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15 de mayo de 2010

ESTÚPIDO BEOWULF

El otro día vi en la tele, por segunda vez, la peli Beowulf. Ya saben, esa nueva versión animada por computadora con personajes que parecen de verdad. Y la verdad es que me dejó pensando.

La peli empieza en el castillo del rey Hrothgar, quien es atosigado por un monstruo llamado Grendel. Un monstruo feo, incomprendido, seguramente apestoso, con pésima dentadura y un terrible dolor de oídos. Y sin pene, encima. Pobrecito, le tocaron todas las desgracias posibles.

Me voy a quejar con los asistentes sociales.

Por suerte para Grendel, su madre en la peli es Angelina Jolie, de quien ya sabemos que adopta a cualquier niño que le pongan por delante.

En esta peli soy un sexy monstruo desnudo.
(Brad no está muy feliz de ser el padre adoptivo de Grendel.)

Dato curioso: Angelina es un sexy monstruo acuático desnudo... con tacones. ¿Tacones? ¿En serio? ¿Para qué quiere tacones un monstruo acuático? Más bien debería usar esas aletas que usan los buzos. Son muchísimo más adecuadas para desplazarse bajo el agua. Tacones. Pfff. (Estoy moralmente en contra de los tacones altos. Son aparatos de tortura que se hacen pasar por zapatos.)

En fin, para sacarse de encima a Grendel, Hrothgar contrata a Beowulf, un héroe archiconocido por matar monstruos y adornar los relatos de sus propias hazañas (como los políticos, más o menos).

Soy un héroe muy macho... aunque use minifalda.

Beowulf pelea (¡¡desnudo!!, ¡¡qué sexy!!) con Grendel y le saca un brazo (¡auch!). Grendel muere. Angelina se enoja mucho y mata a los amigos de Beowulf, así que Beowulf va a una cueva a matar a Angelina.

Y aquí es donde empiezan los problemas, porque Beowulf, en lugar de matar a Angelina, se la tira.

De verdad, ¿en qué estaba pensando? De acuerdo, Angelina está muy guapa, pero ¿tirarse a la madre de Grendel? Una criatura guapa que engendra un monstruo tan feo seguramente está expuesta a agentes teratógenos, como mínimo. A ver, señores, ¿ustedes se acostarían con una mujer que haya estado paseándose por las ruinas de Chernóbil? ¿Verdad que no? Por si fuera poco, la historia está ambientada en la Edad Media. En esa época no había condones ni antibióticos, así que la gente moría de sífilis. Y si los humanos tienen sífilis, ¿qué enfermedades infecciosas desconocidas podría tener un monstruo acuático? Francamente, qué poca prudencia desde el punto de vista sanitario. Beowulf podría haber quedado así:


Y éstos son sólo dos ejemplos. Las posibilidades son infinitas.

Además, aunque no hubiera teratógenos ni enfermedades infecciosas, todavía estamos hablando de la madre de Grendel. Angelina le pide un hijo a Beowulf, y él accede. ¿Perdón? ¿Acaso no le sirvió de advertencia la presencia de Grendel? ¿Ustedes engendrarían un hijo con un monstruo acuático que hubiese parido anteriormente a un ser horroroso y con dolor de oídos? (Más tarde se sabe que Grendel es hijo de Hrothgar. Por lo tanto, ya había antecedentes de que los humanos y los monstruos acuáticos desnudos no producen buenos híbridos.)

No les cuento el resto de la peli, pero Beowulf no termina demasiado bien. La verdad es que se lo merecía, por pensar con los testículos. Sólo siento lástima por la pobre Reina Wealtheow, esposa de Hrothgar y luego de Beowulf.

¡Snif! ¡Mis dos maridos me engañaron con Angelina Jolie!

Ya, ya, no llores. Mira, te voy a dar el teléfono de alguien. Se llama Jennifer Aniston. Seguro que ustedes tendrán mucho de qué hablar. Toma, aquí tienes un pañuelo. Bye-bye.

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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