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24 de marzo de 2013

EL CHOCOPOLLO DE PASCUA

No soy religiosa, así que la Pascua me es totalmente indiferente. Lo único que disfruto de esas fechas es... ¡la posibilidad de comer chocolate en forma de huevo! Y los hay de todas las clases: decorados, sin decorar, rellenos con bombones o caramelos, de chocolate con leche o chocolate amargo, etc. etc. etc. Una maravilla chocolatosa.

Este año, sin embargo, me pasó algo raro. Compré dos huevos y no hubo nada de raro en ellos, pero el tercero... el tercero lo dejé de adorno unos días en un estante, y una mañana escuché que se rompía solito. Cuando fui a mirar, encontré este panorama:


¡Del huevo de Pascua había salido un pollito de chocolate! ¡Que se movía y piaba y saltaba por ahí con sus patitas marrones!

Puesto que soy una amante de los animales, y además no discrimino mucho entre ellos (recuerden que me gustan las arañas, por ejemplo), decidí adoptar a este chocopollito como mascota. Lo llamé Chocolito. Era muy tierno y simpático, y tal como pasó con el nacimiento de mi dragón Donald, me tomó como su mamá por ser la primera criatura que vio después de nacer.

¿Qué se le da de comer a un chocopollo? Bueno, la opción más obvia eran las semillas de cacao, por supuesto, y quizás algo de leche para beber. Chocolito aceptó muy bien su dieta y empezó a crecer rápidamente, aunque yo aún no podía determinar si iba en camino de convertirse en un chocogallo o una chocogallina (esperaba que fuera lo segundo, claro, porque así podría tener un huevo de chocolate por día cuando al fin comenzara a ponerlos).


Por desgracia, la vida de Chocolito llegó a un prematuro y trágico final :-( Resulta que el pobre se echó a dormir al sol en un día de marzo que terminó siendo algo caluroso, y cuando fui a mirar... pues nada, que mi chocopollo se había convertido en... un triste chococharco. Pobrecillo. Con lo amoroso que era.

Estuve llorando un rato por la mala fortuna de Chocolito. Y luego... bueno, luego lo quité del suelo con una espátula, raspé las partes polvorientas y me comí el resto. Estaba delicioso.


¡Te recordaré con cariño, Chocolito! (mi paladar dice lo mismo).

G. E.

4 comentarios:

  1. Jajaja, pobre Chocolito! y qué mal que no compartiste con tus amigos jajaja.

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    1. Pobre, pobre Chocolito, sin duda. Hubiera compartido sus restos con mi familia, pero ni mi gato ni el dragón comen chocolate, y a mi madre le sienta mal al hígado. Y como mis amigas de la vida real nunca llaman... pues nada de chocolate para ellas :-PPP

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  2. Qué lástima de Chocolito! Pero tuvo suerte de haberse encontrado contigo, yo me lo habría comido antes de que se derritiese. Muhahahaha!

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    1. :-) Gracias por el comentario. La verdad, recuerda que yo estaba esperando a ver si Chocolito se convertía en una chocogallina que pusiera huevos. Entonces hubiera sido muy redituable la paciencia...

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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