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31 de octubre de 2017

EL BAILE DE HALLOWEEN

Había una vez una hermosa joven a quien su madrastra le había prohibido que fuera a un baile de Halloween en el palacio de un príncipe. Apareció entonces un hada madrina y...

Bueno, no fue así como pasó la cosa. La protagonista de la historia era yo (nunca hermosa y ya no tan joven), y hace años que mi madre no me prohíbe nada. Además, no necesito un hada desde que tengo a mi unicornio :-)

Empecemos de nuevo: había una vez una escritora muy excéntrica (con un dragón, un gato, un unicornio, un dinosaurio y un monstruo bajo la cama) que había escuchado algo sobre una fabulosa fiesta de Halloween, pero no podía asistir a la misma porque no la habían invitado, de modo que decidió colarse... con un poco de ayuda mágica.

—¡Cuernitooo! ¿Dónde estás, maravilloso y colaborador unicornio mío?

Mi unicornio apareció deslizándose por el suelo como si estuviera patinando en hielo. Hizo dos twizzles y un salto triple Axel antes de aterrizar frente a mí con la suavidad de una semilla de diente de león (cosas chulas y un poco cursis que hace Cuernito para impresionar, lo cual siempre consigue).

—Cuernito bonito —dije yo—, quiero asistir a una fiesta de Halloween pero no tengo invitación ni un atuendo apropiado. ¿Podrías ayudarme con eso? Necesito algo macabro pero elegante.

Y claro, mi unicornio estuvo más que feliz de ayudarme, puesto que me adora. Para empezar, me mandó a buscar una calabaza para convertir en carroza, pero como en Uruguay no venden calabazas en los supermercados, lo que hice fue conseguir una piña de buen tamaño.

—Espero que sirva —dije—. Pero ten en cuenta que quiero comérmela cuando esto acabe, ¿eh? No me gusta desperdiciar alimentos. Sobre todo las frutas tropicales importadas.

Mi unicornio se encogió de hombros como diciendo "no hay problema" (sí, es un cuadrúpedo y puede encogerse de hombros; es normal que las criaturas mágicas se muevan/flexionen en formas inesperadas para su anatomía). Saltaron unas chispas de su cuerno y... voilá, de pronto había frente a nosotros una bonita carroza de color verde oscuro, rugosa y con un olor exquisito a jugo de piña :-D Sin embargo, en lugar de transformar ratones en caballos al estilo Cenicienta, lo que hizo mi unicornio fue crear un par de thestrals usando los restos de aceite de motor en la avenida más cercana a mi casa (la avenida quedó limpísima después de eso, por cierto). Por último convirtió a mi dragón en el cochero, y a mi gato... a mi gato en un almohadón peludo para el interior de la carroza.

—No creo que a Osito le guste lo de ser un almohadón —observé en tono diplomático—. Mejor dejarlo en casa para que cace cucarachas en el fondo, ¿sí?

Cuernito volvió a encogerse de hombros y devolvió a Osito a su forma gatuna. Osito escapó corriendo y se metió bajo un mueble, desde donde le dirigió a mi unicornio unas cuantas miradas furibundas.

En fin, ¡ya sólo faltaba mi atuendo! Iba a pedirle a Cuernito que me disfrazara de Morticia Addams, pero él ya se había entusiasmado con nuestra versión macabra del cuento de hadas, y por lo tanto convirtió mis ropas de andar por casa en un precioso vestido violeta oscuro, quizás inspirado en la serie de TV Once Upon a Time (que a él también le gusta). ¡Con unas zapatillas de obsidiana sorprendentemente cómodas y suaves por dentro, además!

—¡Oh, esto me gusta! —exclamé—. ¡Gracias, Cuernito lindo! ¡Lo pasaré genial esta noche!

Me despedí de Cuernito, subí a la carroza, y mi dragón Donald hizo avanzar a los thestrals de camino al sitio de la fiesta. La invitación estaba en mi bolso... entre unos cuantos bombones con forma de brujitas, los cuales lancé a los niños que estaban pidiendo dulces por ahí (salvo los que guardé para mí porque, ya saben, chocolate).

La fiesta era en una mansión abandonada. Había allí un montón de gente, todos disfrazados en forma macabra: vampiros, momias, asesinos raros de películas de terror (Jason, Freddie, Michael Myers, Jigsaw), y así por el estilo. En los altavoces sonaba música bailable pero tenebrosa, onda Inkubus Sukkubus. O sea, ¡una fiesta súper genial y aterradora! A quienes preguntaron sobre mi disfraz les contesté que era Erzsébet Báthory, inquiriendo a mi vez si habían visto por ahí alguna virgen en cuya sangre pudiera bañarme para borrar mis arrugas (hizo bastante gracia mi pregunta, y aunque al parecer no había jóvenes vírgenes entre la concurrencia, algunos me sugirieron que probara bañarme en sangre de políticos tarúpidos, en caso de que tuviera el mismo efecto rejuvenecedor).

De pronto me encontré bailando con un tipo disfrazado de monstruo. Un monstruo bastante raro, con cuernos, espinas y una cola enorme, como la de un dinosaurio pero con pelo en lugar de escamas y plumas.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, y él gruñó—. Te tomas muy en serio tu disfraz, ¿eh? —Mi pareja de baile volvió a gruñir pero no me importó demasiado, dado que no soy muy aficionada a las charlas casuales.

Seguimos bailando, luego paramos para comer algo... y mi pareja se abalanzó sobre una mesa como si realmente fuera un monstruo hambriento. Devoró la mitad de los bocadillos en tres segundos, lo cual le ganó miradas de desaprobación y extrañeza a partes iguales.

—Oye, oye, no hace falta que te tomes taaaan en serio tu disfraz. Ven, vamos afuera a tomar un poco de aire.

Salimos de la mansión. Mi acompañante olfateó el aire, persiguió a un par de ratas que merodeaban el jardín y afiló sus garras falsas en un árbol. A continuación... orinó al pie de otro árbol.

Esto ya se estaba poniendo demasiado raro. Le tironée de la cola a mi pareja... ¡y él pegó un rugido de dolor! ¡Joder, ERA UN MONSTRUO DE VERDAD! Sin embargo, como hasta el momento nos habíamos llevado bien y a mí me gustan los animales, le dije:

—¿Qué, decidiste aprovechar el Halloween para pasearte por la ciudad de incógnito?

El monstruo asintió. Yo puse los brazos en jarras y lo miré de arriba abajo.

—Pues no te voy a mentir, estoy bastante sorprendida. Pero bueno, me llevo bastante bien con los monstruos desde que uno se mudó al espacio bajo mi cama, y la verdad es que tienes buena onda, así que no veo por qué no deberíamos seguir juntos hasta que acabe la noche.

El monstruo sonrió, enseñando sus numerosos y afilados dientes.

—¿Qué tal si damos una vuelta por la ciudad para espantar en serio a aquellos que lo merezcan? —sugerí—. Podríamos empezar por la vieja miserable que vive junto a mi casa.

El monstruo sonrió todavía más. ¡Menudas fauces tenía, demonios! Me dieron ganas de arrojarle un filete crudo de vaca, o quizás un lechón entero.

Fuimos a asustar a mi odiosa vecina, pues, y luego a todos los malditos vándalos que salen por la noche en Montevideo a dañar propiedad pública y privada. ¡Y vaya que fue divertido! Detuvimos vándalos en las avenidas desiertas y en las plazas, y mejor no les cuento qué les hizo mi monstruoso amigo con las latas que estaban usando para pintarrajear paredes y esculturas, dado que éste es un blog más o menos apto para todo público.


Los vándalos huyeron aterrados, y como aún era de noche, el monstruo y yo nos dedicamos a buscar búhos, atrayéndolos con ratas. O sea, ¡al monstruo le gustaba observar aves tanto como a mí! En serio, qué monstruo tan cool. Mejor que muchas personas, y además no aturdía con conversaciones irrelevantes :-D

Por desgracia, no tardó en llegar el amanecer, y entonces el monstruo me hizo señas de que tenía que irse a casa.

—No quieres que te descubran, ¿eh? —El monstruo negó con la cabeza—. Ya, te entiendo, hay mucha gente intolerante por ahí. Imagino que tampoco me dirás donde vives. —El monstruo volvió a negar. En un arrebato de inspiración, me quité uno de los zapatos de obsidiana y se lo entregué—. Toma. Tiene mi olor, por si quieres volver a encontrarme. Podríamos, no sé, ir juntos al interior del país y asustar a las personas que cazan ilegalmente, ¿te parece bien? Y creo que les agradarías a mi dragón y al resto de mis otros amigos raros.

El monstruo asintió, sonriendo. Más adorable imposible.

—Bueno, adiós. Que tengas una linda semana y todo eso.

Nos despedimos agitando la mano (o sea, una mano y una garra) y yo volví a la mansión, donde mi dragón NO me estaba esperando... ¡porque se había colado él también a la fiesta a beber vino y comer pastelitos con forma de critters, tras haberle robado su disfraz de Voldemort a uno de los invitados! Sonreí. No esperaba menos de mi irreverente hijo adoptivo :-D

—Tenemos que irnos, Donaldito. Espero que te hayas divertido. —Donald asintió—. Yo conocí a un monstruo de verdad, por cierto. Te contaré todo por el camino.

Así fue como regresamos a casa, tras una fiesta de Halloween estupenda :-) Conservaré el vestido y el zapato; el primero por si aparece otra ocasión para usarlo, y el segundo como recuerdo.

¡Y espero que mi nuevo amigo monstruoso venga a visitarme alguna vez!

G. E.

PD: Dejamos que los thestrals se marcharan volando, puesto que habría sido una pena convertirlos de nuevo en aceite usado. Ojalá no alteren el equilibrio ecológico de la región.

PPD: Me comí la piña. Estaba deliciosa.

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4 comentarios:

  1. Que buenos amigos que tenés. Y conociste a uno más, muy agradable por lo visto. Me gustó eso de salir asustar.
    A mí también me gusta la serie Once upon on time. Me fascinó notablemente Regina Mills. ¿Fuiste como Evil Queen?

    Buena respuesta la de Erzebeth Bathory.

    Que bien contado.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. ¡Gracias! La verdad, no sé de qué me disfrazó Cuernito, pero sí, adoro a la Reina Malvada de Once Upon a Time. ¡Era lo mejor de la serie! (Y digo "era" porque para la próxima temporada van a reiniciarla con otros personajes.)

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  2. ¡Hola, Gissel!
    Me ha encantado tu entrada, me he partido de risa con tu relato de Halloween. Se parece un poquito al espíritu de esta fiesta: supuestamente debe de ser terrorífica, pero acaba siendo el día en el que más risas te echas.
    Por cierto, que sepas que escribes genial.
    ¡Un abrazo enorme!

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    Respuestas
    1. ¡Mil gracias! Y sí, la verdad es que adoro el Halloween porque me divierte todo lo macabro :-D ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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