas, pero se habría generado una situación bastante incómoda. Por no hablar de un posible incidente diplomático.

—Ah. Entonces no fueron ustedes quienes robaron nuestro oro.

—No, ¿para qué querríamos oro? Ya tenemos una especie de trato comercial con unos enanos mineros más o menos amigables. ¿Quién se ha robado cuál oro de dónde?

Aquí los duendes volvieron a gruñir todos a la vez con su cerrado acento irlandés, de modo que mi Donaldito tuvo que patear el suelo a fin de hacerlos callar.

—¡... y el muy maldito se lo llevó a su cueva! —siguió gritando el duende súper pelirrojo. Después añadió un montón de palabrotas en irlandés. O sea, supongo que eran palabrotas, dado que yo sólo distingo tres o cuatro palabras en ese idioma.

—¿Quién es muy maldito? —pregunté yo.

—¡El dragón!

Bueno, por fin estábamos llegando a alguna parte. Tras escuchar por un rato las explicaciones, me enteré de cuál era el problema: a lo largo de varias semanas, un dragón británico medio patotero, onda Smaug, había ido a Irlanda a asaltar a cada leprechaun de la isla, llevándose todo su oro en un enorme saco. Y claro, como los dragones no abundan, los duendes habían visto a mi Donaldito y concluido inmediatamente que él era el culpable, de modo que pensaban atacarlo para recuperar su dichoso oro.

—¿Y ese dragón británico ladrón era del mismo color que el mío? —pregunté.

—Bueno... mmmm... en realidad no era azul celeste sino azul tirando a añil.

—Y con cuernos blancos, no dorados —añadió otro duende.

—Y ahora que lo pienso, su aliento olía un poco a té —dijo un tercer leprechaun.

Mi Donaldito movió la cabeza de un lado a otro en actitud reprobatoria. Es que es un dragón muy honrado, y en general se lleva bien con las criaturas mágicas más pequeñas. ¿Robar? Nanay. ¿Pa' qué, si él tiene un empleo en el aeropuerto y otro de medio tiempo como courier para los enanos mineros?

Y la verdad, los duendes se veían bastante desgraciados por haber perdido su oro. No por tacañería, sino porque para ellos es una cuestión cultural. Un duende irlandés sin pote de oro es como una bruja sin escoba y sin caldero, o como una princesa de Disney sin un animalito mascota.

—¡Mira, mira nuestros potes vacíos! —se quejó otro duende—. ¿De qué le sirve a un leprechaun un pote vacío?

—Bueno, yo estoy aprendiendo a hacer estofado, y la verdad es que... —dijo una vocecita por ahí.

—¡Cállate, que estás arruinando mi pataleta!

—Perdóóóóóón.

—Bueno, ya que mi Donaldito y yo estamos aquí —dije yo—, ¿qué tal si tratamos primero de resolver esto en forma pacífica? Podríamos ir a hablar con ese otro dragón, a ver si devuelve el oro por voluntad propia.

Los duendes se miraron entre sí con expresiones escépticas.

—Sí, claro —dijo ese duende tan pelirrojo que ya me estaban dando ganas de ponerme gafas de sol—. Un inglés devolviendo algo a un irlandés por la bondad de su corazón. Pfffffffffffffffffff.

—Bueno, sí, entiendo tu punto, pero que no se diga que no lo hemos intentado. ¿Dónde vive el dragón añil ese? —Los duendes señalaron en la misma dirección—. ¡De acuerdo, al rato volvemos!

Volamos y volamos sobre Inglaterra hasta hallar por fin la entrada de una cueva... donde había un enorme tapete con huellas de garras también enormes. Mi dragón lo usó para limpiar sus propias patas, y después de eso entramos juntos a la cueva.

Dentro se escuchaban gruñidos. O sea, gruñidos tarareando una canción de Elton John. Y tal como habían dicho los duendes, el aire olía a té. ¡Y a galletas!

Esto fue lo que encontramos:


Hasta aquí la cosa pintaba bien. Mi Donaldito dio unos golpes en la pared a fin de anunciarse, el otro dragón lo miró, Donald saludó con su otra garra y dijo unas cosas en su idioma de dragón. Fue la primera vez que lo escuché hablar en dragón, por cierto, dado que conmigo se comunica por lenguaje de señas. El habla dragonesca es una mezcla rara de gruñidos, chasquidos y burbujeos extraños, y supongo que sale por instinto, dado que nadie se la enseñó a mi Donaldito.

En fin, el dragón británico respondió con una parrafada bastante larga, en tono petulante. Según me tradujo Donald, sí, el dragón británico se creía con todo el derecho a robar el oro de los duendes irlandeses, así como en el pasado los ingleses habían viajado a América a llevarse el oro de las culturas precolombinas. Donald le respondió que eso ya no estaba bien visto en la actualidad, y que por lo tanto debía devolver el oro... y entonces el dragón británico arrojó a un lado su taza de té y su tazón de galletas y largó una llamarada verde que estuvo a punto de dejarme frita allí mismo (a Donald no, dado que él es a prueba de fuego). A continuación tuvo lugar una pelea bastante épica: dos dragones revolcándose sobre monedas de oro al estilo de las luchadoras en el barro.

Mi Donaldito perdió. El dragón británico simplemente era más grande y tenía más práctica abusando de otras criaturas. Donald escapó por un pelo de un zarpazo devastador, me levantó en vilo y ambos salimos de la cueva a toda velocidad. Mejor un "aquí corrió" que un "aquí cayó", como dicen por ahí :-P

Regresamos con los duendes y explicamos la situación.

—Me da que esto va a requerir un trabajo en equipo —dije a los duendes—. A ver, ¿no se supone que ustedes tienen magia?

—Pues sí, pero el dragón ese es muy grande y resistente. La magia rebota en sus escamas.

Un leprechaun ancianito adoptó un aire pensativo.

—Ahora que lo pienso —dijo—, hay un viejo hechizo que podría servirnos... pero necesitamos escamas, polvo de cuerno, sangre y un poco de excremento de dragón, que no son fáciles de conseguir al mismo tiempo. ¡Pero aquí mismo tenemos un dragón amigable que podría donarnos todo eso!

Mi dragón asintió con cara de no problem.

Donaldito, pues, entregó los ingredientes para el hechizo (hubo que esperar un rato por el excremento, sin embargo, porque mi dragón andaba un poco estreñido esa tarde). Los duendes mezclaron y cocinaron todo en varios potes, creando así una especie de poción cuyo olor apestoso hizo desmayar a varios animales silvestres.

—Puaj, ¿no le podemos poner algo de menta o azúcar? —dijo el duende recontra mega pelirrojo (ahora con los pelos de punta debido al hedor).

—Nop —dijo el ancianito—. Si hiciéramos eso, nos convertiríamos en bombones rellenos de licor de menta o gomitas con forma de dragón. —Y yo pensé "mmmmm, qué delicioso", pero no lo dije en voz alta :-P

—¿Y en qué nos vamos a convertir entonces?

El duende ancianito sonrió. Luego se pellizcó la nariz con dos dedos y bebió su parte de la poción. El duende hizo "¡puf!", quedó envuelto en una nube de humo, y para cuando el humo se disipó, había en su lugar un pequeño dragón similar a mi Donaldito pero verde en lugar de azul. El duende-dragón hizo un gesto a sus compañeros para que también bebieran sus respectivas dosis de la poción mágica, y al poco rato había en aquel prado un montón de dragoncitos idénticos (y muy monos, además; daban ganas de apapacharlos).

—Pues es un bonito hechizo —dije yo—, pero si mi Donaldito no pudo solo contra un tremendo dragón pendenciero, no sé cómo podrán vencerlo ustedes.

El dragón que había sido el duende ancianito me hizo un guiño, saltó sobre uno de sus compañeros... ¡y los dos se fusionaron en un dragón más grande! Repitieron esto sucesivamente hasta crear entre todos un dragón de mayor tamaño que el mío, y tan verde que parecía una especie de dragón-Hulk.

—Bueno, esto ya pinta mejor —dije—. ¡A por el oro, entonces!

Nos dirigimos todos de nuevo a la cueva del dragón británico. El dragón hecho de duendes se anunció con un gruñido y luego exclamó (según la traducción de mi Donaldito):

—¡Eh, dragón inglés! ¡Tu mamá es una vieja antipática como la reina de Inglaterra y tú eres un mamarracho estúpido como el príncipe Charles!

¡La que se armó entonces! Al lado de este nuevo combate, la pelea con mi Donaldito quedó reducida a una simple riña de patio entre adolescentes. El dragón británico y el dragón hecho de duendes se pegaron realmente duro, y en forma bastante sucia, además. Me refiero a tirones de orejas, patadas en los genitales y escupitajos muy pegajosos. Y claro, hubo fuego. Mucho fuego, verde de un lado, amarillo y rojo del otro.

Mientras tanto, mi Donaldito y yo volvimos a colarnos a la cueva y recuperamos hasta la última moneda de oro de los duendes. De paso también nos afanamos todas las galletas del dragón británico, porque simplemente tenían un aspecto y un olorcillo irresistibles :-P

Después de dos horas de pelea ininterrumpida, el dragón británico acabó en el suelo, más magullado que Bruce Willis después de cualquiera de sus películas de Die Hard. Tampoco quedó un solo árbol en pie en más de un kilómetro a la redonda.

El dragón hecho de duendes le gruñó algo al dragón británico, y ahí ya no necesité una traducción para saber que debía de ser algo así como: "Esto te enseñará a no meterte con los leprechauns y sus potes de oro." Mi Donaldito, sin embargo, se veía desilusionado. Había querido trabar una amistad con su pariente lejano, pero no le gustó su reprobable actitud imperialista.

Volamos a Irlanda, pues, donde organizamos una fiestota de celebración. Debido a mi pequeña estatura, los duendes me nombraron leprechaun honoraria, y hasta me regalaron un pote... lleno de fruta, no de monedas de oro. Bue. Los duendes sí eran tacaños después de todo. Oh, bueno, a mí me encanta la fruta, y encima es buena para los microbios beneficiosos de las tripas, de modo que agradecí el regalo y el nombramiento (y total, además de las galletas, también había afanado uno de los cuernos rotos del dragón británico, que espero poder vender a buen precio en algún mercado chino).

Y como mi Donaldito NO es tacaño, donó más escamas y etcétera a los duendes, en caso de que el dragón británico se olvide de la paliza y vuelva a molestarlos.

Por último regresamos a casa, con mucho pasto irlandés bien verde para mi unicornio Cuernito. Pero sepan que esto no termina aquí, porque todavía quedan más crucecitas en el dichoso mapa :-) ¡Hasta la próxima aventura internacional dragonesca!

G. E.

Artículo relacionado: OTRA AVENTURA DRAGONESCA... Y ENANESCA.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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