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16 de junio de 2016

DEJEMOS DE SUBESTIMAR A LOS NIÑOS

Cuando yo era niña, tenía unas amigas a quienes su madre había convencido de que los bebés nacían por el ano. Yo no había conseguido aún que MI madre me explicara bien los detalles del acto sexual, pero al menos sí sabía que las mujeres tenemos vagina y útero, y que los bebés definitivamente NO nacen por el ano. Pero nada, mis amigas prefirieron creer la mentira de su madre antes que en los hechos mencionados por mí. Menudo chasco se habrán llevado en la secundaria, durante las clases de biología.

Nunca supe por qué la madre de mis amigas decidió convencerlas de semejante chorrada (¿pudor religioso mal entendido?). Y la verdad, tampoco llegué a entender por qué la mía no supo explicarme algo tan simple como que el sexo consiste básicamente en el acto de introducir un pene en una vagina (para las parejas heterosexuales humanas, al menos).

Otra cosa que me repateaba: cuando algún adulto ignorante desautorizaba mis conocimientos obtenidos de libros bajo la excusa de que, sólo por ser adulto, obligatoriamente debía de saber más que yo, una niña.

Sin embargo, ya desde el nacimiento, los cerebros infantiles son unas verdaderas esponjas de información. Un niño está capacitado para ir entendiendo TODO lo que le explican, siempre y cuando se le expliquen las cosas en términos adecuados para la carga intelectual que posee en ese momento.

A medida que fui creciendo, sentí una especie de rencor hacia los adultos por haberme subestimado tanto. ¿Por qué no me explicaron cosas que yo podría haber entendido sin problemas? ¿Por qué me mintieron sobre otras cosas? ¿Y por qué me largaron explicaciones improvisadas, EQUIVOCADAS, en lugar de admitir que no conocían la respuesta, para luego sugerirme que buscáramos juntos la información en una enciclopedia?

¡La de datos que, siendo ya adolescente/adulta, tuve que aprender o rectificar por mi cuenta! (Bendita Wikipedia. Amo la Wikipedia. Al menos los artículos en inglés, porque los artículos en español a menudo están súper incompletos.)

Hoy en día sigo viendo una ignorancia brutal en los niños y jóvenes, y noto que ellos hacen preguntas en Internet sobre cuestiones que deberían haber aprendido de sus padres o en el colegio.

Creo que es hora de dar a los niños el crédito que se merecen. Y mucho más a los adolescentes. No es que sean tontos, ¡es que los adultos no saben enseñar! Casi todas las cosas se pueden explicar en forma sencilla, y para las más complejas existen los libros de texto o los artículos fiables en Internet. Ningún niño debería quedarse con la duda de algo, ni siquiera para los temas espinosos como el sexo, el racismo, la homosexualidad, la muerte o la pedofilia. Cosas que me explicaron de niña y que entendí perfectamente: que hay parejas del mismo sexo, el cáncer, que está mal discriminar a otros por sus características físicas, los peligros de la electricidad, que la desnudez no tiene nada de malo, y que nunca, nunca, nunca debía irme con un adulto desconocido. Y ojalá me hubieran enseñado más cosas, como que los adultos se equivocan, la verdadera razón por la que existen las cuatro estaciones (el eje de la Tierra, no su órbita elíptica), bastante más de entomología y mucho más de dibujo e idiomas extranjeros.

Y ahora una lista de cosas que aprendí por mi cuenta antes de entrar a la educación secundaria: el funcionamiento básico de casi todos los órganos del cuerpo (por la revista Selecciones), cómo actúan los detergentes (un artículo en una revista de historietas), cómo hacer una batería con patatas (también en una revista de historietas), por qué un cuerpo se mantiene en equilibrio sobre una superficie pequeña si su centro de gravedad se encuentra por debajo del punto de apoyo (principio ilustrado con una botella, un corcho, un alfiler y cuatro tenedores), bastante de anatomía animal (por dibujar mis animalitos de plástico), y cómo resolver varias pruebas de inteligencia.

Piensen en todo esto antes de decir cualquier burrada a un niño por creer que no entenderá la explicación.

Yo: El rayo se produce porque las nubes se polarizan eléctricamente, como los lados de una batería, y entonces descargan su energía a la tierra.
Niño: Capisco!

G. E.

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2 comentarios:


  1. Hola Linda! Soy angydominic
    ¿En serio?Pero si eso es aún más asquerosis.
    Bueno es que supongo que para tu madre era complicado explicarte el acto en si.
    Creo que tienes toda la razón pero es que yo creo que para empezar en temas conflictivos en las familias hay problemas de comunicación. Y luego en temas de ciencia, estudios y tal yo creo que es por falta de conocimiento y que no quieres que tú hijo piense que eres más tonto/a que él/ella.
    Creo que al ser humano le queda mucho aun que evolucionar.
    Besis y buena entrada!.

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    Respuestas
    1. Gracias por la lectura y el comentario, guapa :-) No tengo hijos, pero si los tuviera, preferiría decirle "vamos a googlear esto juntos" antes que mentirle o largarle una barbaridad. Y así le enseñas de paso a googlear para la próxima vez que tenga una duda :-D

      Eliminar

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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