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11 de enero de 2015

ES DIFÍCIL SER UN HADA

No sé qué quién me manda a meterme en ciertos líos. Vamos, como si no tuviera bastante con las andanzas de mi dragón, el dinosaurio, el monstruo bajo mi cama y un montón de duendes navideños hospedados en mi casa hasta febrero.

Todo empezó una noche. Estaba trabajando en mi siguiente proyecto literario cuando de pronto escuché un tintineo de campanitas y el golpe de un objeto pesado aterrizando en el suelo de mi cocina. Algunos duendes navideños vinieron a buscarme, y aunque parecía que el asunto era urgente, no me dieron a entender que estuvieran asustados.

Llegué a la cocina... y encontré a un hada despatarrada en el suelo, toda ella volados de seda rosa y una maraña de rizos dorados. Algunos otros duendes navideños estaban tratando de reanimarla. Yo le mojé la cara con un trapo y la ayudé a sentarse, y una vez que el hada recuperó la conciencia, la pobre se echó a llorar.

Nunca había visto a un hada tan desconsolada. De acuerdo, nunca había visto a un hada en primer lugar, pero me las imaginaba un poquito más felices. Los duendes le pasaron sus pañuelos. Uno de ellos me susurró que eran viejos conocidos, pero que nunca la habían visto en semejante estado.

—Eh... um... —le dije yo al hada. No sabía cómo hablarle, la verdad, y hasta era posible que ella no entendera el idioma español—. ¿Qué la trae por aquí, señora o señorita hada?

—¡Ya no puedo con mi trabajo! ¡Es... es... demasiadoooo! —El hada sollozó y se sonó la nariz. Tuvo que usar cuatro o cinco pañuelos. Varios duendes pusieron cara de asco.

—Bueno... yo habría pensado que el trabajo de las hadas era agradable. ¿No van por ahí ayudando a las niñitas o a las princesas de reinos encantados? ¿Digo, como en los cuentos?

—¡Los cuentos, los cuentos! ¡Los cuentos no cuentan ni la mitad de la historia! ¡Tuve que pasar tres horas, TRES HORAS, rediseñando el vestido de Cenicienta porque no le gustaba el modelo! ¡Y esa estúpida bella durmiente! ¡Después de tanto trabajo ayudando al príncipe para que fuera a despertarla con el beso de amor, la muy haragana vino a decirme que habría preferido seguir durmiendo porque antes sufría de insomnio! ¡Y el esposo de esa gata que me pidió ser princesa ahora me está demandando porque su mujer se mete bajo la mesa y come ratones!

—Seguro que no es para tant...

—¡¿Y cuántas veces le dije a Rapunzel que ella misma podía bajarse de la maldita torre con su maldito pelo, o que se lo cortara de una maldita vez porque no iba seguir gastando mi magia para quitarle los malditos piojos?!

—De acuerdo, de acuerdo. Tranquila. Espera, te daré algo de beber. —Después de tantas confesiones, ya me pareció que podía tutearla.


Le pasé al hada un vaso de jugo de naranja. Imaginé que querría beber algo más fuerte, pero no me pareció buena idea tener en mi cocina a un hada borracha además de deprimida y con signos de burnout.

—Y... ¿qué tal unas vacaciones? ¿No hay nadie que pueda reemplazarte por unos días?

El hada se incorporó de pronto, parpadeó y me dirigió una alegre y levemente psicótica sonrisa.

—¿De verdad te gustaría reemplazarme? ¿Hasta que me sienta mejor? ¡¡Gracias, eres un encanto!!

—Yo no dije que...

Pero nada, ya era demasiado tarde. Tres golpecitos con su varita y yo tenía de pronto unas alitas de mariposa y un vestido rosa con más volados que el del hada. Los duendes navideños se rieron por lo bajo. Yo hice una mueca como si estuviera chupando un limón.

—¿En serio? ¿Rosa? —dije—. Las alas están bien, pero este color es... ugh... ¿No puede ser azul?

—Uy, no, lo siento, el azul es la marca registrada de una de mis colegas. Ya sabes, la de Pinocho. Y mejor ni te cuento lo que le pidió Pinocho después de que se convirtió en humano y llegó a la pubertad. Digamos que quería que volviera a crecerle algo cuando mentía. Y no era precisamente la nariz. ¿Te sirve el color turquesa?

—De acuerdo, que sea turquesa. Pero sin volados. —A estas alturas ya me había resignado. El hada reajustó el vestido, y la verdad es que quedó bastante lindo—. Mmm, si voy a usar faldas, tal vez debería depilarme antes de salir...

—¡¡No te preocupes, eso se arregla fácilmente!! —El hada dio otro toquecito con su varita y asunto solucionado. Pensé entonces que la cuestión de ser un hada de reemplazo empezaba a tener sus ventajas...

—OK, ¿y qué he de hacer ahora? ¿Puedo ir a arreglarles la vida a las niñitas africanas víctimas del hambre o los matrimonios infantiles?

—Ay, no, lo siento, técnicamente somos mitología europea, así que no tenemos jurisdicción ahí.

—Oye, eso apesta.

—Lo sé, lo sé. Pero bueno, puedes ir por ahí y arreglar la vida de otras niñitas, niñitos, princesitas y principitos.

—¿Tengo permiso para ser un poco malvada, como Campanita en la versión original de Peter Pan?

—Ah... bueno... en realidad Campanita es bipolar y está bajo tratamiento psiquiátrico mágico.

—Aj, mira, mejor no me cuentes nada más. Dame esa varita y tómate un descanso. He leído bastantes cuentos de hadas, pero creo que también seré capaz de improvisar, que para algo soy escritora.

El hada volvió a dedicarme su escalofriante sonrisa. Tomé la varita, pedí a los duendes que no le quitaran al hada la vista de encima, y salí volando por la ventana entre una lluvia de chispitas doradas.

Había más niños de los que yo esperaba solicitando la ayuda de un hada, y no se parecían en nada a los protagonistas de los cuentos. El primer niño que visité era adoptado, pero no quería escapar de ninguna madrastra o padrastro malvados. Era muy feliz con sus padres homosexuales, y lo que en realidad deseaba era que lo convirtiera en un transformer. Obviamente no podía hacer eso, pero sí lo ayudé a armar un minitransformer reciclando latas de aluminio y luego dándole vida con un toque de mi varita.

Después me topé con esta adolescente gótica que se moría de ganas por conocer a un apuesto príncipe... que además fuera vampiro. Aaaaajá. (Estúpida serie Crepúsculo.) Yo tampoco podía hacer eso, así que arreglé las cosas para que conociera a un joven político de clase alta, quien no era príncipe ni vampiro, pero sí el equivalente más cercano que pude encontrar :-P A la chica tampoco le gustaban sus orejas, pero me dijo que podía dejárselas así porque su madre ya le había prometido pagarle la cirugía cuando cumpliera dieciocho años. Aaaaajá de nuevo.

Más tarde llegué a la habitación de esta niñita que parecía obsesionada con el color rosa. Es que, salvo por el piso de madera, TODO era de color rosa: las paredes, las sábanas, su ropa y la de sus muñecas, su bicicleta, la mochila para el colegio, y así hasta el cansancio. Encima, me dio la impresión de que aún no le habían terminado de ajustar la dosis de Ritalina, porque se puso a saltar apenas me vio. La charla fue más o menos así:

—¡¡Un hada, un hada, qué maravilla, hace tiempo que quería ver una!!, ¿¿por qué no estás vestida de rosa??, ¡¡qué pelo tan largo tienes!!, ¡¡el mío es como el de Mérida!!, ¿¿puedes transformar a mi perro en un unicornio rosa??, ¡¡¡ayer me caí de la bicicleta y se me rompió un diente!!!, ¿¿eres el Hada de los Dientes??, ¿¿vas a pagarme en dólares??

—Eh...

—¡¡Quiero los poderes criogénicos de Elsa para convertir a mi maestra en un muñeco de nieve!!, ¡¡y un vestido rosa como el de Ariel!!, ¡¡y ayer mi madre me regañó por comerme todos los caramelos antes de la cena!!, ¿¿puedes transformarla en oso??, ¡¡y quiero aprender a disparar flechas como Mérida!!

—Oye...

—¡¡Hay un niñito en mi clase que me gusta pero no quiere besarme!!, ¿¿puedes darle una poción de amor??, ¿¿o hacer que no se vaya corriendo??, ¡¡después de darnos el beso estaremos juntos para siempre!!, ¡¡y viviremos en un castillo de hielo!!, ¡¡y...!!

¡¡... y quiero tener el pelo tan largo como el de Rapunzel, pero así con mis ricitos rojos, y así podría colgarme de él y rebotar en las torres de mi castillo, y también...!!

Tanto parloteo y tanto color rosa estaban haciendo que me doliera la cabeza, así que noqueé a la niña con mi varita. Lo sé, un poco drástico, pero no tengo paciencia para tanta energía. Después de eso junté toda la pelusa que había bajo los muebles y la convertí en un unicornio de peluche. En rosa, por supuesto. Y antes de que la niñita despertara, escapé volando por la ventana como alma que lleva el Diablo.

Más tarde me puse a pensar en mi propia niñez. A mí me gustaban los coches eléctricos y empecé a leer novelas de horror a temprana edad. Por lo tanto, decidí que en realidad los niños a los que había visitado no eran taaaaan raros después de todo :-)

Seguí cumpliendo negociando deseos por unos días. Luego fui a Inglaterra, convertí al príncipe Carlos en un sapo y lo dejé en un restaurante chino (ñejeje). Finalmente decidí que ya estaba harta de suplantar al hada, así que le pasé el trabajo de suplencia a la directora de un orfanato, para que haga realidad los sueños de los pequeños huerfanitos.

Eso sí: antes de entregar la varita hice aparecer unos cuantos bombones, le puse mandíbulas de insecto a la vieja miserable de al lado, terminé de arreglar las paredes de mi casa y teñí mágicamente todas mis canas.

Lo de conocer a un príncipe encantador lo dejaré para otra aventura :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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