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1 de enero de 2015

PRINCIPIO DE AÑO CON ELFOS NAVIDEÑOS

El 1 de enero del recién estrenado año fue un día fresco y tranquilo. Los elfos se recuperaron gradualmente de la borrachera del día anterior, mi dragón halló al elfo perdido a unos 25 kilómetros de mi casa (tenía un leve traumatismo de cráneo y quemaduras de primer grado; nada que requiera llevarlo al hospital, por suerte), y yo empecé a cumplir MIS resoluciones de año nuevo trabajando en mis próximos proyectos literarios (porque mis lectores esperan y no quiero decepcionarlos).

A la tarde, sin embargo, estábamos un poco aburridos, de modo que a los elfos se les ocurrió... ¡salir a volar cometas! Al parecer es otra cosa que tampoco pueden hacer en el Polo Norte, porque viento sí tienen, pero las cometas se congelan rápidamente y ahí se acaba la diversión.

Me preguntaron si quería ir con ellos. Al principio pensé que yo ya estaba muy vieja (¡relativamente hablando!) para esa clase de diversiones, pero luego dije "¡qué diablos!"; total, los genios de la serie La teoría del Big Bang también lo hacen, y aunque yo no sea una genio, sí encajo en la categoría de cerebrito :-)

Hicimos un montón de cometas, algunas con la forma de Papá Noel (redondas, obviamente) y otras con la forma de mi dragón. Salimos entonces a la calle. El elfo del pelo verde (ahora chamuscado) estaba mucho más tranquilo, pero no dejaba de masticar un bolígrafo que robó de mi escritorio. (Ugh. Se lo regalé. No me gusta tener bolígrafos masticados, mucho menos por otra gente.)

Una de las carencias de mi niñez fue no haber podido volar cometas. Lo intenté en una ocasión, con una amiga, pero la cometa se estrelló contra el suelo y se hizo pedazos (estúpida cometa barata). Desde entonces como que me había quedado con las ganas, y me volvía la nostalgia cada vez que pillaba el final de la película Mary Poppins.

Este año tampoco pude darme el gusto de volar una cometa. Me estaba preparando para hacerlo, pero no me di cuenta de que mi pie se había enredado en la cola de otra cometa; entonces hubo una ráfaga de viento y... adiós, suelo. Yo no estaba volando la cometa, sino que ¡la cometa me estaba volando a mí! ¡Y de cabeza! ¡Junto con uno de los elfos navideños!


—¡¡¡Uaaaaaaaaaa!!! —grité—. ¡¡Bájenme de aquííííííííí!! Ugh, creo que voy a vomitar. ¡Auxilioooooo! Uau, puedo ver el Palacio Legislativo. Y desde aquí no se nota la mugre en la ciudad. Lo cual es bastante insólito, porque menudo desastre es la gestión municip... ¡auch! —En este punto una gaviota chocó conmigo. Siguió volando después de dirigirme una mirada de enojo—. ¡¡Doooooonald!! ¡Rescátameeeee!

Donald subió a los pocos minutos, ¡y el muy cretino se estaba riendo!

—Vaya, Donaldito, me alegra que encuentres tan divertido mi predicamento. Ahora descuélgame, por favor. Gracias por adelantado.

Donald me bajó y por suerte se me pasó el mareo. Es que ya estoy acostumbrada a volar en dragón, y antes de eso había tenido la oportunidad de subirme a muchas montañas rusas :-P

Finalmente dejé lo de volar cometas para otra ocasión. No hay que tentar a la suerte durante un día obviamente torpe... Al menos los elfos navideños se divirtieron, y sacamos más fotos para enviarle a Papá Noel :-D

Así da gusto empezar un nuevo año :-)

G. E.

FRAGMENTO DE LAS PRINCESAS DE ILUL

No consiguieron llegar al castillo. La criatura logró rodearlos, y de pronto sólo había un camino libre en otra dirección. Nael hizo girar al caballo. Éste no daba señales de fatiga, aunque sí se notaba que también estaba aterrorizado. La criatura maligna quedó atrás por un momento, y entonces Nael detuvo al animal, que dejó huellas profundas en la tierra al frenar tan bruscamente.

—¿Qué haces? —preguntó Aída.

—Tal vez esa cosa no sepa que estás aquí, y en realidad es a mí a quien busca. Alejaré al monstruo del castillo para que puedas llegar hasta él. Si logro escapar, me reuniré contigo ahí. Mis sirvientes te dejarán entrar. ¡Ahora baja! ¡Baja y corre!

Aída obedeció. Estaba temblando y su corazón latía con excesiva fuerza, causándole mareos. Aun así se alejó del rey y tomó una dirección distinta, tratando de esconderse entre las sombras. ¿Tendría ojos la criatura? ¿Podría olerla? La oscuridad estaba cerca una vez más, y los chillidos del monstruo habrían hecho estallar el cristal. La joven se tapó los oídos y se agachó detrás de un árbol, haciéndose pequeña como una roca o un arbusto, sin mover un músculo. La oscuridad la envolvió un instante, unas agujas de pino cayeron sobre su cabeza... y luego la criatura pasó de largo, todavía en pos de Nael. Aída estuvo a punto de perder el conocimiento. ¿Qué clase de ilusión escapista era aquélla, si le provocaba sensaciones peores que su accidente en la vida real? ¿Sería un efecto del trauma? Tengo que volver, pensó. Tal vez siga en el piso, toda rota, o quizás me estén operando en el hospital; como sea, nada de eso puede ser más malo que esto. ¡Despierta! ¡Despierta ya!

Aída apretó los párpados hasta que vio destellos, pero cuando los abrió de nuevo seguía en el bosque de Ilul. Y bien, ¿qué carajo debía hacer ahora? ¿Dirigirse al castillo, tal como Nael le había ordenado? Esta última idea aún le causaba rechazo, incluso a pesar de la criatura en el bosque. Tenía que haber un lugar mejor a donde ir. ¿No había dicho siempre Paulina que Ilul era enorme? Si ella, Aída, lo había recreado en su mente, pues también debía ser capaz de imaginar el resto, no sólo el castillo y el bosque.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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