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8 de octubre de 2016

OKTOBERFEST 2016... ¡CON MI UNICORNIO!

Ha sido fabuloso, todos estos años, celebrar la Oktoberfest con mi dragón Donald. ¡Pero este año pude sumar a mi unicornio Cuernito a la fiesta! ¡Imagínense! Oh, bueno, está difícil imaginar qué haría un unicornio en una Oktoberfest, así que tendré que explicarlo :-D

Estábamos pensando cómo rayos celebrar la Oktoberfest este año. ¿En un crucero? ¿En Oz? ¿En Narnia? (En Westeros no, todavía no hay un clima muy festivo ahí que digamos.)

Mientras tanto, Cuernito empezó a dar saltitos a lo loco como si tratara de decirnos algo. Al principio no nos dimos cuenta porque, como ya he dicho, mi unicornio es camaleónico, y en ese momento tenía exactamente el mismo color que la pared, de modo que apenas si lo veíamos. Finalmente le presté atención y pregunté:

—¿Qué pasa, adorable unicornio mío? —En general le hablo de esta manera porque es tan supertierno como un gatito en esos documentales de Animal Planet. Dan ganas de achucharlo todo el tiempo.

Mi cuernito se dirigió al baño, abrió el grifo del lavabo, tocó el agua con su cuerno... ¡y de pronto el agua se convirtió en cerveza! (El lavabo se llenó de espuma que desbordó al suelo, obligándome a pasar un trapo, pero eso no es importante ahora.)

Entonces pensé: "¡Qué habilidad más oportuna!" No tenía ganas de llenar mi casa de cerveza, y además, considerando que sería algo así como un desperdicio convertir agua perfectamente potable en una bebida alcohólica, se me ocurrió que debíamos ir a otra parte. O sea, al Arroyo Pantanoso, uno de los dos cursos de agua más contaminados en mi ciudad. Y me refiero a históricamente contaminado, porque a pesar de las promesas del municipio de limpiarlo (hasta el punto de que volverían a él los cisnes de cuello negro, fue lo que dijo el intendente), el pobre arroyo sigue tan contaminado como siempre. Sí, una pena.

Llegamos al arroyo. El agua tenía un color verdoso bastante desagradable, olía a podrido y estaba rodeada por basurales. Obviamente no había peces, mucho menos cisnes de cuello negro o cualquier otro tipo de ave con un mínimo de respeto por su higiene personal. (Sí había algunas gaviotas picoteando la basura, pero bueno, las gaviotas son a prueba de casi cualquier tipo de contaminación de origen humano y posiblemente extraterrestre.)

—Haz lo tuyo, mi hermoso Cuernito —le dije a mi unicornio. Cuernito sumergió su cuerno en el arroyo, saltaron algunas chispas mágicas y... ¡de pronto el arroyo era pura cerveza! Pero Cuernito no se detuvo ahí, sino que convirtió los terrenos baldíos adyacentes en praderas y a la basura en flores y calabazas (estas últimas ya estaban talladas con caras macabras, dada la proximidad de la Noche de Brujas).

Entonces mi dragón se lanzó al arroyo y comenzó a chapotear de contento. Yo lo pensé un poco más, pero luego dije "¡al diablo!", me quité los zapatos y también salté al arroyo, así, sin esperar a conseguirme un traje de baño :-D Por un momento me preocupó que mi Donaldito le prendiera fuego al alcohol de la cerveza, pero después de tanto tiempo ya controla mejor sus llamas. Lo intentó con un chorro de cerveza a una distancia segura, sin embargo, y la verdad es que quedó espectacular. ¡Cerveza ardiente!

No tardaron en llegar más personas al arroyo, intrigadas por el cambio en el paisaje.

—¡Feliz Fiesta de la Cerveza! —exclamé yo—. ¡Salú! ¡Hic! —Sí, a estas alturas ya estaba un poco borrachina.

Los recién llegados profirieron exclamaciones de felicidad y también se lanzaron al arroyo. Yo largué entonces la advertencia de que mi dragón azotaría con su cola a cualquiera que tuviera la descortesía de orinar en la cerveza. (Es que la gente en mi ciudad es súper puerca, no te puedes fiar.) Luego mi dragón tuvo que rescatar de ahogarse a cada uno de ellos a medida que se iban emborrachando :-D

Finalmente aparecieron los dichosos cisnes de cuello negro, y también unos cuantos colibríes (las gaviotas no se habían ido en ningún momento, y unas cuantas ya habían caído al suelo en estado de ebriedad). La que se armó entonces, porque si los cisnes y los colibríes ya tienen mal carácter estando sobrios, imagínenselos borrachos. Los colibríes, en particular, comenzaron a pelearse como vaqueros en un saloon del Viejo Oeste, y un cisne de cuello negro especialmente malhumorado me dio un fuerte picotazo en la cabeza (claro que, con tanta cerveza a mi disposición, no tuve que molestarme en salir del arroyo para desinfectar mi herida).

Antes de que pregunten, no, no era antihigiénico beber cerveza de los chorros que salían de la nariz de mi dragón. Minutos antes él había arrojado fuego por ahí para matar a todos los microbios.

En medio de la fiesta apareció un inspector municipal que ¡trató de multarnos por "contaminar el arroyo"! ¡¿Qué qué qué?! ¡Imagínense el sermón que le echamos todos! ¿Cómo nos podía acusar de contaminar si a) el arroyo ya estaba contaminado de antes y b) el municipio ha estado en manos del mismo partido político durante ¡más de veinticinco años! sin que consiguieran resolver el problema? ¡Menudo descaro! Al final el inspector acabó por darnos la razón y se sumergió también en la cerveza :-D

De todas maneras, una vez acabada la fiesta, mi Cuernito devolvió al arroyo su condición natural, o mejor dicho, su condición ANTInatural de agua limpia (vamos, es que después de tantas décadas de contaminación, ya todo el mundo se había acostumbrado a que lo natural fuera la mugre). De paso, mi dragón se ofreció como voluntario para asegurarse de que nadie más lo vuelva a contaminar. (Tendrá que hacer inspecciones constantes porque, como puse arriba, la gente en mi ciudad es súper puerca y capaz de arroyar basura incluso en ambientes naturales inmaculados.)

Considerando todo, ¡fue una grandiosa y ecológica Oktoberfest! :-)

G. E.

PD: Después de ducharme en casa, he de decir que la cerveza me dejó el cabello súper brillante y sedoso :-D

PPD: Los colibríes borrachos pendencieros se reconciliaron apenas se les pasó la borrachera. El cisne de cuello negro, por otro lado, aún me mira con mala cara cada vez que paso por el arroyo. Antipático.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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